TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 43. Habla Sorcha
95%

Capítulo 43. Habla Sorcha

Cuando alguien que ha callado toda la vida empieza a hablar, hasta las piedras se quedan quietas para escucharlo.

Sorcha se levantó.

Lo hizo despacio, con las manos juntas sobre el vestido azul y la espalda recta, y sintió las doscientas miradas posarse sobre ella como doscientas moscas.

Le sudaban las palmas. Le temblaban las rodillas.

Dentro del corpiño, entre la tela y la piel, la llave de hierro negro le pesaba con la certeza de un latido.

Avanzó hasta el espacio vacío ante la tarima, donde había estado Murdo. Se detuvo. Giró sobre sí misma, una vez, despacio, y miró a la sala. Después a Eustace.

Había soñado aquel momento durante semanas, y en todas había abierto la boca y no había salido nada.

—Mi nombre es Sorcha MacKerron —empezó.

Salió. No muy alto. Pero salió, con una claridad que la sorprendió a ella misma, y recorrió el salón hasta el último banco.

Soy tejedora. Soy hija de Lady Muirne, de Strath Aird. Hermana del jefe Diarmad y de la señora de Dùn Dorcha. Y soy callada. Todo el mundo lo dice. Es verdad. —Hizo una pausa—. Hoy, no.

Un murmullo suave, casi un suspiro, recorrió los bancos. Eustace dejó de masticar.

—Voy a hablar de rojos —continuó Sorcha—. No de deudas ni de contratos, que no sé. Un rojo no tiene abogado. Un rojo se puede lavar. Si el color miente, se va con el agua. Si no miente, se queda. Eso es todo lo que hay que saber.

—Objeción —protestó el hombrecillo de la toga, levantándose—. Señor sheriff, esta mujer no tiene…

—Siéntese. —Eustace alzó una mano—. Aún no ha dicho nada que merezca una objeción. Señora. Prosiga.

Sorcha respiró. En la primera fila, Ailsa le apretaba el brazo de Torquil con los dedos blancos, y Torquil, impasible, miraba al frente con la cara de quien soporta con gran dignidad una fractura.

—Pido tres cosas —anunció—. Un cuenco. Lejía de haya, la que escojan ustedes, en la cantidad que quieran. Y un trozo del escarlata del rey.

—¿Del rey? —repitió Eustace, con una ceja arqueada.

—De las veinte piezas que Maistre Wouter ha teñido para la Navidad.

Se oyó un rumor. En la mesa del flamenco, el abogado cuchicheó algo al oído de su cliente. Wouter, con una sonrisa serena, alzó una mano.

—No tengo inconveniente, señor sheriff —anunció—. Al contrario. Será un placer. Mi escarlata es el mejor del reino, y ninguna lejía lo va a contradecir.

Murdo, desde el pasillo, no se movió. Sorcha sintió su mirada, como una mano en la espalda.

—Señor sheriff —insistió el abogado, con un hilo de voz—. Con el debido respeto, el derecho del burgo no contempla…

—El artículo catorce —lo interrumpió Eustace, con cansancio— dice que las mercaderías de paño se juzgarán por su calidad. No dice cómo. Lo dejaron a mi criterio. Y mi criterio es que la lejía es la lejía.

—Pero la mujer no es…

—La mujer es un testigo. Siéntese.

El abogado se sentó. Beathag, desde el fondo, soltó un «ja» seco que reverberó en las vigas.

—Que se traiga —ordenó Eustace—. Un sargento irá con Rik van Aelst a la tintorería. Y que no se toque nada por el camino.

• • •

Esperaron media hora. Fue la más larga de su vida. Sorcha la pasó contando, como se cuentan las pasadas de un telar: los bancos, las vigas, las respiraciones de la sala. Cuando dejó de contar, se dio cuenta de que le habían dejado de temblar las manos, y de que no sabía cuándo.

