22 Sabina
Sabina Gimeno Royo tenía cincuenta y dos años, un despacho de gestoría en el barrio de Delicias de Zaragoza y una foto de dos hijos adolescentes sobre la mesa.
—Sabía que esto iba a pasar algún día —dijo, y se sentó con las manos cruzadas—. Cuando leí lo de la sima dije: ya está. Ya está.
—¿Usted y Benjamín Lahoz eran pareja?
—Éramos lo que se podía ser en un sitio así, con una de veinticinco y uno de treinta y cuatro y toda la sierra mirando. Sí. Éramos pareja.
—¿Y cuando desapareció?
Sabina tardó un momento.
—Yo denuncié el martes. La denuncia que consta es de la hermana, del jueves, porque a mí en el cuartel me dijeron que yo no era familia. —Sonrió con una amargura vieja—. Tenía veinticinco años y llevaba un anorak rosa. Me dijeron que seguramente se había ido con otra.
—¿Qué recuerda del 20 de noviembre?
—Todo. —Se echó hacia atrás—. Yo no fui a Madrid porque trabajaba en la residencia de Albarracín y me tocaba turno. Beni tampoco fue. Y él sí quería ir, eh, él era de los que iban, pero me dijo el jueves que se quedaba porque tenía que hacer una cosa.
Nieves no se movió.
—¿Qué cosa?
—No me lo dijo. Estaba raro esa semana. Nervioso pero contento, ¿sabe cómo es eso? Como cuando tienes un as. —Sabina miró por la ventana—. El viernes me dijo: «El sábado, que se van todos, subo y lo dejo hecho, y el lunes voy a Zaragoza y se acabó la broma.»
—¿A Zaragoza a qué?
—A la universidad. A denunciarlo. Él estaba convencido de que había gente en la excavación que estaba cambiando las piedras de sitio. Me lo explicaba y yo no lo entendía, la verdad. Me hablaba de que la piedra de arriba y la de abajo no eran la misma y yo pensaba en otra cosa.
Se le quebró un poco la voz y se recompuso enseguida, con la eficacia de quien lleva veintisiete años haciéndolo.
—Yo pensaba en otra cosa, teniente. Eso es lo que me ha costado la vida.
—¿A quién iba a denunciar?
—No dijo un nombre. Dijo «esa gente». —Sabina tragó saliva—. Pero el domingo por la mañana, cuando yo ya no sabía nada de él, subí al pueblo y me encontré en la plaza al profesor. Al de la barba. Y le pregunté si lo había visto.
—¿Y?
—Y me dijo que sí. Me dijo: «Ayer por la tarde. Iba hacia el Sabinar con la mochila.» —Sabina Gimeno miró a Nieves a los ojos—. Y yo me quedé tranquila, porque lo decía él.
Nieves anotó despacio, para que le diera tiempo a pensar.
—Señora Gimeno. ¿El profesor Pobo estuvo en Madrid ese sábado?
—Claro que estuvo. Si iba en el autobús con todo el pueblo. Si salió en el periódico. —Y entonces se paró en seco, con la boca entreabierta—. Si estuvo en Madrid, ¿cómo lo vio el sábado por la tarde?