TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 47. La petición
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Capítulo 47. La petición

Una madre llega siempre antes que su carruaje, aunque venga detrás.

Lady Muirne MacKerron entró en Dùn Dorcha el diez de diciembre, bajo una nevada fina, en una litera cerrada que dos mozos habían cargado cuatro días por caminos de barro.

Salió de ella sin ayuda, se alisó el manto y examinó el patio entero con una sola vuelta de cabeza.

Criados, perros, muros, nieve. Sorcha, que la esperaba en lo alto de la escalera con las manos cruzadas, sintió que le crecía en el estómago un nudo que no sabía deshacer.

—Hija —dijo su madre.

—Madre.

—Estás más delgada.

—He estado ocupada.

—Ya me han informado. —Muirne subió los peldaños despacio, uno por uno, y se detuvo delante de ella. Era una cabeza más baja. Eso no importaba nunca—. Un prepósito. Una curia. Una prueba con lejía. ¿Hablaste tú sola, delante de todos?

—Sí.

—¿Sin que nadie te empujara?

—Un poco me empujó Catriona.

—Bien. —Muirne asintió, como quien aprueba un tejido—. Ya era hora de que empujaran a alguien de esta familia en la dirección correcta.

Y la abrazó. Fue un abrazo breve, apretado, con olor a lana mojada y a romero. Sorcha cerró los ojos.

Detrás de la litera bajaban Diarmad y Marsaili.

Su hermano, ancho de hombros y envejecido por dos años de ser jefe, sacudió la nieve de la capa con el gesto de quien no sabe qué hacer con las manos.

Marsaili, a su lado, ligera y de ojos vivos, recorría el patio con una mirada que Sorcha conocía muy bien: la de quien cuenta, sin querer, las salidas.

—No robes nada —le advirtió Diarmad, sin volverse.

—No pensaba.

—Pensabas.

—Pensaba en el candelabro del salón. Pero no iba a robarlo. Iba a admirarlo.

—Es lo mismo en tu caso.

—Es una distinción que mi esposo nunca ha sabido valorar —suspiró Marsaili, y cruzó una sonrisa con Sorcha por encima del hombro de Diarmad.

• • •

Murdo no apareció a la hora de la comida.

Sorcha lo había visto, esa mañana, bajar al lago con un cubo y dos paños, y no había vuelto. Tampoco apareció en la cena. Su madre examinó el asiento vacío junto al de Sorcha con una paciencia ilimitada, partió un trozo de pan y habló de pasada, sin mirar a nadie.

—Es el tintorero.

—Sí.

—El de las manos.

—Sí, madre.

—¿Come?

—Sí. A veces. Cuando se acuerda. —Sorcha empujó el pan por el plato—. Cuando hay algo que teñir se olvida del hambre.

—Hmm —murmuró Muirne.

Era un «hmm» lleno de ecos. Diarmad se quedó muy quieto, como un ciervo que oye un lobo. Ailsa, desde el otro extremo de la mesa, se tapó la boca con la servilleta. Torquil buscó con gran interés algo en el fondo de su copa.

—Hmm —repitió Muirne—. Me gustaría conocerlo. Mañana.

—Madre…

—Mañana a primera hora. Con las manos limpias.

—No se limpian.

—Pues con las manos como las tenga —concedió la dama—. Siempre que las lleve en el sitio correcto.

Sorcha estuvo a punto de preguntar cuál era el sitio correcto. Pensó que prefería no saberlo.

• • •

Lo encontró en la torre, tarde, con una sola vela.

Estaba sentado en el suelo, al lado de la tina que había sido de Eachann en otra vida, con los codos sobre las rodillas y algo pequeño y brillante entre los dedos. Cuando ella entró, cerró el puño. Después, despacio, lo abrió otra vez.

—Tu madre ha llegado —dijo.

—Hace ocho horas. Te echa de menos.

—No me conoce.

—Se arregla pronto. —Sorcha cerró la puerta tras de sí—. Murdo, ¿te escondes?

Él levantó la vista. Había una sonrisa torcida, un poco asustada, en la esquina de su boca.

—Un poco.

—No se puede. Te ha visto el cocinero.

—Me ha visto, sí.

—Mi madre ha mandado al cocinero a buscarte. Mi madre es muy persuasiva con los cocineros.

