27 La mujer que mide líquenes
Tenía cincuenta y dos años, trabajaba en el Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca y llevaba treinta años haciendo, según ella misma dijo nada más bajarse del coche, «la ciencia más lenta del mundo».
—Explíquemelo antes de empezar —dijo Nieves.
—Se lo explico mientras monto, que si no me da vergüenza cobrar el desplazamiento.
—Berta abrió el trípode—. Los líquenes crecen.
Poco, pero crecen. Y hay una especie, Rhizocarpon geographicum, que en roca caliza de montaña crece de una forma razonablemente regular: un anillo redondo, verde amarillento, con el centro negro, que se ensancha unas décimas de milímetro al año.
Si yo sé a qué velocidad crece en un sitio concreto, puedo mirar el liquen más grande de una superficie de piedra y decirle cuánto tiempo lleva esa superficie expuesta al aire y a la luz.
—¿Y sabe a qué velocidad crece aquí?
—Aquí sí. —Berta señaló hacia el sur con la barbilla—.
Tengo una curva de calibración para los Montes Universales hecha con lápidas de tres cementerios, con una presa de 1954 y con un muro de la carretera del Puerto que tiene fecha en el hormigón.
Cuatrocientos ochenta y seis puntos de control.
Me costó doce años y no me la ha citado nadie.
—Yo se la voy a citar en un juzgado.
—Entonces ya ha valido la pena.
Trabajó cinco horas. Fotografió las catorce caras de los siete bloques, una a una, con escala y con luz rasante. Midió con la plantilla los treinta y un talos de Rhizocarpon más grandes que encontró. Anotó orientación, inclinación, cobertura de musgo y grado de escorrentía de cada superficie.
A media tarde se sentó en una piedra con el termo y llamó a Nieves.
—Le adelanto lo que veo, sin números todavía, y después me voy a Jaca y tardo tres semanas en darle un informe que se pueda defender.
—Adelánteme.
—Cada uno de estos bloques tiene dos historias. —Señaló el más grande—. Esta cara tiene talos de hasta cuarenta y cinco milímetros. Eso es piedra que lleva expuesta un siglo o más. Es la cara que miraba al cielo cuando la piedra estaba en el lapiaz de ahí abajo, tan tranquila.
—¿Y la otra?
—La otra es la que ahora mira hacia arriba, porque el agua las volcó en septiembre. Y esa cara, teniente, tiene también Rhizocarpon. Pequeño. Talos de ocho, nueve, diez milímetros como máximo.
Nieves entendió antes de que se lo dijera y sintió un pinchazo en el estómago.
—O sea que esa cara también ha estado al aire.
—Esa cara ha estado al aire bastantes años, pero muchísimos menos que la otra. —Berta Aranda se bebió el café de un trago—. Traducido: alguien cogió estas piedras del lapiaz, las subió, las giró y las dejó apoyadas de otra manera. Y desde ese día, la cara nueva empezó su propio reloj.
—¿Y ese reloj qué hora marca?
—A ojo, y le juro que a ojo, veinticinco o treinta años. Deme tres semanas y le doy una cifra con su margen de error y su intervalo de confianza. —Se levantó y empezó a recoger el trípode—. Pero le voy a decir una cosa que no irá en el informe.
—Dígamela.
—Que en treinta años de medir líquenes es la primera vez que me da rabia tener razón.