Capítulo 42. La curia
La justicia empieza siempre con un hombre cansado que pide silencio.
La curia del burgo de Perth se reunió el día de San Andrés en la sala alta del ayuntamiento, un salón largo de vigas oscuras, con ventanas estrechas y una tarima de roble al fondo sobre la que alguien había colocado un sillón, una mesa, un tintero y un cuenco lleno de clavos de olor.
Murdo la contempló desde la puerta.
Había más de doscientas personas. Pañeros con sus gremios, mercaderes flamencos, labradores de los alrededores, comadres, curiosos, monjes de Dunkeld en un banco de honor, los hombres de Torquil disfrazados de lo que no eran, repartidos con tanta discreción que no se tropezaban.
El aire olía a lana mojada, a sudor, a cera.
Hacía calor. Y sobre todo había un rumor, un zumbido contenido, de gente que ha venido a ver algo y no sabe todavía qué.
—Respira —murmuró Catriona, a su lado.
—Respiro.
—Pues disimula.
—Es difícil.
—Tienes las manos azules y vas a entrar en un tribunal. Disimular es lo último que te pido.
Cailean, al otro lado, se ajustó el cuello de la camisa.
—Yo estoy muy tranquilo —informó—. Tranquilísimo. Hasta me ha salido un tic.
—Es el ojo.
—Es de tranquilidad.
Murdo cerró los ojos un instante. Notó, bajo el justillo, el peso del saquito de cuero con el anillo, la moneda, la hebra de lana. Después alzó la barbilla, y empujó la puerta.
No hubo silencio de golpe. Fue una ola. Primero las cabezas que se giraban en la última fila, luego las de delante, y al fin un murmullo creciente, que se extendió por la sala como una mancha de tinta sobre un paño. Alguien susurró «el tintorero». Otro, «está vivo». Una mujer soltó un grito corto.
En la mesa de la izquierda, un hombre rechoncho vestido de terciopelo verde dejó caer una pluma.
Murdo avanzó por el pasillo central. Despacio.
Con las manos a la vista, desnudas, sin vendas: dos manchas azules, hondas, imposibles de confundir.
Pasó junto a Hamo, que se encogió en un banco, y junto a Griet, con su tocado de lino y el gallo prohibido escondido bajo el manto.
Junto a Beathag, tiesa como un poste, con su delantal de gala.
Pasó junto a Sorcha, sentada en primera fila con un vestido azul oscuro y las manos juntas en el regazo. No se miraron. No hacía falta.
Se detuvo ante la tarima.
—Murchadh mac Gille-Brìghde —anunció—. Tintorero. Me han llamado siervo fugado. Vengo a responder.
Sir Eustace de Fothriff, sentado en su sillón con un clavo en la mejilla y una cara de sueño atrasado, lo miró durante un largo rato. Después, con un suspiro de funcionario, se volvió hacia el escribano.
—Que conste que ha comparecido.
—Que conste —repitió el escribano, mojando la pluma.
—Pues empecemos. —Eustace golpeó la mesa con un mazo de madera—. Silencio. Silencio, o hago desalojar. Tenemos un largo día.
En ese instante, un bulto gris y silencioso saltó desde el banco de los monjes al tablero de la mesa del escribano, cruzó el pergamino con paso de rey y se sentó encima, sobre las patas traseras, con las orejas muy tiesas.
—¿De quién es ese gato? —preguntó Eustace.
—De la abadía de Dunkeld, señor sheriff —respondió fray Aodh, poniéndose en pie, rojo hasta la tonsura—. Es testigo.
—¿De qué?
—De todo, señor.
Eustace cerró los ojos un instante.
—Que conste —suspiró—. Maistre Wouter de Gante, tiene la palabra.
• • •
Wouter se levantó con la serenidad de un obispo.
Había recuperado el color. Lo supo Murdo al verlo avanzar hasta el centro de la sala, con las manos a la espalda y la cara rosada serena como un lago.
