Turoliense 26 Jueves
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26 Jueves

Había pensado la conversación durante doce días.

La había ensayado en el coche, en la ducha, delante del espejo.

Iba a ser sencilla: agradecer, explicar el procedimiento de depósito, llevarse las once piezas en una caja con un acta firmada, archivarlo todo en la fundación y no volver a mirarlo nunca.

Marisol Sanz la recibió con una alegría que le hizo daño.

—¡Qué bien que hayas venido! Mira, lo tengo aquí todo, lo he separado por cajas y he hecho una lista.

La escuela olía a cerrado y a polvo de tiza. En la mesa grande, la de los de tercero, estaban las once piezas alineadas sobre un paño verde, con sus etiquetas hacia arriba.

Elisa se quedó en la puerta.

—Marisol, ¿has enseñado esto a alguien más?

—A mi hermana por teléfono. Y esta mañana he llamado a la Guardia Civil.

El suelo se movió un poco.

—¿A la Guardia Civil?

—Sí, mujer, por lo de la sima. —Marisol seguía colocando las piezas, de espaldas—.

Como en la tele dijeron que buscaban cosas relacionadas con aquel hombre, y la letra de las etiquetas es de él, porque me lo ha confirmado Pura, que es su hermana y vive aquí al lado...

pues he llamado. Me han cogido el teléfono en Albarracín y me han dicho que les mande un correo a la unidad de Teruel y que ellos lo pasan.

—¿Y lo has mandado?

—Todavía no. —Marisol se giró, sonriendo—.

Es que soy un desastre para los correos.

Lo mando esta noche, cuando vuelva de la reunión del consejo escolar de Orihuela.

Salgo tardísimo, a las nueve, pero vuelvo por aquí a cerrar y lo mando desde el ordenador de la escuela, que es el único sitio donde hay línea fija decente.

Miró a Elisa con una amabilidad absoluta.

—¿Te encuentras bien? Estás blanca.

—Es la carretera —dijo Elisa Bádenas—. Que se me hace muy larga.