Capítulo 48. Cal y glasto
Un color tarda tres días en asentarse; una pena, a veces, diez años.
Murdo se levantó antes del alba el quince de diciembre, como todos los días de su vida, y bajó al lago con un cubo.
Escarcha en las orillas. Una niebla baja, lechosa, que se comía las montañas.
Dejó el cubo en el suelo y buscó con la vista el sitio que había elegido la tarde anterior: un montón de piedras grises, de cantos redondos, junto a un abedul pelado donde empezaba la playa de guijarros.
Sobre la más grande, plana, alguien había dejado una rama de acebo con tres bayas.
—Ha sido Cormac —dijo una voz a su espalda—. Se la ha dado Ailsa para que se la trajera. Dice que es para el hombre azul.
Torquil. En mangas de camisa, con el aliento hecho vapor y una pala al hombro.
—No hacía falta que vinieras.
—Quería venir. —El laird dejó la pala contra el abedul—. No eran órdenes. Me parece que un hombre no debería levantar solo un cairn.
—Es solo un cairn.
—No lo es.
Murdo no discutió. Metió la mano en el bolsillo de dentro de la camisa y sacó un pequeño envoltorio de lino, atado con un hilo azul ya casi gris de tanto lavarse. Lo desató. Dentro, atravesado en forma de lazo, descansaba un mechón de pelo castaño, fino como el de un niño.
Eachann tenía dieciséis años cuando murió.
Murdo había guardado aquel mechón durante seis.
Lo había llevado a Gleann Gorm, a Perth, a Dunkeld, al canal, cosido en el forro de la ropa, y cada vez que alguien lo registraba había tenido que decidir a qué le tenía más miedo: a perderlo o a que lo vieran.
—El cuerpo está en Strathbraan —murmuró—. Junto a mi madre. Ahí se queda. Iré en primavera, con ella, y pondré una piedra que no se lleve el río.
—¿Y esto?
—Esto es para que tenga un sitio cerca. Para cuando hable con él. —Se encogió de hombros—. Hablo mucho con él. Es un defecto.
—Es una virtud —dijo Torquil, y tomó la pala—. Dime dónde.
Cavaron entre los dos en la tierra helada, sin prisa.
Murdo depositó el mechón en el hueco y lo cubrió con una piedra plana.
Después fueron colocando las demás, una a una, hasta que quedó un montículo pequeño, torpe y firme.
Cuando terminaron, Torquil se frotó las palmas contra los pantalones y se quedó mirando el lago.
—La inquisición de Perth ha enviado una carta —dijo—. Sir Eustace. Declara que la muerte de tu hermano fue causada por negligencia de Wouter. Se pagará una compensación a tu familia, con cargo a los bienes confiscados.
—No hay familia.
—Hay un tintorero de Dùn Dorcha que se casa pasado mañana. —Torquil alzó una ceja—. Me parece suficiente.
Murdo se agachó junto al cairn. Apoyó una mano azul sobre la piedra más alta. Estaba helada.
—Eachann —susurró, tan bajo que solo lo oyó el lago—. Tenías razón con lo del glasto. Va mejor con cal.
Y, por primera vez en seis años, no sintió la garganta cerrada.
• • •
El resto del día fue un torbellino.
Lady Muirne había tomado el mando de las cocinas, de los pasillos, del patio y, durante cuatro horas, del propio laird, que huyó a refugiarse en las cuadras con Diarmad y dos perros.
Marsaili supervisaba los candelabros con una aplicación sospechosa.
Ailsa cosía. Cailean y Catriona habían llegado la tarde anterior desde el Bealach con la yegua Mala Hierba, que de inmediato había mordido a un barril, y cantaban en el patio la balada del herrero y la cabra para el deleite de unos niños y la desesperación de los adultos.
Y a mediodía, por el camino del sur, apareció un carro cargado de lana tirado por dos mulas, con una mujer enorme y vestida de negro en el pescante y, encima de ella, sobre un cesto, un gallo del color del fuego que miraba el paisaje con desdén.
