Capítulo 41. Víspera
La víspera de una batalla se parece mucho a la de una boda: nadie duerme y todos fingen que sí.
Los monjes de Dunkeld llegaron a Perth el veintinueve de noviembre, al caer la tarde, en una carreta cubierta con una lona encerada, escoltados por dos jinetes de la abadía y precedidos por un gato.
Sorcha los vio entrar por la ventana del piso alto de la casa de Lijsbet.
Primero, el abad, a lomos de una mula gris, con la capucha echada y la espalda recta como un cirio.
Detrás, la carreta, conducida por fray Fionnlagh, el de las manos azules y la cara ancha, que saludaba a las comadres con la mano libre y bendecía a los niños sin demasiado método.
Y en el pescante, junto a él, con el aire de un cardenal en un viaje de recreo, un gato enorme, gris, sentado sobre los cuartos traseros.
—Es Rey —murmuró Sorcha.
—¿Quién? —preguntó Ailsa, a su espalda.
—El gato de la abadía. Ha venido a declarar.
—¿Un gato?
—Es de confianza.
En el patio, la llegada provocó un revuelo considerable.
Griet salió a recibir a los monjes con los brazos abiertos y un chorro de flamenco bendecido.
Cailean los ayudó a bajar la carreta con una solicitud casi litúrgica.
Beathag, plantada en la puerta de la cocina con un delantal limpio, almidonado, que había exigido a Lijsbet esa misma mañana «para declarar como Dios manda», los observó con severidad.
Y Hendrik, desde lo alto de un barril, contempló a Rey con un ojo naranja y sin pestañear.
Rey bajó de la carreta. Cruzó el patio. Se detuvo a tres varas del gallo.
Se quedaron mirando. Nadie respiró.
Después el gato se sentó, bostezó con una gravedad majestuosa, y se puso a lamerse una pata.
—Ha ganado —declaró Cailean, con un hilo de voz.
—Ha empatado —corrigió Catriona.
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El abad pidió ver la casulla en una sala cerrada, con ella y con Murdo. Los tres, y fray Aodh, desplegaron el rojo sobre la mesa de Lijsbet, entre dos candelabros, y el abad lo contempló un rato largo, sin hablar.
—Mañana —dijo al fin— entrará en un tribunal de hombres. Lo hará con mi bendición. Pero quiero que ustedes recuerden que no es un arma. Es un testigo. Y un testigo no ataca. Responde.
—Lo recordaremos —prometió Sorcha.
—Y no la usen para hablar por ustedes. —Señaló con la barbilla la casulla—. Que sean las manos las que cuenten lo que las manos hicieron.
El abad se marchó. Quedaron los tres en la sala: fray Aodh llorando suavemente, Murdo mirando el rojo con los ojos húmedos, y Sorcha, muy quieta, de pie junto a la mesa, tratando de no recordar que dentro de doce horas tendría que hablar delante de cien personas.
—Estás pálida —murmuró Murdo.
—Estoy bien.
—Verdad o silencio.
—Estoy aterrada.
—Mucho mejor. —Le tomó la mano—. Es una buena señal. La gente valiente siempre está aterrada. Los otros, no lo notan.
—Eso lo dices tú.
—Lo digo yo. —Sonrió—. Tengo mucha experiencia en tener miedo.
Ailsa entró con un vestido sobre el brazo.
—Azul oscuro —anunció—. Lana fina. Mangas largas, cuello alto. Lo he sacado del arcón de mi madre. Te quedará grande, pero lo ajusto en media hora. —Miró a Murdo con una ceja alzada—. Si no te importa que te la robe un rato.
—Es suya —respondió él, con una solemnidad inocente—. No soy dueño de nadie.
Sorcha enrojeció hasta la raíz del pelo.
• • •
Hamo el Cardador esperaba en la cocina de Lijsbet, sentado en un taburete junto al fuego, con el gorro azul de alumbre entre las manos. Torquil lo había traído sin cadenas.
Sorcha se detuvo en la puerta. El hombre alzó la cabeza. Estaba más delgado, con las ojeras de quien lleva semanas sin dormir.
