12 Lo que no se hereda
Nieves llegó a su piso de Teruel a las once y veinte de la noche. Vivía en la parte alta, en un tercero sin ascensor con vistas a un patio de manzana y a un trozo de la torre de San Martín si se asomaba mucho.
A las doce menos cuarto sonó el teléfono. Era la residencia.
—Nada grave, Nieves. Que tu padre ha tenido una tarde movida y preguntaba por su madre. Ya está tranquilo. Te llamo por si mañana lo notas raro.
—Gracias, Marimar.
—¿Vienes el domingo?
—Voy el domingo.
Colgó. Su padre tenía setenta y nueve años y llevaba tres sin saber que los tenía. Había sido guarda forestal cuarenta y un años, en esta misma sierra, y de todo lo que había sido le quedaban dos cosas: la manera de mirar los árboles desde la ventana y la manía de preguntar si había llovido.
Nieves se quedó un rato mirando el techo.
Pensó en Pura Lahoz doblando el delantal antes de recibir la peor noticia de su vida.
Pensó en un hombre de treinta y cuatro años que guardaba cajas de zapatos con un papelito dentro de cada una, con el sitio y el día.
Pensó en que a ese hombre le habían quitado dos cosas: la vida y el nombre.
Y que la segunda se la habían quitado antes.
A las doce y veinte le entró un mensaje de un número que no tenía guardado.
«Soy Cas Villarroya. Me ha dado su número el alcalde, que no debería. Mañana subo a la Umbría a revisar las carrascas del rellano alto. Si quiere ver el terreno de verdad, y no desde una pista, salgo a las siete. Llevo café. Sisalla no muerde.»
Nieves leyó el mensaje tres veces.
Escribió: «Gracias, pero mañana tengo comisión judicial.»
Lo borró.
Escribió: «A las siete en el abrevadero.»
Lo envió antes de pensarlo, que era la única manera que tenía de enviar según qué cosas.