TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 46. Cuando se apaga el último fuego
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Capítulo 46. Cuando se apaga el último fuego

Se vuelve siempre a un sitio distinto del que se dejó, aunque las piedras sean las mismas.

Murdo cruzó el portón de Dùn Dorcha el cinco de diciembre, a pie, con las dos manos azules colgando a los costados y la sensación de entrar por primera vez.

No había cambiado nada. El patio empedrado, los perros que ladraban en las perreras, la torre norte con su ventana alta, la chimenea de las cocinas echando humo gris.

El olor a turba y a lago. Y sin embargo todo parecía recién tejido, con otro peso, con la trama más clara.

Hacía catorce meses había salido de allí de noche, como un ladrón.

Entraba a mediodía, con un laird a un lado, una tejedora al otro y una caravana de gente detrás que cantaba, desafinada, una balada sobre un herrero y una cabra.

—Tendrás que acostumbrarte —murmuró Torquil, a su lado—. Cailean ha prometido que no se la sabe entera. Es mentira.

—Lo sé.

—Hay gente que no aprende a callarse nunca.

—Hay gente a quien se le agradece.

Torquil lo miró de reojo, con una especie de respeto tosco, y no contestó.

En la puerta de las cocinas esperaban los criados, las lavanderas, los mozos de cuadra, la vieja ama de llaves.

Alguien había colgado una rama de acebo sobre el dintel.

Un niño pequeño, de apenas año y medio, rubio, de piernas torcidas y gesto de gran importancia, salió corriendo hacia Ailsa gritando algo ininteligible y se agarró a su falda.

Cormac. Murdo lo miró, con una extraña ternura, y el niño, desde la seguridad del vestido materno, lo observó con gravedad desde abajo, y levantó una mano gordezuela.

—Hola, Cormac —saludó Murdo.

El niño señaló sus manos.

—¡Azul!

—Azul —confirmó él.

—¡Azul! —repitió Cormac, con una alegría sin matices, y fue a contárselo a un perro.

• • •

Hamo cumplió su penitencia aquella misma tarde.

Torquil lo había condenado, con un gesto de cansancio, a cardar toda la lana de Dùn Dorcha hasta la primavera sin gorro, a la intemperie, sin derecho a quejarse y bajo la vigilancia de tres ovejas.

Murdo lo vio pasar con un cesto en la cabeza, con la cara pálida de arrepentimiento y una dignidad torpe. Pasó junto a él. Se detuvo.

—Murchadh —murmuró.

—Hamo.

—Me dieron pan caliente durante seis meses por cuenta tuya. —Se retorció las manos—. Y te lo pagué con una compuerta.

—Lo sé.

—Si pudiera devolverte…

—Puedes. —Murdo le puso una mano en el hombro—. Cuando tu hijo venga de Perth, preséntamelo. Necesito un aprendiz que sepa contar.

Hamo se quedó mirándolo. Después se echó a llorar, sin ruido, con el cesto en la cabeza, y siguió su camino.

• • •

Torquil lo esperaba en el salón alto, junto al fuego, con una copa de aguamiel que no bebía.

Murdo había imaginado aquel momento de muchas maneras durante catorce meses. En ninguna el laird le servía una segunda copa.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

—Siéntate, Murchadh. Si te quedas de pie me obligas a levantarme yo, y me duele la rodilla.

Murdo se sentó. Torquil le tendió la copa. Tardó en hablar, y cuando lo hizo, miraba las llamas.

—Hace dos meses estuve a punto de entregarte. —Lo dijo sin adornos—. Lo pensé la noche que llegó la cédula. Doscientas marcas son mucho dinero, y un hombre que huye es un hombre que debe algo. Es lo que pensé.

—Es lo que pensaría cualquiera.

—No me defiendas. Es incómodo. —Torquil se frotó la cara—. Ailsa me dijo que, si lo hacía, durmiera en el establo. Y que el establo se lo pensaría. —Hizo una mueca—. Mi mujer tiene una familia muy peculiar.

—La tiene.

—Una de ellas ha deshecho a un prepósito de Perth con un trozo de tela y un frasco de lejía.

