25 El conserje
Ovidio Maícas Zaera vivía solo en un segundo sin ascensor del barrio del Ensanche y tenía un enfisema que le obligaba a hacer una pausa cada cuatro o cinco palabras.
—El autobús —dijo—. Me acuerdo del autobús.
—¿Se acuerda de aquel día concreto?
—De aquel día se acuerda todo el mundo, hija. —Respiró—. Fue el día más grande de esta provincia. Yo llevé cincuenta y dos personas a Madrid y volví con cincuenta y dos personas y me temblaban las piernas de la emoción, no de conducir.
—En su lista pone que don Aurelio Pobo bajó en Cella.
Ovidio asintió despacio.
—Bajó en Cella. A la ida. En el desayuno.
—¿Por qué?
—Porque le llamaron. —Respiró dos veces—.
En el bar de la gasolinera había un teléfono y él llamó, o le llamaron, no sé.
Y salió y me dijo: Ovidio, me tengo que quedar, que hay un problema con un permiso de la excavación y tengo que ir a Zaragoza.
Y yo le dije: don Aurelio, que hoy no hay nadie en Zaragoza, que hoy está Zaragoza en Madrid. Y él se rio y me dijo que ya lo sabía.
Nieves se inclinó hacia delante.
—¿Y usted qué hizo?
—Yo taché su nombre y escribí «bajó Cella». Porque el seguro era por plazas ocupadas y yo tenía que cuadrar la vuelta.
—¿Y a la vuelta?
—A la vuelta no estaba. Volvimos los que volvimos, no me haga cuentas ahora. —Se quedó pensando—. Pero sí me acuerdo de una cosa, porque me hizo gracia entonces y me ha hecho gracia siempre.
—¿Cuál?
—Que el lunes siguiente, en el bar de Cañigral, don Aurelio contó la manifestación.
Y la contó bien, eh. Contó lo de la plaza, contó lo de las pancartas, contó lo del frío.
—Ovidio Maícas hizo una pausa larga y buscó aire—.
Y yo estaba allí delante, con mi café, escuchándole contar un viaje que no hizo.
—¿Y no dijo usted nada?
El viejo la miró con unos ojos de agua.
—Hija —dijo—. Yo tenía cuarenta y cuatro años, tres hijos y un autobús que se pagaba con los fletamentos de la mancomunidad. ¿Qué iba a decir? ¿Que el señor catedrático había mentido sobre si había ido o no había ido a una manifestación?
Bajó la vista a sus manos.
—Además, entonces no había ningún muerto. Entonces solo había un vecino que se había ido a Francia.