Turoliense 28 Viernes 16
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28 Viernes 16

Marisol Sanz no apareció el viernes por la mañana en el colegio de Orihuela del Tremedal, donde le tocaba media jornada, y a las nueve y veinte su compañera llamó a su casa de Albarracín y no contestó nadie.

El coche apareció a la una y cuarto: un Ibiza gris aparcado en el ensanchamiento de la pista de la Loma, a seiscientos metros de la carretera y a cuatro kilómetros de Cañigral, con las puertas sin cerrar y el bolso en el asiento del copiloto.

Nieves llegó a las dos menos veinte. El cielo estaba encapotado y empezaba a caer una llovizna fina y helada.

—Bolso completo —dijo la sargento Marzo—. Cartera, dinero, tarjetas, llaves de casa. Móvil no.

—¿Huellas de otro vehículo?

—Hay rodadas. Con esta lluvia, dentro de dos horas no habrá nada.

Nieves se irguió y miró alrededor. La pista de la Loma subía hacia el norte entre carrascas y sabinas, y a la izquierda, a unos trescientos metros ladera arriba, se veía un rodal de pinos en una vaguada orientada al norte.

Se quedó mirando aquella vaguada más tiempo del que hacía falta.

—Rosa —dijo—. ¿Cuántas personas tenemos?

—Once. Y a las cuatro llegan los del puesto de Orihuela.

—Que suban por esa vaguada.

—¿Por qué por esa?

Nieves no contestó enseguida. Se le había puesto un frío en la nuca que no era el de la llovizna.

—Porque en esa vaguada hay un pozo de nieve —dijo—. Y lo sé porque el domingo pasado me lo enseñó un vecino de este pueblo.

La sargento Marzo la miró un segundo de más.

—Mi teniente...

—Ya lo sé, Rosa. Ya lo sé. —Se subió la cremallera del anorak hasta arriba—. Esta tarde escribo lo que haya que escribir. Ahora suban.

La encontraron a las tres y cuarenta y dos de la tarde, a ocho metros de profundidad, en el fondo de hojas de la nevera de la Loma, boca arriba, con una pierna doblada debajo del cuerpo y el móvil a cuarenta centímetros de la mano derecha, con la pantalla destrozada y la batería aún al doce por ciento.