—Tendré que hablarle algún día.

—Mañana.

—Lo sé. —Murdo respiró hondo—. Por eso estaba esperando a que vinieras. Quería hacer esto primero.

Se puso de pie. Le temblaban las manos, y eso a Sorcha le encogió el corazón más que cualquier discurso. Abrió el puño por completo: en la palma azul brillaba un anillo de plata muy fino, gastado, con un granate pequeño que recogió la luz de la vela y la devolvió roja.

Sorcha no respiró.

—Lo guardé para ti en Strathbraan —dijo él—.

Tú me pediste que lo guardara hasta que llegara la hora de dártelo en la mano.

Lo he llevado en el bolsillo de dentro desde entonces.

Cuando me tiraron al canal pensé en una sola cosa: que estaba mojado y que no podía perderlo.

—Se encogió de hombros, con un gesto torpe—. Es una tontería.

—No lo es.

—Era el anillo de mi madre. Ella se lo habría dado a quien yo eligiera.

No tengo tierras, ni dote, ni apellido que valga.

Tengo una torre, un cuaderno que no existe en papel y las manos de este color.

Voy a pasarme la vida oliendo a orín y a glasto.

—Tragó saliva—. Y quiero pasarla contigo. Entera. Todos los días. Con luz.

Sorcha no se lo pensó. No era una mujer de pensarse las cosas cuando las veía claras.

—Sí —dijo.

—No he terminado.

—Ya lo sé. Sí.

—Había preparado una parte sobre el color rojo y una sobre…

—Sí, Murdo.

—Era una buena parte. —Parecía muy afligido—. Tenía una metáfora con el mordiente.

—Cuéntamela mañana. —Sorcha le tomó la mano con el anillo, y la apretó entre las suyas—. Ahora ponme eso en el dedo.

Se lo puso. Le quedó un poco grande, como todo lo que se hereda. Sorcha lo miró brillar y notó que los ojos se le llenaban de agua sin ningún permiso.

—Se puede ajustar —murmuró él.

—No. Así está bien. —Cerró el puño sobre él—. Me quedará bien cuando haya pasado el tiempo.

—¿Cuánto?

—Lo que tarda un rojo en asentarse. —Sonrió con la cara empapada—. Un año. Quizá dos.

Murdo se rio, con aquella risa suya larga, ya sin dolor, y la levantó del suelo.

• • •

A la mañana siguiente, a primera hora, Lady Muirne examinó las manos del hombre que se iba a casar con su hija.

Lo hizo en el salón, delante del fuego, en silencio, con las suyas pequeñas y regordetas sobre las de Murdo, vueltas del derecho y del revés. Diarmad observaba desde una esquina, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Marsaili le había puesto una mano en el brazo, por si acaso.

—Azul —dijo por fin Muirne.

—Glasto, señora.

—¿Salen?

—No.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Excelente. —Muirne le soltó las manos—. Así nunca podrá decir que no sabía de dónde venía.

Murdo parpadeó.

—No… no entiendo.

—Es una ventaja. Un hombre que lleva su oficio escrito en la piel no puede mentir sobre él.

—Se volvió hacia su hija, y por un segundo la cara redonda se le suavizó entera—.

He visto a tu hermano casarse con una ladrona.

He visto a tu hermana casarse con un hombre maldito.

Me faltaba un tintorero. —Alzó la barbilla—.

La boda será el sábado dieciocho. No admito discusiones.

—Madre, todavía no hemos…

—Sorcha.

—¿Sí?

—Dime que no estás de acuerdo.

—Estoy de acuerdo —reconoció ella.

—Pues ya está. —Muirne se sacudió las manos, y Diarmad, en su esquina, soltó el aire que llevaba retenido desde que había empezado la conversación—. Hijo, ¿tienes cuchillo?

—¿Cuchillo?

—Para el cordero. Hay que matar uno hoy. Los banquetes no se organizan solos, y yo no me he venido hasta aquí para que me ofrezcan sopa.

Murdo miró a Sorcha. Sorcha, con los ojos muy abiertos, le devolvió una mirada de total desamparo.

—Te lo advertí —susurró.

—Me lo advertiste —convino él—. Pero no dijiste que era un huracán.

—Es peor. Es un huracán que gana pleitos.