13 La piedra en la caja
La esperaba una mujer menuda, de cuarenta y seis años, con una bata azul y las uñas cortadas al ras.
—Consuelo Garcés. Micromamíferos.
—¿Micro?
—Ratones —dijo la doctora Garcés—. Yo trabajo con dientes de ratón de hace nueve millones de años. Los dinosaurios los llevan otros y, entre nosotras, tienen mucha peor letra.
El laboratorio estaba en el sótano, con las paredes cubiertas de cajoneras metálicas. Consuelo despejó una mesa, extendió un papel de filtro y esperó.
Nieves abrió la caja y sacó el bloque de arenisca rosada, que pesaba tres kilos y doscientos gramos y llevaba pegada una etiqueta con un número de once cifras.
Consuelo Garcés no lo tocó. Se puso unos guantes, cogió una lupa de mano y se acercó tanto que casi apoyó la nariz.
Estuvo así cuatro minutos. Nieves, que había aprendido a no interrumpir a los que miran, se quedó de pie con las manos detrás de la espalda.
—Bueno —dijo por fin la paleontóloga, incorporándose—.
Vamos por partes. Lo que sobresale es hueso fósil de dinosaurio, casi con seguridad saurópodo.
Es un fragmento de arco neural, o sea, de la parte de arriba de una vértebra.
No le puedo decir la especie con esto, y el que le diga la especie con esto le está mintiendo.
—¿Y la piedra?
—La piedra es lo interesante. —Consuelo giró el bloque con las dos manos, con cuidado—. Esto es una arenisca de grano medio a fino, con matriz arcillosa, laminación cruzada de bajo ángulo y nódulos carbonatados milimétricos. Color siete punto cinco YR siete barra cuatro. ¿Ve estos puntitos blancos?
—Los veo.
—Eso son bioclastos. Y aquí, en la cara de fractura, mire: esto negro brillante.
Nieves se inclinó. En la superficie rugosa, del tamaño de un grano de arroz partido, había una esquirla oscura con brillo de esmalte.
—¿Qué es?
—Eso —dijo Consuelo Garcés— es un diente. Y no es de dinosaurio.
Levantó la vista y por primera vez sonrió, y fue una sonrisa que a Nieves le recordó a la de un jugador que descubre que tiene la carta buena.
—Teniente, ¿tengo autorización para destruir una parte de esta roca?
—¿Destruirla cómo?
—Disolverla en ácido acético al siete por ciento durante cuatro semanas, lavar el residuo con un tamiz de cero coma cinco milímetros y mirarlo bajo la lupa binocular grano a grano.
—Se quitó un guante—. Le advierto que cuando acabe no habrá piedra.
Habrá una bolsa de arena y, con suerte, treinta o cuarenta dientes de ratón.
—¿Y qué me darán treinta o cuarenta dientes de ratón?
Consuelo Garcés lo dijo con una sencillez que a Nieves le puso la piel de gallina.
—La edad exacta de esa roca. Y por lo tanto, el sitio del que salió. En esta provincia, teniente, los ratones son mucho más precisos que los testigos.