Turoliense 19 El almacén de la fundación
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19 El almacén de la fundación

Elisa Bádenas los esperaba en la puerta con las llaves en la mano y una calma que a Nieves le pareció excesiva.

—Lo que necesiten —dijo.

El almacén estaba detrás de la sala de exposición, en el semisótano: cincuenta y dos metros cuadrados, estanterías metálicas, ciento noventa cajas de plástico con tapa, un armario compactado y una mesa de restauración con lupa de brazo.

Consuelo Garcés se puso los guantes, se colocó en la primera estantería y empezó.

Tardó seis horas. Abría una caja, sacaba las piezas una a una, las miraba treinta segundos, las devolvía y anotaba. Cada veinte minutos apartaba una y la dejaba en una mesa aparte.

A las tres de la tarde, en la mesa aparte había once piezas.

—Teniente —dijo—. Venga.

Nieves se acercó. Las once piezas eran fragmentos óseos de tamaños distintos, de cinco a cuarenta centímetros. Todas estaban parcialmente englobadas en roca. Y todas, las once, tenían la roca de color crema tirando a rosa.

—Son todas de la misma matriz —dijo Consuelo—. Y todas llevan etiqueta de inventario de la fundación. ¿Quiere leer lo que pone en la etiqueta?

Nieves se inclinó sobre la primera.

«CU-99-047. Cantera de la Umbría. Nivel 3. Campaña 1999.»

Levantó la vista. Al otro lado del almacén, de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y la cara blanca, Elisa Bádenas los miraba sin decir absolutamente nada.