Turoliense 20 El profesor
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20 El profesor

Aurelio Pobo Cañada vivía en un piso de la calle San Francisco de Teruel, en el tercero, con una biblioteca que ocupaba dos paredes del salón y un balcón desde el que se veía el Torico si uno se asomaba.

Tenía sesenta y cinco años, la barba blanca recortada, las manos grandes y manchadas y una voz de aula, de esas que no necesitan subir el volumen porque están construidas para llegar al fondo. Recibió a la teniente Escriche un viernes a las seis de la tarde, con té.

—Llevo tres semanas esperándola —dijo—. Y no lo digo como reproche. Lo digo como alivio.

—¿Alivio?

—Cuando salió lo de la sima en el periódico, mi mujer me dijo: van a ir a verte.

Y yo le dije: ojalá. —Sirvió el té—. Yo conocí a ese hombre, teniente.

Yo tuve tres o cuatro discusiones con él, delante de gente, en 1999.

Y después se marchó y a mí eso me dejó un mal sabor de boca que me ha durado veintisiete años.

—Cuénteme las discusiones.

—Benjamín Lahoz subía al yacimiento. Al principio, con permiso, a mirar.

Luego, sin permiso, a excavar. —Pobo dejó la tetera—.

Y entiéndame: yo no defendía una propiedad.

Yo defendía un contexto. En paleontología, una pieza sin su posición exacta en el estrato es una pieza muerta.

Es bonita y no dice nada. Cuando alguien saca un hueso con un pico, destruye más información de la que rescata.

—¿Se lo explicó usted así?

—Se lo expliqué así tres veces y a la cuarta le dije que llamaría a la Guardia Civil. —Sonrió con tristeza—. Y él me contestó una frase que no he olvidado. Me dijo: «Usted ha venido a llevarse mi monte en cajas.»

Nieves dejó que el silencio trabajara un poco.

—Profesor, hemos encontrado once piezas en el almacén de Cañigral, inventariadas como procedentes de la Cantera de la Umbría en 1999, cuya matriz es incompatible con la Cantera de la Umbría.

Aurelio Pobo no se movió. Bebió té.

—¿Incompatible en qué sentido?

—En el sentido de que son ciento treinta y cinco millones de años más jóvenes.

—Ya. —Dejó la taza—. Teniente, ¿sabe usted cuántas personas han pasado por ese almacén desde 1999?

Yo se lo digo: ciento veintitantos estudiantes, ocho becarios, cuatro directores, dos mudanzas y una inundación en 2013.

Las etiquetas se despegan. Las cajas se mezclan.

Un becario de veinte años pone lo que le parece y nadie lo revisa en quince años.

—¿Usted cree que es eso?

—Yo creo que es muchísimo más probable que es eso —dijo Aurelio Pobo— que no que un catedrático de universidad se dedicara a falsificar procedencias en un pueblo de treinta habitantes.

Y entonces hizo algo que a Nieves le interesó más que todo lo anterior: se inclinó hacia delante, con las manos juntas, y bajó la voz.

—Dicho lo cual. Si alguien lo hizo, quiero saberlo antes de morirme. Ese yacimiento es lo único que voy a dejar. Si está sucio, prefiero enterarme yo que enterarse mi nieta.