Turoliense 16 Una escuela que cierra
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16 Una escuela que cierra

De vaciarla se encargó Marisol Sanz Alegre, cuarenta y cuatro años, maestra de la unitaria desde hacía nueve.

No porque le correspondiera —de vaciarla no le correspondía a nadie— sino porque en septiembre volvió a por unas cajas suyas y se encontró el edificio tal como lo habían dejado en junio, con los dibujos todavía en el corcho y el mapa de España colgado torcido, y no fue capaz de irse.

—Estoy haciendo inventario. Hay cosas de los años cincuenta, Ana. Hay un microscopio de hierro colado. Hay una colección de minerales en una caja de madera con una etiqueta escrita con plumilla.

—¿Y para qué haces inventario si van a tirarlo todo?

—Precisamente por eso.

El armario del fondo, el de las llaves perdidas, lo abrió el 2 de octubre con un destornillador. Dentro había material de los ochenta, tres globos terráqueos, un magnetófono y, en el estante de abajo, cuatro cajas de cartón con la palabra GEOLOGÍA escrita con rotulador.

En la tercera caja, envueltos en papel de periódico de 1999, había once fósiles.

Marisol los desenvolvió uno a uno sobre una mesa de pupitre, sin saber muy bien lo que hacía.

Eran conchas, un erizo, un trozo de madera petrificada y dos piedras con hueso.

Cada pieza llevaba pegada una etiqueta de esas rectangulares de papel engomado, escritas a mano con bolígrafo azul, con una letra grande, torcida, de trazo fuerte.

Las etiquetas ponían el sitio y el día.

«Barranco del Cubillo, 12-3-97.»

«Los Pozuelos, camino alto, 4-8-96.»

«Umbría del Sabinar, 9-5-99.»

Marisol Sanz se quedó mirando esa última mucho rato. La pieza era un bloque de arenisca rosada, de kilo y medio, con un trozo de hueso esponjoso asomando por una cara.

Ella no sabía nada de fósiles. Pero llevaba nueve años dando clase en un pueblo que vivía de un dinosaurio, y había llevado a sus alumnos al centro de interpretación veintitantas veces, y conocía de memoria el panel de la entrada: LA CANTERA DE LA UMbrÍA, AbrIL DE 1999.

Y sabía, porque lo sabe cualquiera que haya vivido allí, que la Umbría del Sabinar no es la Cantera de la Umbría. Que son dos parajes distintos, en dos laderas distintas, separados por un barranco y por cuatro kilómetros de monte.

Hizo cuatro fotografías con el móvil: la pieza entera, la etiqueta de cerca, la caja con las otras diez y el papel de periódico con la fecha.

Y entonces hizo la cosa más razonable y más peligrosa del mundo: buscó en internet el correo del centro de interpretación y se lo mandó todo, con un texto de seis líneas que terminaba así:

«Supongo que esto lo tendrán ustedes ya localizado, pero por si acaso: la letra parece de un vecino y las fechas son anteriores a las que figuran en el panel. Me da pena que acabe en un contenedor. Si les interesa, aquí está y yo vengo los jueves.»

Lo envió el viernes 2 de octubre de 2026 a las 19.41.