24 Cincuenta y cinco plazas
—¿Ovidio Maícas? —Nieves levantó la cabeza—. ¿El mismo Ovidio Maícas que fue veinte años conserje de la fundación?
—El mismo. Antes de la fundación conducía. Tiene setenta y un años y vive en Teruel.
—¿Hay lista de pasajeros?
—Hay dos. —Calomarde cambió de diapositiva—. La de la mancomunidad, que se hizo con las inscripciones, y la que hizo el conductor a mano en una hoja cuadriculada, que es la que cuenta, porque es la del día. Y no coinciden.
—¿En cuántos nombres?
—En siete. Cinco que se apuntaron y no fueron, uno que no se apuntó y fue, y uno raro.
—Define raro.
Calomarde amplió la imagen. En la lista manuscrita, la línea número 34 decía «A. Pobo» y al lado, con otro bolígrafo, había una anotación: «bajó Cella».
Nieves se levantó y se acercó a la pantalla.
—«Bajó Cella.»
—Cella está a treinta y cinco kilómetros de Teruel —dijo Delia—, en la carretera de Zaragoza. Si el autobús salió de Guadalaviar a las cinco y media y paró en Cella a las seis y media a desayunar...
—Entonces el profesor Pobo estuvo una hora en ese autobús —dijo Nieves— y después no estuvo.
—O se bajó a la vuelta —dijo Tortajada desde el fondo—. La anotación no dice cuándo.
—No dice cuándo. —Nieves se quedó mirando aquellos dos centímetros de tinta azul—. Iker, quiero a Ovidio Maícas esta tarde.