—Señora Sorcha.
—Hamo.
—Mi hijo ya está libre —murmuró—. La señora Ailsa me lo ha dicho. Lo de los sesenta chelines. —Se le quebró la voz—. No sé cómo darle las gracias.
—Mañana. Delante del sheriff. Lo que dijiste en el cobertizo.
—Lo diré. Todo. Aunque me cuelguen.
—Nadie te va a colgar.
—Me lo merezco.
—Probablemente. —Sorcha se acercó, le tomó el gorro de las manos y lo observó un instante, el velo blanquecino de las costuras—. Pero antes vas a ayudarnos. Y eso cuenta.
Hamo asintió, con lágrimas en los ojos, y se quedó mirando el fuego.
• • •
Esa noche nadie durmió.
La casa de Lijsbet era un hormiguero de murmullos.
En la cocina, Beathag y Griet ensayaban un interrogatorio, en un idioma indescifrable que mezclaba gaélico, flamenco y señas.
En el patio, Torquil repasaba con sus hombres cuándo tenían que levantarse y cuándo debían quedarse quietos.
En el cuarto de arriba, Ailsa cosía el vestido con una velocidad temible, tarareando.
Sorcha subió a la azotea hacia la medianoche.
Era un tejado plano, con una barandilla de madera y vistas a la ciudad entera.
Perth dormía bajo una luna menguante: tejados de pizarra, columnas de humo, el brillo negro del Tay a lo lejos.
En el aire flotaba un olor a escarcha y a leña quemada.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra una chimenea tibia, y abrazó las rodillas.
No estuvo sola mucho rato.
—¿Puedo?
Murdo se sentó a su lado, con una manta sobre los hombros y la cara todavía pálida de la convalecencia. Se quedaron callados un rato. Lejos, una campana dio la una.
—¿Y si perdemos? —preguntó ella, al fin.
—Entonces perdemos.
—Gracias. Eso es de gran ayuda.
—Es lo que hay. —Murdo la miró, con aquella sonrisa torcida que le salía poco—. Pero no perderemos. Tenemos una casulla, un libro, una tarja, una lejía y una oveja con criterio. Wouter tiene un contrato y un gigante con tijeras. Yo sé a quién apostaría.
—Yo también.
—¿Y entonces?
—Entonces tengo miedo de que, si gano, esto se acabe. —Hizo un gesto vago—. Todo. La carreta, la lluvia, los caminos. Tú y yo con un mapa. Y volvamos a la vida de antes.
—Sorcha.
—Lo digo en serio.
—Yo también. —Le tomó la barbilla con dos dedos—. Esto no se acaba. Esto es el principio. Lo otro era… el borrador.
Ella se rio, con un sollozo escondido, y apoyó la cabeza en su hombro.
—Te quiero —dijo.
Lo dijo así, sin prólogo, a la oscuridad, con la voz muy baja. Murdo se quedó inmóvil.
—Lo digo ahora —prosiguió ella— porque mañana puede que no tenga ocasión. Y porque llevo mucho tiempo ahorrando las palabras para algo que valiera la pena. Y creo que es esto.
Hubo un silencio largo. El viento movió la manta. Desde abajo, de algún lado, le llegó el eco de una balada desafinada de Cailean.
—Lo sé —murmuró Murdo, por fin, con la voz ronca—. Lo llevo diciendo con las manos desde hace dos años. Pero nunca se me dio bien usar la boca.
—Pues úsala.
—Te quiero. —Se rio, bajito, con los ojos húmedos—. Te quiero tanto que me da vergüenza.
—Eso está mejor.
—Lo he dicho muy mal.
—Lo has dicho perfecto.
Se besaron, con el frío en las mejillas y el calor de la chimenea en la espalda, bajo una luna tan fina que parecía un hilo de plata.
Y mientras Perth dormía, y mañana esperaba, y un gato y un gallo hacían las paces en un patio, Sorcha pensó que si aquella era la víspera de una derrota, valía la pena haber llegado.