15 Lo que dicen los ratones
La palabra técnica, le explicó Consuelo Garcés días después, es biozona.
—Los micromamíferos evolucionan deprisa.
Un linaje de ratón cambia la forma de sus molares en doscientos mil años lo suficiente como para que usted y yo lo distingamos con una lupa.
Eso significa que una asociación de especies es un reloj.
Si yo saco de un sedimento cuatro especies determinadas juntas, puedo decirle en qué ventana de tiempo se depositó ese sedimento, y la ventana puede ser de trescientos mil años. En geología eso es un cronómetro.
—¿Y en un juzgado?
—En un juzgado es mejor que eso —dijo Consuelo—.
Porque en esta provincia tenemos las biozonas calibradas desde los años setenta.
La cuenca de Teruel es el patrón mundial del Turoliense.
La edad se llama así por Teruel, teniente.
Por esta ciudad fea y maravillosa en la que estamos.
Cuando en Pakistán o en Grecia encuentran fauna de hace ocho millones de años, dicen que es Turoliense, y lo dicen porque unos señores midieron dientes de ratón en Concud y en Los Mansuetos.
Estaban en la cafetería de enfrente del laboratorio. Nieves había pedido un café y llevaba diez minutos sin tocarlo.
—Entonces, si el residuo del ácido le da una asociación...
—Si el residuo me da una asociación, yo le digo a qué biozona pertenece.
Y como en esta provincia tenemos ciento y pico yacimientos micromamíferos catalogados, con su biozona y su litología, yo puedo ir a la colección, abrir los cajones y decirle: esto se parece a esto y no se parece a lo otro.
—Removió el azúcar—. No le voy a poder decir «este bloque salió de ese metro cuadrado».
Le voy a poder decir «este bloque es compatible con estos tres yacimientos y es incompatible con estos ciento veinte».
—Y con la Umbría.
—Y con la Umbría, casi seguro, incompatible. Pero eso ya se lo he dicho sin ácido, por la mica.
Nieves puso las dos manos alrededor de la taza.
—Doctora, quiero que me explique una cosa como si yo fuera tonta.
—Usted no es tonta, pero adelante.
—Si en el noventa y nueve alguien pegó un trozo de hueso de dinosaurio a un trozo de arenisca del Mioceno... ¿para qué?
Consuelo Garcés dejó la cucharilla.
—Se lo voy a decir al revés. ¿Para qué se pega un hueso a una roca en paleontología?
Para venderlo. En el mercado de fósiles, una pieza «en matriz» vale tres o cuatro veces más que una pieza suelta, porque parece más auténtica y más bonita.
Hay talleres enteros en Marruecos y en China que se dedican a eso.
—¿Y aquí?
—Aquí no se vende, aquí se excava. Pero también se pega. Se pega para restaurar, para consolidar, para montar. Eso es legítimo y se documenta.
—¿Y para qué más?
La paleontóloga tardó en contestar.
—Para cambiar de sitio una pieza —dijo—. Si usted tiene un hueso que apareció en el sitio A y quiere que conste que apareció en el sitio B, lo más convincente que puede hacer es pegarle un poco de sitio B.
Nieves dejó el café sin tocar.
—¿Y eso pasa?
—Eso pasó en Japón en el año 2000 y le costó la carrera a un arqueólogo famoso. Pasó en Alemania con un cráneo. Pasó en Estados Unidos con un pájaro con cola de dinosaurio que compró una revista muy seria. —Consuelo la miró—. Pasa siempre por lo mismo, teniente. No por dinero. Por ser el primero.