—¡Maistre Murdo! —gritó Griet de Brujas, agitando un brazo como una vela—. ¡Aquí! ¡Soy yo! ¡Con el gallo!
—Lo veo —respondió él, y no pudo evitar la sonrisa.
—¡Hendrik viene muy contento! —Griet bajó del carro con una pericia asombrosa y plantó los pies en el suelo con la autoridad de un rey—. Muy contento. Dice que Dùn Dorcha huele a… ¿cómo se dice? Cordero asado. Dice que no lo van a matar.
—No pensábamos matarlo.
—Hendrik no lo sabe. —La flamenca se plantó delante de él, le puso las dos manos en los hombros y lo miró a los ojos con un afecto brusco—. Estás delgado. Los tintoreros no deberían estar delgados, qué horror. Yo te traigo una cosa.
—¿Una cosa?
—Un regalo de boda. Pero primero, el gallo.
Hendrik, ya en el suelo, caminó majestuoso hacia el montón de leña, saltó encima y soltó un canto largo, agudo y descaradamente fuera de hora. Veinte criados dejaron lo que hacían. Ailsa soltó la aguja. En el patio, Mala Hierba levantó las orejas y bufó con furia.
—¿Ve? —Griet abrió los brazos—. Les gusta.
En ese instante, una voz fría atravesó el patio:
—Quita a ese pájaro de mi leña.
Era Lady Muirne, con las manos en las caderas y la nieve cayéndole en el pelo. Griet se giró. Se miraron. Hubo un largo y terrible silencio entre dos mujeres que nunca habían perdido una discusión.
—Señora —dijo por fin la flamenca, con la cabeza muy alta—. Soy Griet de Brujas. Hendrik es mi invitado.
—Yo soy Muirne MacKerron —replicó la dama—. Y esta es mi leña.
—Su hija me ha invitado.
—Mi hija invita a todo el mundo. No tiene criterio.
—¡Sí lo tiene! —se indignó Griet—. ¡Lo ha demostrado ante un tribunal!
—Con gusto lo discutiremos dentro. —Muirne dio media vuelta—. Hay vino caliente. Y el pájaro puede quedarse. En el gallinero. Con las gallinas. Que es donde deben estar los pájaros.
—Hendrik es un caballero.
—Entonces sabrá comportarse.
Se alejaron las dos por el patio, hombro con hombro, discutiendo en tres idiomas, y Murdo las siguió con los ojos hasta que se perdieron tras la puerta de las cocinas.
—Estarán juntas toda la noche —murmuró una voz a su lado.
Sorcha. Con harina en la mejilla, el anillo reluciendo en el dedo, y la expresión de quien asiste a un acontecimiento histórico.
—Una apuesta —dijo él—. A que se pelean antes de la cena.
—A que se hacen amigas.
—Imposible.
—Dos mujeres que mandan en todo —susurró ella—. Se reconocerán en dos minutos. O se matarán. O las dos cosas.
• • •
Esa noche, en la torre, Murdo tiñó un hilo.
Lo hizo solo, a la luz de una lámpara de sebo, con una madeja de lino fino que Sorcha había hilado y le había dejado sobre la mesa sin decir una palabra. No era el rojo del rey, ni el de la casulla. Era el rojo de su padre. El que se aprendía despacio, sin libros, de manos más viejas.
Raíz de galio, majada y cocida. Ceniza. Un mordiente que no escribió en ningún sitio. Después de tantos años, los dedos lo recordaban solos: cuánto tiempo, cuánto fuego, cuánto silencio.
Cuando sacó la madeja de la tina, el color se le quedó entre las manos azules, vivo y húmedo, y lo miró como se mira a un hijo.
Estaba bien. Estaba exactamente bien.
La colgó junto a la ventana para que se asentara con el frío. Afuera, a lo lejos, en el patio, se oyó un último canto de gallo, y una voz de mujer, muy seca, que decía:
—Ya está bien, pájaro.
Murdo apoyó la frente contra el marco de piedra y se rio hasta que le dolieron las costillas.