21 La libreta
La libreta de tapas de hule tardó veintidós días en poder abrirse.
La trató el laboratorio de documentoscopia de la Comandancia de Zaragoza con un protocolo que el especialista describió a Nieves por teléfono como «paciencia caro»: estabilización de la humedad en cámara durante ocho días, congelación, liofilización, y después separación hoja por hoja con espátula de teflón bajo lupa.
De ochenta y seis hojas se recuperaron cuarenta y una. De esas cuarenta y una, veintitrés tenían escritura legible, total o parcialmente. El resto era una mancha azul donde la tinta había viajado.
Era un cuaderno de campo de aficionado y era, a su manera, una cosa hermosa.
Había listas de fechas con el tiempo que hacía. Había croquis de laderas con las capas dibujadas como un pastel y anotadas con palabras que no eran técnicas pero funcionaban: «la gris que se deshace», «la roja de arriba del todo», «la que hace escalón».
Había cuentas de ovejas. Había una receta de escabeche. Había, en la página 31, una lista de once nombres de parajes con un número al lado.
Y había, a partir de la página 34, otra cosa.
A partir de la página 34 la letra cambiaba. Se hacía más pequeña y más apretada, y las entradas empezaban a tener hora.
«18-9-99. 7.40. Han subido la Nissan hasta el corral de Cañete. Bajan cajas al Cañigral. 4 cajas. A la de la Umbría no han subido hoy.»
«26-9-99. He estado en el sabinar. Sigue mi señal. La piedra 4 no está.»
«3-10-99. Se lo he dicho al de la barba delante de los otros dos. Dice que me denuncia. Que denuncie.»
«17-10-99. He hablado con el alcalde. No me hace caso. Dice que qué más da de dónde salga si es del término.»
«30-10-99. He ido a Teruel a la Fundación y no he pasado de la puerta.»
«6-11-99. Ya tengo las cinco. Las he puesto donde no las van a buscar. Si me pasa algo, están donde los críos.»
Nieves leyó esa última tres veces. Después se levantó, se puso un jersey, se sentó otra vez y la leyó una cuarta.
«Si me pasa algo, están donde los críos.»
Miró el reloj. Las once y diez de la noche.
Llamó a Delia Barrachina, que contestó al cuarto tono con voz de estar viendo la televisión.
—Delia. ¿En Cañigral había escuela en 1999?
—Espera. —Ruido de mando a distancia—. Sí. La unitaria. Estuvo abierta hasta junio de este año.
—¿Y quién era el maestro en el noventa y nueve?
—No lo sé, pero lo averiguo mañana. ¿Por?
Nieves se quedó mirando la pantalla, la letra torcida de un hombre muerto.
—Porque Benjamín Lahoz escondió cinco piedras en algún sitio ocho días antes de morir —dijo—. Y creo que sé dónde.