Turoliense 17 Correo recibido
25%

17 Correo recibido

Elisa Bádenas leyó el correo el sábado por la mañana, en la cocina de su casa de Teruel, con el café en la mano y el pelo todavía mojado.

Lo leyó dos veces. Después amplió la foto de la etiqueta con dos dedos y se quedó muy quieta.

Se levantó, dejó el café, y estuvo cinco minutos de pie en medio de la cocina.

Después hizo dos cosas.

La primera fue contestar a la maestra, a las 10.12, con un correo amable y perfectamente profesional: le agradecía el aviso, le explicaba que la fundación no podía recoger material sin un procedimiento de depósito y que se pondría en contacto con ella la semana siguiente para organizarlo.

La segunda fue reenviar el correo de Marisol, con las cuatro fotos, a una dirección personal de Gmail. Sin escribir nada. Solo reenviar.

A las 23.41 de ese mismo sábado recibió la respuesta.

Eran dos líneas.

«Esto es la libreta de la que te hablé. Si esa etiqueta se escanea y se cuelga, se acabó todo: el yacimiento, la fundación, el pueblo y tú. Hazme el favor de ir tú y recogerlo antes de que lo vea nadie más. Y no lo hables con nadie. Nadie, Elisa.»

Elisa Bádenas leyó aquello sentada en el borde de la cama, con la luz apagada y la pantalla iluminándole la cara.

Y lo que sintió, según declararía dieciocho meses más tarde ante un jurado de nueve personas en la Audiencia Provincial de Teruel, no fue miedo.

Fue alivio. El alivio raro y horrible de comprobar que la cosa que llevaba once años sospechando en silencio era verdad, y que por fin alguien se la decía en voz alta.