Solo un temblor mínimo en la comisura del labio delataba que aquella mañana había tenido que cambiar de plan.
Detrás, a su derecha, un hombrecillo seco con una toga negra llevaba un fajo de pergaminos.
A la izquierda, de pie contra la pared, esperaban Rik y Ansel, uno con los brazos cruzados, el otro con las manos sobre el vientre.
—Señor sheriff, honorable curia —comenzó Wouter, con voz suave, de una dulzura casi dolorosa—. Me presento hoy ante ustedes con el corazón apenado. No vengo a acusar. Vengo a reclamar lo que es mío, como cualquier hombre honrado.
Hizo una pausa. Miró a Murdo.
—Hace doce años, este hombre, entonces un joven de veinte años, contrajo con mi casa una deuda.
De alumbre y mordientes, suministrados por mi taller a su padre, Gille-Brìghde, un tintorero de las montañas.
Una deuda legítima. Registrada. —Levantó el primer pergamino—.
Firmada de su puño, con su marca. En prenda de ella, entró a mi servicio.
Fue tratado con justicia. Fue alimentado.
Se le enseñó un oficio, y no uno cualquiera.
El del escarlata del rey. —Su voz se quebró un poco—.
Y una noche de otoño, hace dos años, desapareció.
Con él, se llevó el secreto de mi taller.
Un libro de tintes que me pertenecía. Y mi confianza.
—No existe ese libro —murmuró Murdo.
—Silencio —ordenó Eustace—. Cuando le toque.
—Hasta hoy —prosiguió Wouter—, he sido paciente.
Cuando supe que se escondía en una fortaleza de las Highlands, solicité la restitución por vías amistosas.
Con el laird Torquil MacRannoch me comporté con la mayor cortesía.
Le ofrecí retirar toda reclamación a cambio de la entrega de mi siervo.
Lo he hecho, de hecho, hace tres días, por escrito, en un gesto de generosidad.
—Una mirada tierna al público—. Pero el hombre ha huido de nuevo.
Se ha fugado de mi casa. Y ahora comparece aquí, a plena luz, con las manos azules, como si nada.
—Se encogió de hombros con tristeza—. Solo pido justicia.
Que se reconozca la validez del contrato.
Que se me devuelva lo mío. Y que se me compense por los daños.
Se sentó entre murmullos. El hombrecillo de la toga le entregó el pergamino al escribano. Eustace lo tomó, lo giró, lo observó con ojos legañosos.
—Una cruz —dijo.
—Una cruz, señor sheriff —confirmó el abogado.
—¿Y el firmante sabe leer?
—No es necesario para la validez, señor.
—No lo es. —Eustace dejó el pergamino—. Murchadh mac Gille-Brìghde. ¿Reconoce esta cruz?
Murdo miró el papel. Lo había visto de lejos, en una sala de cuentas, hacía quince días. La cruz era suya. Un trazo torcido, tembloroso, hecho con una mano a la que alguien sujetaba la muñeca.
—La reconozco —contestó.
La sala se agitó.
—La hice —continuó— con veinte años y una daga a un palmo de la garganta. No sabía lo que firmaba. Me dijeron que era un recibo de entrega de una lana. —Alzó la voz sin quererlo—. Mi padre no debía nada. Había pagado. Hasta el último penique. Lo sé porque yo lo vi.
—Una afirmación sin prueba —murmuró el abogado.
—La tengo.
—¿Una vara? —preguntó Eustace, con una chispa en la mirada.
—Una vara. Y algo más.
El sheriff mordió su clavo. Miró al público. A la primera fila. A una mujer pequeña con un vestido azul que, sin levantarse, sin hacer un gesto, le sostenía la mirada con una quietud que Murdo conocía bien: la de un hilo que está a punto de tensarse.
—Bien —resolvió Eustace—. Señora Sorcha MacKerron. Es el turno de la defensa.