TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 50. Una vela roja
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Capítulo 50. Una vela roja

El mar no entiende de colores, pero los guarda todos.

No era una forma de hablar. Murdo había escuchado muchas veces a los viejos decir que un color cantaba, y nunca lo había entendido hasta aquel año. Cuando está bien hecho, el rojo no brilla: suena. Tiene un peso, una nota grave y tibia que se queda en el aire del patio como el eco de una campana.

—Treinta y dos piezas —anunció una voz desde el pie de la escalera—. Sin una mancha. Hamo las ha contado tres veces.

—Cuatro —corrigió Hamo, que pasaba con un cesto—. La cuarta fue de más. Me gusta contar.

Murdo sonrió. En un año el cardador se había convertido en algo parecido a un amigo.

Iain, su hijo, de doce años, aprendía a medir ceniza en la torre con una concentración feroz y los ojos pegados a las manos del maestro, que ya empezaban a pasar de moda en la comarca: tres niños del glen habían decidido teñirse las suyas con zumo de arándano, para parecerse.

—No es lo mismo —les había advertido Murdo.

—Se nota menos —había replicado uno.

—Se nota más. Dura menos.

Y los tres, con los dedos morados, se habían encogido de hombros como si les hablaran de otra cosa.

• • •

La habían llamado Eilidh, y tenía tres semanas.

Dormía en una cuna que Torquil había hecho tallar sin avisar a nadie, con un caballo en cada costado, en el rincón de la torre donde antes estaba el hornillo de los mordientes.

Tenía el pelo rubio rojizo de su madre, la nariz de su abuela Muirne —una amenaza— y, bajo la luz de la ventana, los puños cerrados y las uñas diminutas, perfectas, sin ningún azul.

Murdo se lavó las manos. Era un gesto inútil, y lo hacía de todos modos, por respeto. Después se acercó a la cuna.

Eilidh abrió los ojos. Oscuros. No se quedaban quietos.

—Hola —murmuró él.

La niña le miró las manos. Estiró un puño. Le agarró un dedo azul con una fuerza sorprendente, y lo sostuvo, y no hizo ninguna pregunta.

—Se te van a manchar.

—No se manchan —dijo Sorcha, desde el telar—. No se pega lo que no quiere. Es una propiedad de la familia.

—¿De cuál?

—De la nuestra.

Estaba sentada con el huso en el regazo y un pie sobre el pedal, rodeada de hilos, con el cabello suelto y una expresión de profunda satisfacción.

En el telar crecía despacio una pieza de lana blanca con un orillo de tres hilos rojos y uno azul.

Era el segundo que tejía con ese orillo.

El primero, un manto, colgaba en la habitación contigua y era la prenda más discutida de Dùn Dorcha: Lady Muirne lo había reclamado para sí con cuatro argumentos legales y una amenaza velada.

—Ha llegado una carta —añadió Sorcha, sin levantar la vista del peine—. Tam la dejó en la mesa de abajo. Dijo que era importante y que a él le daba miedo.

—¿A Tam?

—A Tam le da miedo todo lo que viene del mar.

Murdo frunció el ceño.

• • •

El pergamino estaba doblado en cuatro, atado con una cuerda de cáñamo sucia de brea y sellado con una cera negra que olía a salitre.

Lo abrió en la mesa del salón, con Sorcha a su lado, apoyada en el respaldo de la silla, y leyó en voz alta. La letra era grande, descuidada, de quien escribe de pie, sobre un barril y con prisa:

«Maistre Murdo, tintorero de Dùn Dorcha:

Me llamo Brenna. Soy capitana de un birlinn que no tiene nombre porque no me gusta ponerle nombre a lo que puede hundirse. Quizá hayas oído hablar de mí a la gente del Bealach. O quizá no, y mejor así.

Me han dicho que haces un rojo que no se va con el agua. Me han dicho también que lo hiciste ante un tribunal con una tela y un frasco de lejía, y que un prepósito flamenco lloró. No sé si es verdad. Si lo es, necesito hablar contigo.

Quiero una vela roja. Entera. La mayor que puedas teñir, de un rojo que el mar no se coma ni la sal ni el sol. Se la pagaré con lo que pidas, en plata o en favores, que en la costa valen más.

Tengo mis razones para que sea roja y mis razones para no contártelas por carta. Te adelanto una: hay alguien en el norte que debe ver llegar ese barco desde muy lejos, y no tengo otra manera de que me reconozca.

Estaré en Loch Dorcha por Todos los Santos. Tengo el pelo blanco; no me confundas con nadie.

Brenna.»

Murdo dejó el pergamino sobre la mesa.

Silencio. Fuera, en el patio, un perro ladraba a una mula. Dentro, la lana crujía en el telar de la habitación contigua. Sorcha se había quedado muy quieta, con la mirada en la cera negra.

—Una vela —dijo ella, al fin.

—Roja.

—Que no destiña.

—Que no destiña con la sal. —Murdo se frotó la barbilla—. Nadie lo ha hecho. El mar se lo come todo. Hay que teñir el lino de otra manera, con otro mordiente, con…

—¿Se puede?

—No lo sé.

—Pero quieres.

—Quiero —admitió él, y notó cómo se le encendía por dentro aquella llama vieja y paciente que no se apagaba nunca, la de las cosas todavía no hechas—. Es un problema muy bonito.

Sorcha se echó a reír, sin ruido.

—«Hay alguien en el norte» —leyó, por encima de su hombro—. ¿Quién será?

—No es asunto nuestro.

—Murdo.

—Es asunto de la capitana.

—Murdo. —Le puso una mano en la nuca, la mano que llevaba un año sabiendo todos sus secretos—. Tú y yo sabemos que todo lo que empieza con una carta de alguien que dice «no te lo cuento» termina siendo asunto nuestro.

Él suspiró. Era verdad. Cogió el pergamino otra vez y lo dobló con cuidado.

—Tendré que pensar el mordiente.

—Tendremos.

—Tendremos —aceptó.

• • •

Atardecía cuando salió al patio con la niña en brazos.

Eilidh dormía contra su pecho, con la boca entreabierta y un puño sobre el corazón de su padre.

En las cuerdas, las treinta y dos piezas se movían con la brisa: rojo, rojo, rojo, hasta donde alcanzaba la vista.

Debajo, en el suelo de piedra, la sombra del cairn de Eachann llegaba casi a sus pies, larga y tranquila.

En primavera habían ido a Strathbraan, los dos, y habían puesto allí una piedra que no se llevaría el río.

Sorcha salió detrás, con un manto sobre los hombros, y se quedó a su lado, mirando.

—¿Sabes qué pienso? —dijo.

—Dime.

—Que un día alguien nos preguntará cómo empezó todo esto.

—Fue una cinta de nada —murmuró él.

—Fue una banda de ancho de mano.

—Cuatro dedos, apenas.

—Con siete franjas y un amarillo falso encima. —Sorcha apoyó la cabeza en su hombro—. Y que el sol se lo comió en un año.

—Lo sé. —Murdo la miró—. Lo hice para que lo vieras tú sola.

—Lo vi.

—Eras la única que podía.

El sol terminó de ocultarse tras las montañas. Sobre el patio, en la cuerda más alta, la última pieza de rojo recogió los restos de la luz y los guardó dentro, como un fuego que no se apaga.

Y lejos, muy lejos, hacia el norte, donde la costa se deshace en islas y el mar guarda todos los colores, algo grande y blanco levantó una vela en la bruma, y esperó.