Turoliense 14 Cuatro semanas de ácido
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14 Cuatro semanas de ácido

Nieves firmó la autorización y la jueza Grao la ratificó esa misma tarde, con una coletilla escrita a mano: «Se conservará íntegra la porción con resto óseo macroscópico.»

—La mitad con el hueso, para ustedes —dijo Consuelo—. Esta mitad, para mí.

Rompió su mitad en trozos del tamaño de una nuez con un martillo y un cincel, sobre un cubo de plástico, y fue pesándolos: cuatro cientos treinta gramos, seiscientos noventa, ochocientos diez.

Después los repartió en tres cubetas de polietileno y los cubrió con ácido acético diluido hasta taparlos dos dedos.

—Ahora hay que esperar —dijo—. Se cambia el ácido cada cinco días y se lava el residuo cada vez. Cuatro semanas. A lo mejor cinco.

—Cinco semanas.

—Teniente, esa roca lleva quieta ciento cincuenta millones de años y su muerto lleva quieto veintisiete. Cinco semanas no van a arreglar ni a estropear nada.

Nieves se apoyó en el banco de trabajo.

—Doctora, ¿usted sabe lo que voy a preguntarle?

—Sé lo que van a preguntarme todos. Me lo preguntó el periodista del Diario de Teruel en 2011 y me lo preguntó mi madre en 2013. Quieren saber si el yacimiento de la Umbría es lo que dicen que es.

—Quiero saber si esa piedra salió del yacimiento de la Umbría.

Consuelo Garcés se secó las manos.

—Eso es otra pregunta y es mucho mejor. —Se sentó en un taburete—.

Mire. La Cantera de la Umbría está en la Formación Villar del Arzobispo, tránsito Jurásico-Cretácico, unos ciento cuarenta y cinco millones de años.

Esas areniscas tienen una firma bastante característica: grano fino, mucha mica, cemento ferruginoso, y unos niveles de arcilla verde muy reconocibles.

—¿Y esta?

—Esta no tiene mica. Esta tiene nódulos carbonatados y bioclastos de agua dulce. Y tiene un diente que, si es lo que me parece, es de un roedor cricétido del Mioceno superior. —Levantó un dedo—. Mioceno superior, teniente. Nueve millones de años. No ciento cuarenta y cinco.

Nieves tardó unos segundos en colocar aquello.

—¿Me está diciendo que en esta piedra hay un hueso de dinosaurio y un diente de un bicho que vivió ciento treinta y seis millones de años después del dinosaurio?

—Le estoy diciendo —dijo Consuelo Garcés— que eso es imposible, y que cuando algo es imposible normalmente es porque hay dos piedras y no una.

Cogió la mitad reservada, la que tenía el hueso, y la puso bajo la lámpara. Con la punta de un bisturí señaló una línea que Nieves no había visto: una costura fina, sinuosa, que cruzaba el bloque de lado a lado como la cicatriz de una soldadura.

—Aquí. Esto no es un plano de estratificación. Esto es una junta.

—¿Una junta de qué?

—De pegamento —dijo la paleontóloga—. Alguien pegó un trozo de una roca a un trozo de otra.