Capítulo 45. Sentencia
Las sentencias, como los tejidos, solo se entienden cuando se les da la vuelta.
Sir Eustace de Fothriff dictó sentencia a las cuatro de la tarde, con la última luz de noviembre cayendo oblicua sobre la sala y un clavo de olor nuevo en la mejilla.
No fue un discurso largo. Eustace no era hombre de discursos. Se puso en pie, apoyó las dos manos en la mesa, miró a la sala entera con sus ojos legañosos, y esperó a que se hiciera un silencio tan hondo que se oyera respirar al gato.
—Esta curia —empezó— ha oído a veintitrés testigos, ha examinado cuarenta y un documentos y ha visto con sus propios ojos lo que ha visto. —Hizo una pausa—. No estoy aquí para juzgar rojos. Estoy aquí para juzgar hombres. Pero hoy, por una vez, los rojos han hablado mejor que los hombres.
Un murmullo recorrió los bancos. Sorcha, en primera fila, notó que Ailsa le cogía la mano, y que la suya estaba helada.
—Primero. El contrato firmado hace doce años por Murchadh mac Gille-Brìghde queda declarado nulo.
Se firmó bajo amenaza, sobre una deuda que ya estaba pagada, como prueban la tarja de sesenta y cuatro muescas y el recibo hallado bajo la primera tina, con el sello de Maistre Wouter de Gante.
Murchadh mac Gille-Brìghde no es siervo de nadie. Nunca lo fue.
Alguien soltó un grito de alegría. Otro lo hizo callar. En el pasillo, junto a la puerta, Murdo no se movió. Estaba pálido. Tenía las manos azules apretadas contra los muslos y los ojos fijos en la tarima, como un hombre que oye caer algo que lleva tiempo esperando.
—Segundo. El privilegio del burgo sobre la escarlata, concedido a Wouter de Gante, queda revocado.
Se ha probado ante esta curia que el color que vende es fraudulento.
Las veinte piezas destinadas a la corte quedan confiscadas, y la Corona será informada.
—Eustace se frotó la mejilla—. Maistre Wouter responderá, además, ante el justiciar del rey, por fraude y por el trato dado a sus aprendices.
Se abrirá una pesquisa sobre la muerte de Eachann mac Gille-Brìghde, ocurrida en su taller en el invierno de mil ciento cincuenta y cuatro.
Murdo cerró los ojos. Sorcha le vio mover los labios. Un nombre, sin voz.
—Tercero. Los aprendices del taller de Wouter de Gante quedan liberados de su contrato y puestos bajo la custodia del gremio, que deberá velar por su salud. —Una mirada severa al banco de los pañeros—. Y que alguien les compre un trapo mojado, por el amor de Dios.
Una risa sofocada, con lágrimas, atravesó la sala. En un rincón, un muchacho flaco con ojos de miel se tapaba la cara con las dos manos.
—Cuarto. Rik van Aelst queda detenido por intento de agresión a un oficial de esta curia, y por los azotes infligidos a un aprendiz durante diez años. Ansel de Brujas, por tentativa de homicidio de Murchadh mac Gille-Brìghde la noche del veintiséis, de la cual él mismo ha dado cuenta ante todos.
El gigante, de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas sobre el vientre y las tijeras ya entregadas al sargento, inclinó la cabeza con aire de cortés conformidad.
—Quinto. —Eustace carraspeó—. El laird Torquil MacRannoch queda libre de toda reclamación.
Se le restituye el pax del paño. Se anula la cédula, con una disculpa de la curia por las molestias.
—Un gesto vago—. Hamo, cardador de Dùn Dorcha, ha confesado un soborno.
Se le impone una restitución en trabajo, que fijará su señor. Si este tiene buen corazón, será leve.
—Lo tengo —murmuró Torquil, entre dientes.
—Y sexto. —El sheriff miró a Sorcha. Algo se le suavizó en la cara larga y cansada—.
Esta curia quiere dejar constancia de algo que no es costumbre dejar.
Que ha conocido a una mujer que no hablaba nunca, y que ha hablado hoy durante cuatro horas sin decir una sola palabra de más.
Y que me ha dejado sin muela. —Se tocó la mejilla—.
Mi mujer asegura que también me ha curado. Ruego que conste.
—Que conste —murmuró el escribano.
—Se levanta la sesión.
Eustace golpeó la mesa con el mazo.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Después, la sala estalló.
Y en el centro del estruendo, desde debajo del manto de Griet, un gallo de cola verde y negra consiguió por fin liberar la cabeza y lanzó al techo de vigas un canto largo, ronco, triunfal, a las cuatro de la tarde, la hora más equivocada que existía.
—Que conste —murmuró Eustace, sin mirar, con una resignación ya del todo profesional.
Lady Euphemia, desde el banco de honor, se secaba los ojos con el pañuelo y repetía a quien quisiera oírla que ella lo había dicho siempre.
• • •
No supo cómo llegó hasta él.
Recordaría después, fragmentos: los bancos volcados, la gente de pie, un monje que lloraba con las manos al cielo, Griet abrazando a Pieter y a Marguerite a la vez, Beathag regañando a una oveja, Cailean encaramado a una silla gritando algo sobre la yegua, Ailsa riendo con la cara enterrada en el hombro de Torquil.
Recordaría el olor a lana y a incienso y a vino.
Y recordaría que, de pronto, entre la multitud, había un pasillo, y al final del pasillo un hombre con las manos azules.
Murdo la esperaba. Quieto. Con los ojos brillantes y una sonrisa que no sabía contenerse.
Sorcha corrió.
Chocó contra su pecho con tanta fuerza que él retrocedió un paso.
Lo rodeó con los dos brazos. Murdo la levantó del suelo.
La sala entera, doscientas personas, un sheriff, un gato, un gallo escondido bajo un manto, estalló en un clamor que no entendió.
Notó que él temblaba. Que reía. Que lloraba.
Que le decía algo contra el cuello, una y otra vez, en gaélico, muy bajo.
—No te oigo —murmuró ella.
—Libre —repetía Murdo—. Libre. Libre.
—Libre.
—Soy libre.
—Eres libre.
Se besaron delante de todos.
No fue un beso discreto. Fue largo, hondo, sin miedo, con el estruendo de los aplausos a su alrededor y una voz de mujer gritando «¡esa es mi chica!» que reconoció como Griet, y una balada de Cailean, bajita y desafinada, que subía desde alguna parte.
Un hombre enorme y rapado, atado de manos por una cuerda floja, pasó junto a ellos escoltado por dos sargentos. Se detuvo un instante. Miró a Murdo. Miró a Sorcha.
—El rojo se hace —murmuró Ansel, con una media sonrisa humilde—. Lo recuerdo.
—Cuida del chico —pidió Murdo.
—Lo cuidaré —prometió el gigante, y se fue.
Detrás, entre dos soldados, un hombre rechoncho de terciopelo verde caminaba con la cabeza gacha, sin mirar a nadie, oliendo todavía a lavanda. Iba murmurando algo para sí. Sorcha lo oyó al pasar, y lo que murmuraba, con la monotonía de una oración, era una sola frase:
—He sido un hombre honrado. He sido un hombre honrado. He sido un hombre honrado.
Nadie le contestó.
Murdo apoyó la frente contra la de ella. Fuera, a través de las ventanas altas, la tarde se teñía de un rojo largo, hondo, sin fisuras.
—Tengo que pedirte algo —susurró.
—Lo sé.
—Todavía no. Pero pronto.
—Pronto —asintió Sorcha, y lo besó otra vez.