Mientras tanto, Eustace hizo traer un cuenco de barro, un cántaro de lejía de la despensa del ayuntamiento, y, por insistencia de su propia esposa, un bulto envuelto en lino que Lady Euphemia sostenía sobre las rodillas desde la mañana, con los labios apretados.

—Señor sheriff —murmuró la dama, levantándose en el banco—. Si me permite. Quisiera que se probara esto también.

—Euphemia…

—Mi manto de boda.

—Señora, no creo que…

—Cinco libras, Eustace.

El sheriff cerró los ojos. Cogió el bulto. Lo desplegó sobre la mesa del escribano, con el gato Rey sentado a su lado, y apareció un manto de lana escarlata, amplio, bien hecho, con un forro de piel de conejo. Un rojo bonito. Un rojo de escaparate.

—Con permiso —pidió Sorcha.

Cortó una tira del dobladillo con las tijeras de cigüeña de su madre. La echó al cuenco. Contó en voz alta, y la sala entera contó con ella, en un murmullo, hasta diez.

A los cinco, el agua empezó a ponerse rosada.

A los diez, estaba teñida de un rosa de fiebre.

A los veinte, la tira que Sorcha sacó con las pinzas, y que mostró al público girando despacio, era de un blanco enfermizo, con un fantasma de rubor.

Una exclamación recorrió el salón. Lady Euphemia se llevó las manos a la boca y se sentó, con los ojos llenos de lágrimas y una expresión de justicia póstuma.

—Mi manto —susurró—. Era culpa suya.

—Era culpa de ese rojo, señora —murmuró Sorcha—. No suya.

Se abrió la puerta del fondo.

Rik entró con un sargento del burgo, ambos cargados con un bulto enorme, envuelto en un lienzo. Lo depositaron sobre la mesa con una reverencia. El sargento retiró la tela.

El rojo del rey.

Fue como si alguien hubiera abierto una ventana al fuego.

Un paño del largo de un hombre, de lana finísima, tintado de un escarlata tan profundo, tan puro, tan vivo, que durante unos segundos nadie en la sala respiró.

Hasta Eustace se quedó callado. Wouter, desde su silla, sonreía con una emoción casi paternal.

—Admirable, ¿verdad? —susurró, con los ojos brillantes—. Veinte iguales. Veinte, para el rey de Escocia.

—Es muy hermoso —concedió Sorcha.

Y era verdad. Murdo había hecho un trabajo prodigioso. Por eso dolió tanto cortar un trozo con las tijeras de su madre. Lo hizo con cuidado, en el borde, una tira pequeña, y la sostuvo un instante sobre el cuenco.

Miró a Murdo. Él le devolvió la mirada, muy serio. Asintió, una sola vez.

Sorcha soltó la tira en el agua.

—Uno —contó la sala, a coro—. Dos. Tres.

A los cinco, un hilo de color, delgado, se desprendió de la lana y se deslizó por el agua como un ovillo desatado.

A los ocho, la nube ya era visible.

A los doce, el cuenco entero se había teñido de un rojo claro, intenso, de sangre desleída.

—Cuarenta —contó, por fin, Sorcha—. Cuarenta.

Alzó la tira con las pinzas. Casi blanca.

Nadie habló.

Se oyó el chasquido de la pluma del escribano al romperse.

Después un jadeo, un grito, un golpe de bancos.

Maistre Wouter se había puesto de pie. Tenía la cara muy blanca y los ojos fijos en el cuenco, sin comprender, con una expresión que Sorcha jamás había visto en un rostro humano: la de un hombre que ha vivido toda su vida dentro de una mentira y descubre, de repente, que la mentira tenía goteras.

—Eso es… —balbuceó—. Eso no es posible. La muestra… la prueba…

Se volvió bruscamente hacia Murdo. Y Murdo, desde el centro del pasillo, le dedicó la sonrisa más tranquila que Sorcha le había visto en su vida.

—Tres tiempos —dijo, en voz baja—. Se te olvidó el último.