Capítulo 49. Hilo rojo
Lo que se teje con paciencia no se deshace con prisa.
Sorcha despertó el día de su boda antes que nadie y se quedó quieta en la cama, mirando el techo, con la certeza absurda de que si se movía se rompería algo.
Fuera nevaba. Había nevado toda la noche, sin viento, y la luz que entraba por el postigo era blanca y baja, como la de una vela detrás de un paño.
Escuchó. El castillo todavía dormía. A lo lejos, un perro ladró una vez y se calló.
Ailsa roncaba suavemente en el cuarto de al lado, con Cormac enredado en las mantas, o eso le pareció.
Se miró el anillo. Seguía grande.
—Buenos días —murmuró, a nadie.
Después se levantó, se echó el manto por los hombros, y fue descalza hasta el telar.
Allí estaba la cuerda. La había terminado dos noches atrás, con el hilo que Murdo había teñido: tres vueltas de rojo trenzadas con una de azul, cada una más fina que un cabello, apretadas en un cordón de la longitud de un antebrazo.
Lo cogió. Era firme, cálido, ligeramente áspero.
El rojo había salido exacto. Lo supo por el tacto, antes que por los ojos.
Pensó en su padre. No en el que había muerto, sino en el que había dejado un orillo de tres hilos en cada pieza, una marca que solo ella leía. Se llevó el cordón a la mejilla.
—Hoy no estás solo en el paño —susurró—. Hoy hay otro.
• • •
La capilla de Dùn Dorcha era pequeña, de piedra oscura, con las vigas ennegrecidas por trescientos años de humo de velas.
Esa mañana no cabía un alfiler. Estaban los criados, los pastores, los hombres del glen con sus mejores mantos, las lavanderas con los niños en brazos, los monjes de Dunkeld que habían bajado, con el hermano Aodh a la cabeza, en una mula, y un gato blanco —Rey— instalado en el regazo de uno de ellos con aires de obispo.
Tam, el buhonero, de pie al fondo, se sonaba la nariz con una discreción que no engañaba a nadie.
Hamo, con las manos limpias y el cuello tieso, se había sentado en el último banco, como un hombre que no se cree con derecho a más.
Y delante, junto al altar, Murdo.
Lo vio desde la puerta, de espaldas, con un manto azul oscuro que Ailsa había insistido en prestarle y que le quedaba un poco corto.
Llevaba el pelo cortado a cuchillo, afeitado de aquella misma mañana, y los hombros tensos como un arco.
Las manos, a los costados, eran de un azul limpio, intenso, hermoso.
—Está temblando —le susurró Marsaili, a su lado.
—Lo sé.
—Los hombres tiemblan. Diarmad se desmayó casi.
—No me lo creo.
—Te lo juro. —Marsaili le colocó el velo con unos dedos que nunca se equivocaban—. Se agarró al banco. Parecía un gato en un tejado.
Detrás, Diarmad carraspeó, con una dignidad herida.
—Fue un mareo.
—Fue un desmayo.
—Fue una indisposición —zanjó él, y ofreció el brazo a su hermana, y ella lo tomó.
Caminaron por el pasillo entre las caras.
Sorcha oyó el rumor de los mantos, el crujido de la madera.
Vio a Catriona, con su tablilla de boj en la mano, guiñarle un ojo.
Vio a Cailean, a su lado, con una expresión de profunda emoción que se vio arruinada por la yegua Mala Hierba, que había conseguido entrar en la capilla y mordisqueaba con interés una cortina.
Vio a Griet, con un chal negro y una sonrisa que le atravesaba toda la cara, y a su madre, sentada en primera fila con la espalda recta y los ojos humedecidos, que fingió estar mirando el techo.
Y Murdo se volvió.
Se le quedó la cara quieta, de golpe, como cuando un color por fin se asienta. La miró de arriba abajo, despacio, y movió los labios sin voz. Ella leyó lo que decía. Lo había leído en sus labios muchas veces, en los silencios de aquel otoño, antes de que él se atreviera a decirlo en voz alta.
Estás aquí.
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El sacerdote era un hombre mayor, de voz cascada, y casó a la pareja con las palabras de siempre. Preguntó. Murdo respondió con una voz que le salió casi un graznido, tuvo que repetirla, y a la segunda vez fue un «sí» entero, sin dudas, que llenó la capilla.
Después llegó el turno de ella.
