23 Los pozos de nieve
Dos días antes de que le llegara la libreta escaneada, un domingo de octubre con el cielo alto y limpio, Nieves Escriche subió a la sierra sin motivo profesional por primera vez en catorce años.
Se lo había propuesto Cas por mensaje, con una fórmula que le dejaba todas las salidas abiertas: «Si el domingo no trabaja y quiere ver una cosa rara, a las diez en el abrevadero. Dos horas. Terreno fácil.»
La cosa rara estaba a cuarenta minutos andando por un camino de herradura, en una vaguada orientada al norte donde la nieve aguantaba hasta mayo.
Era un agujero circular de cinco metros de diámetro, con un brocal de mampostería en seco que sobresalía medio metro del suelo y, dentro, una pared cilíndrica de piedra bien ordenada que bajaba hasta un fondo oscuro lleno de hojas.
—Un pozo de nieve —dijo Cas—. Una nevera. Esta es la de la Loma y es de finales del mil seiscientos.
Nieves se asomó con precaución.
—¿Para qué servía?
—Para el negocio del frío. —Cas se sentó en el brocal—.
En invierno venían las cuadrillas, apisonaban la nieve dentro por capas, con paja entre capa y capa, y la tapaban con ramaje.
En junio la sacaban en bloques, la envolvían en helecho, la bajaban de noche a lomo de mula y a las seis de la mañana estaba en Valencia enfriando los helados de los ricos.
—¿Desde aquí?
—Desde aquí. Doce horas de camino. Había una red de estas por toda la sierra: la de Griegos, la del Puerto, la de Bronchales. Es la primera industria que tuvo esta tierra y se acabó en 1900 con las fábricas de hielo. —Le señaló el fondo del pozo—. Ocho metros. Y hay tres más hondas.
Nieves midió el brocal con la mirada.
—¿Están todas abiertas?
—Casi todas. Se catalogaron hace veinte años y se limpiaron cuatro para enseñarlas. El resto están como esta. —Cas se encogió de hombros—. Aquí arriba el patrimonio es eso: un agujero en el suelo que nadie protege y que nadie destroza.
Volvieron despacio. En una revuelta del camino se veía media comarca: el valle del Guadalaviar, las manchas rojizas de los rodales de pino silvestre, un buitre haciendo círculos muy alto.
—¿Por qué me ha traído aquí? —preguntó Nieves.
Cas Villarroya tardó un poco.
—Porque usted lleva un mes viendo esta sierra como un mapa de un caso —dijo—. Y quería que la viera otro rato.
Ella no supo qué contestar, así que no contestó, y estuvieron veinte minutos andando en un silencio que no era incómodo.
Al llegar al abrevadero, él le dio la mano para despedirse y ella se la retuvo dos segundos más de la cuenta.
Fue el domingo 11 de octubre de 2026. Cinco días después, Nieves Escriche tendría que explicar por escrito a un capitán y a una jueza por qué la mañana del viernes 16 sabía exactamente lo que era un pozo de nieve.