TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 44. Bajo la losa
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Capítulo 44. Bajo la losa

Lo que se esconde bajo una piedra siempre sale con la cara del que lo puso.

Después del cuenco, ya nada fue difícil. Eso fue lo que Murdo recordaría del resto de la mañana: que la verdad, una vez que empieza a destiñir, ya no hay quien la contenga.

Griet de Brujas habló en tres idiomas, golpeándose el pecho con el cuaderno de cuentas de su difunto Joos, y relató la compra de tres piezas rojas en la feria de mil ciento cuarenta y nueve, con el nombre del vendedor y la fecha escritos de puño y letra.

Pieter Vandenbroek, el de la barba negra, declaró con la voz temblorosa que Wouter le había obligado durante años a vender escarlata sabiendo que se iba con la lejía.

Marguerite, la de los tintes, lo corroboró con una fría precisión de contable.

Fray Aodh presentó el libro de donaciones de la abadía y, con la casulla desplegada sobre la mesa del escribano, el gato Rey sentado encima, leyó la entrada de mil ciento cuarenta y siete con una voz que fue creciendo hasta hacerse enorme.

Beathag declaró de pie, con el delantal almidonado, la oveja de oreja partida a su lado y un desprecio magnífico por los protocolos.

—Vi a Gille-Brìghde pagarle a ese flamenco con plata contada —anunció, señalando a Wouter con un dedo huesudo—.

En mi umbral. Sesenta y cuatro marcas. Y el flamenco las contó dos veces, porque es de los que cuentan.

—Hizo una pausa—. Se las llevó. Y se llevó también al hijo.

Y yo no digo más, porque a mi edad quien dice mucho se cansa.

—¿Algo más, señora? —preguntó Eustace.

—Que la oveja también lo vio.

—Que conste —suspiró el sheriff.

Hamo el Cardador confesó llorando el soborno de la compuerta. El escribano llenaba pliegos sin levantar la cabeza. El abogado de Wouter se había hundido en su silla, con la toga arrugada y la mirada fija en el techo, como quien espera que se abra el cielo.

Y entonces Sorcha se puso de pie, por segunda vez.

—Señor sheriff. Falta una cosa. —Se tocó el pecho, donde llevaba la llave—. Hay una mitad de una vara de cuenta, que tengo yo. La otra la guarda Maistre Wouter, con un recibo firmado por él mismo, bajo la losa de la primera tina de su taller. La que tiene la grieta en la esquina.

El salón entero contuvo la respiración.

—No es cierto —dijo Wouter. Su voz sonó extraña, fina como un hilo—. No hay nada bajo esa losa.

—Entonces no le importará que se levante —respondió Sorcha.

Eustace miró al flamenco. Miró a Sorcha. Se sacó con dos dedos el clavo de la mejilla, lo contempló un instante y lo dejó con ceremonia sobre la mesa.

—Ordeno una pesquisa —declaró—. Aquí y ahora. Con el escribano, el sargento y dos testigos de cada parte. Y que nadie se mueva sin mi permiso.

• • •

La procesión recorrió la ribera del canal bajo un cielo plomizo, con doscientas personas detrás. Murdo caminó con Catriona a un lado y Cailean al otro, que tiraba de las riendas de una yegua baya con una cara de desgracia acumulada. «No quería quedarse», se justificó. Nadie le preguntó.

El portón de la tintorería estaba abierto. En el patio los esperaba Ansel.

Estaba solo. De pie, con las manos cruzadas sobre el vientre y las tijeras, abiertas, en el cinto. A su lado, entre dos tinas, un muchacho flaco con un trapo sobre la nariz miraba la multitud con los ojos muy abiertos. Colm. Tosió.

—Ansel —ordenó Wouter, que llegaba el último, con la voz descompuesta—. Ansel. Cierra la puerta. Que no pasen.

El gigante no se movió.

—¡Ansel!

—Maistre. —Ansel inclinó su cabeza rapada—. El niño tose.

—¿Qué?

—Tose desde Pascua. Lo he oído cada día.

Lo pasé por alto. —Hablaba muy bajo, con una tristeza infinita—.

Pensé que no era asunto mío. Pensé que usted sabría lo que hacía.

—Alzó los ojos, y Murdo vio en ellos una cosa que no había visto jamás: un espanto lento, de hombre que despierta—.

Esta noche quise ahogar a un hombre. Y el hombre estaba vivo.

Y la señora me dio una lección con unas tijeras de cigüeña.

—Ansel, te lo ordeno…

—Lo siento mucho, maistre. —Se apartó, muy despacio, a un lado del portón—. Pasen, por favor.

Wouter se quedó mirándolo con la boca abierta. No gritó. No amenazó. Murdo creyó, por un instante, que iba a romper a llorar.

Entraron.

La losa seguía en su sitio, bajo la primera tina, con su grieta en la esquina y su mortero blanco.

El sargento y dos hombres de Torquil encajaron una palanca de hierro.

Hubo un crujido. La piedra se alzó, pesadamente, y se apoyó contra la pata de la tina, dejando a la vista un hueco cuadrado, oscuro, de tierra apisonada.

Dentro, envuelto en un lienzo encerado, atado con cordel, había un bulto del tamaño de un libro.

Eustace lo cogió él mismo. Lo desenvolvió sobre la mesa del escribano, con un cuidado minucioso. Primero, la media vara de avellano, con sesenta y cuatro muescas. Después, doblado en cuatro, un pergamino con el sello de cera verde de Wouter de Gante.

—«Yo, Wouter de Gante —leyó el sheriff, con voz tranquila—, recibí de Gille-Brìghde, tintorero, la suma de sesenta y cuatro marcas, en pago total de la deuda…». —Alzó la vista—. Con fecha, firma y sello. Año del Señor mil ciento cincuenta y tres.

Sorcha sacó de su hatillo la otra mitad de la tarja. Se acercó a la mesa. Las dos varas se juntaron con un chasquido suave, como dos manos que se encuentran. Las muescas encajaron una a una. Sesenta y cuatro. Ni una de menos.

El silencio duró una eternidad.

Fue Wouter quien se movió. Dio un paso atrás, otro, con la cara cenicienta y los ojos muy abiertos, y de pronto echó a correr hacia la puerta trasera, la del callejón, con las faldas del jubón de terciopelo ondeando como las de un obispo en fuga. Rik, a su lado, sacó un cuchillo.

No llegaron lejos.

Catriona apareció de la nada, con un pie extendido, y Wouter cayó de bruces sobre las losas con un chillido de gallina. Rik se volvió, con el cuchillo en alto, y se encontró cara a cara con una yegua baya de ojos furiosos que Cailean acababa de soltar con un grito de «¡Ahora, Mala Hierba!».

La yegua le cerró los dientes en el hombro con una dedicación que había esperado toda su vida.

—¡Ay! —aulló Rik—. ¡Ay, ay, ay!

—Es una forma de atención —informó Cailean, muy satisfecho, mientras se sentaba sobre la espalda del capataz.

Murdo no pudo evitarlo. Se echó a reír. Una risa enorme, limpia, que le salió del pecho como un río desbordado, y que por primera vez en doce años no tenía nada que ver con el miedo.

Alguien le tiró de la manga. Colm, el aprendiz de los ojos de miel, se había acercado con el trapo todavía sobre la nariz y una expresión de enorme seriedad.

—¿Ya puedo quitármelo?

—Todavía no —contestó Murdo, secándose los ojos—. Pero ya puedes respirar hondo.

El chico respiró. Tosió. Y sonrió.