—¿Aceptas a este hombre por esposo, Sorcha MacKerron?
Había callado durante veinticuatro años.
Había callado ante su padre, ante sus hermanos, ante un laird, ante un prepósito.
Había aprendido que la palabra es una moneda y que gastarla de más es como tirarla al río.
Y hacía tres semanas había hablado en una sala llena de gente, con la voz temblando, y el mundo no se había acabado.
—Sí —dijo Sorcha—. Y quiero decir algo más.
Un murmullo recorrió la capilla. El sacerdote levantó las cejas. Su madre cerró los ojos con gran dolor. Murdo, a su lado, sonrió.
—Es costumbre decir solo «sí» —advirtió el cura.
—Lo sé. —Se volvió hacia Murdo y le tomó las manos, las dos, azules, calientes—.
Murdo mac Gille-Brìghde. Me enseñaste que un color no se hace en un día.
Que hay que esperar, que hay que fijarlo, que hay que dejar que el sol y el agua lo prueben antes de fiarse de él.
—Tragó saliva—. Yo no sabía esperar. Tú me enseñaste.
Yo te enseñé a no esconderte. Y ahora no hay nada que esconder.
No te pido que seas distinto. Te pido que seas esto: el hombre que me deja decir la verdad. Y que me la diga.
—Siempre —susurró él.
—Con luz.
—Con luz.
—Pues ya está —concluyó ella, y miró al sacerdote—. Puede continuar.
Hubo un silencio de un latido. Después alguien, al fondo, lanzó una carcajada sonora. Era Tam. Detrás de Tam, rompió Cailean. Detrás de Cailean, la capilla entera.
Sorcha, ruborizada hasta las orejas, sintió que Murdo le apretaba las manos.
• • •
Ataron el cordón sobre las manos unidas, con tres nudos. El sacerdote los bendijo. El hilo rojo les rodeó las muñecas, brillante y firme, entre el azul de él y la piel pálida de ella. Era el rojo más bonito que había visto en su vida.
—No se va a ir —murmuró Murdo, tan bajo que solo ella lo oyó.
—¿El qué?
—El color. Lo he probado con lejía esta mañana. —Le brillaban los ojos—. No se va.
Sorcha estalló en una risa sin ruido, de las suyas, y se tapó la boca con la mano libre.
—¿Hiciste la prueba de lejía en el hilo de la boda?
—Soy un hombre de oficio.
—Murdo.
—Lo siento. No podía evitarlo.
—Te quiero —dijo ella, en voz alta, delante de todos.
Fue la ovación más estruendosa que había oído nunca. Sobre ella, a lo lejos, se alzó el canto del gallo de Griet, fuera de hora, triunfal, y desde el tejado de la capilla le contestó un perro.
• • •
El banquete duró hasta que se apagaron las antorchas.
Hubo cordero y pan, y mucha cerveza, y una balada que nadie pidió sobre un herrero y una cabra.
Hubo un brindis de Torquil, torpe y corto, que terminó con un «bienvenido a la familia» dirigido a Murdo con una solemnidad de funeral.
Hubo una discusión entre Muirne y Griet sobre cómo se cardaba la lana en Brujas que terminó con las dos riendo hasta llorar.
Hubo un baile en el que Diarmad, a quien nadie había visto bailar, bailó con Marsaili, que le pisó dos veces y no lo disimuló.
Griet, ya muy entrada la noche, le tendió a Sorcha un fardo envuelto en lino.
—De mi parte —dijo, con la voz espesa por el vino—. Del taller de mi marido. Que Dios lo tenga.
Dentro había una lanzadera de boj, vieja, gastada por décadas de palmas, con una pequeña inscripción en flamenco que Sorcha no entendió y que Griet tradujo con un sollozo: «Hilo que no se rompe».
—Hendrik la ha bendecido —añadió.
—Gracias.
—No me des las gracias. Úsala.
Cuando por fin se retiraron, fue por una escalera de caracol, con una vela, entre risas que se fueron apagando conforme subían. La puerta de la torre se cerró tras ellos con un golpe seco.
La tina de Eachann estaba al fondo, a oscuras. La ventana alta dejaba pasar un rayo de luna sobre el suelo de piedra. Murdo tomó la vela y la dejó sobre la mesa.
—¿Con luz? —preguntó.
—Con toda la que queda —respondió Sorcha, y apagó la vela de un soplo.