18 Un tratante de Cuenca
—Pregunten lo que quieran. Yo ya no me escondo. Tengo mi papel de cada pieza.
—Sierra de Albarracín —dijo Nieves—. Años noventa.
—Ah. —Peñalver se rio—. Los noventa en Albarracín. Eso era el Oeste, señora. Aquello era gente subiendo con un pico los domingos y bajando con un saco.
—¿Usted compraba?
—Yo compraba mineral. Aragonito, cuarzo, jacintos de Compostela. Y sí, alguna vez compré hueso. Entonces no estaba tan claro lo que era delito y lo que no. Ahora sí lo está y yo ahora no toco hueso ni con un palo.
—¿Le suena un tal Benjamín Lahoz?
Peñalver se quedó pensando de verdad, no de mentira.
—Beni —dijo—. Beni el de Cañigral.
—¿Le compró?
—No. Y eso que lo intenté. —Se apoyó en una estantería llena de cajas de metacrilato—.
Ese hombre venía a las ferias, a la de Molina, a la de Daroca, pero no venía a vender.
Venía a enseñar. Traía sus piedras en una bolsa y te decía «mira lo que he encontrado» y tú le decías «te doy diez mil pesetas por esto» y él te decía que no, que era del pueblo.
—¿Que era del pueblo?
—Literal. Decía: esto no es mío, esto es del pueblo, esto tiene que estar en un sitio donde lo vea la gente. —Peñalver movió la cabeza—. Yo pensaba que era tonto. Ahora, con los años, no sé lo que pensaba.
Calomarde sacó una foto impresa: el bloque de arenisca rosada de la sima.
—¿Esto le suena?
Peñalver se puso las gafas.
—Suelto así, no. Pero esa piedra no es de la Umbría.
—¿Cómo lo sabe?
—Hombre. —La miró como si le hubieran preguntado si el agua moja—. Porque la Umbría es gris verdosa y se raya con la uña. Y esto es rosa de Concud, o de un sitio parecido. Eso es de la cuenca, del Mioceno. Yo eso lo distingo con la luz apagada.
Nieves y Calomarde se miraron.
—¿Y le parecería raro —dijo Nieves— que en la colección del museo de Cañigral hubiera piezas con matriz rosa?
Nicanor Peñalver se quitó las gafas muy despacio.
—Me parecería —dijo— que me acaban de estropear la mañana.