—Lo vi.

—Yo no. Me lo han contado cuatro veces y cada vez es mejor. —Por fin bebió—. Cuida de ella.

—Voy a casarme con ella, si acepta.

El laird se atragantó. Tosió, se golpeó el pecho, y miró a Murdo con unos ojos fríos que, por una vez, parecían divertidos.

—Pues date prisa —dijo—. Si Lady Muirne se entera por otro de que lo has pensado y no se lo has dicho a ella primero, el establo será tu casa.

—¿Es tan temible?

—Es pequeña y redonda —respondió Torquil, con solemnidad—. Y no ha perdido un pleito en su vida.

Murdo apuró la copa. Le temblaban un poco las manos, y el azul de los dedos brillaba bajo la luz del fuego como una promesa a medio cumplir.

• • •

La torre de las tintorerías estaba exactamente como la había dejado.

Murdo subió por la escalera de caracol, con la mano en el muro húmedo.

Abrió la puerta. Olía a sebo, a ceniza, a hierro.

Las tinas seguían en su sitio, enormes y mudas.

En el centro, sobre la mesa, descansaba un libro de cuentas con el lomo desgarrado, abierto por una hoja en blanco: faltaban cuatro páginas.

—Se las llevó Ansel —dijo una voz desde la puerta.

Sorcha estaba allí, apoyada en el marco, con las manos a la espalda y una sonrisa de lado.

—Lo sé. Me lo contaron.

—Eran falsas.

—Lo sé también. —Murdo se acercó a la mesa y pasó los dedos por el lomo—. Catriona me lo explicó en el camino. Que dejaste una medida de alumbre mal en la tercera línea, a propósito, para que quien robara la receta perdiera el rojo. —La miró—. Una trampa de lana.

—Así la llamó Catriona.

—Es una trampa muy buena.

—Aprendí de un maestro.

—No fui yo.

—Fuiste tú —replicó Sorcha—. Dijiste una vez que un rojo que se va con el agua es un robo. Pensé que el robo se merecía una respuesta. —Se encogió de hombros—. Quería que quien me lo robara se llevara un fantasma.

Murdo se rio. Fue una risa larga, tranquila, de las que ya no le dolían. Después se quedó mirando la torre. Las vigas negras, los cubos de madera, la ventana por la que había entrado un día un rayo de sol sobre una mujer que dibujaba números en la ceniza.

—Torquil me ha ofrecido un puesto —dijo.

—Lo sé.

—Tintorero mayor de Dùn Dorcha. Con casa, con sueldo, con aprendices. Con una parte de lo que se venda. —Hizo una pausa—. Y con la torre. Dice que es mía.

—¿Qué has contestado?

—Que sí. —La miró—. Con una condición.

—¿Cuál?

—Que el telar también esté aquí. A cinco pasos.

Que se pueda cruzar la puerta con un cubo de azul y dejarlo junto a una pieza de lana sin que nadie diga que está mal.

—Se rascó la nuca, con un azoramiento absurdo—.

Que haya una tejedora que me diga cuándo el rojo ha salido bien.

Y que yo le diga cuándo el hilo está flojo.

—Eso no es una condición. Es una propuesta.

—Lo sé.

—Una propuesta de trabajo.

—Una de las dos.

Sorcha ladeó la cabeza. Entornó los ojos oscuros.

—¿Cuál es la otra?

—Ahora no —murmuró Murdo, sonriendo—. Más adelante. Con luz.

—Siempre con luz.

—Es mi costumbre. —Se acercó, le tomó las manos, y apoyó la frente sobre la suya—. Esta vez voy a decirlo entero.

La tarde entraba por la ventana en un rayo largo, dorado, lleno de motas. En la planta baja se oían las risas de la cena, la voz de Cailean que cantaba, un portazo, una oveja. Sorcha cerró los ojos.

—Me gusta cuando no tengo que adivinar —susurró.

—Ya no tendrás que hacerlo.

—Lo sé.

Y por primera vez desde hacía muchísimo tiempo, el último fuego de la torre se apagó solo, sin que nadie lo atizara, porque los dos estaban demasiado ocupados para acordarse de él.