Capítulo 40. Después
Después de un naufragio, lo primero que se hace es contar los dedos.
Murdo los contó al despertar. Diez. Cinco en cada mano, azules hasta la muñeca, descansando sobre una colcha de lana a cuadros, bajo un techo de vigas que no reconocía. Los movió uno a uno. Todos respondían.
—Si has acabado de contarte —anunció una voz seca a su izquierda—, tienes caldo.
Beathag estaba sentada junto a la cama, en una silla de respaldo alto, con un cuenco humeante en el regazo y una oveja de oreja partida tumbada a sus pies. Tenía el aire de haber velado toda la noche sin dar importancia al asunto.
—Beathag.
—Tienes mala cara.
—Me he caído a un canal.
—Te han tirado a un canal. Es distinto. —Le acercó el cuenco—. Bebe.
Bebió. Estaba hirviendo y era buenísimo. Intentó incorporarse, y un dolor sordo le recorrió el cuerpo entero, de los hombros a las rodillas, como si lo hubieran desmontado y vuelto a armar con alguna pieza de más. Beathag lo empujó de vuelta contra las almohadas con un dedo.
—Quieto. Lo que tienes ahora es lo que se queda cuando uno ha estado a punto de ahogarse y se ha salvado por una tontería. Dura una semana. —Frunció el ceño—. Y las manos.
—¿Qué les pasa?
—Que he intentado lavártelas.
—¿Y?
—Y siguen azules. —La vieja soltó una risa seca—. Te he restregado con ceniza y con sal. Te las he tenido una hora en agua caliente. Ni una pizca. Después de un baño en el canal de Perth, con el agua helada y la corriente… ni un matiz. Es un milagro.
—Es glasto.
—Es un milagro con glasto. —Se levantó—. Ahora duerme. Hay gente que quiere verte, pero esperan fuera. Les he dicho que si pasan antes de la cena los pongo yo misma en el canal.
—¿Quiénes?
—Todos —respondió Beathag, y se fue con la oveja detrás, como una procesión de dos.
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Los vio venir uno por uno a lo largo de la tarde.
Torquil MacRannoch fue el primero. Entró con cara de asistir a un funeral y se quedó de pie, a los pies de la cama, con las manos a la espalda, mirándolo.
—Me han dicho que tienes un sitio en mi mesa —murmuró Murdo.
—Lo tienes. —Torquil carraspeó—. Y una cédula anulada. Wouter la retiró ayer. Firmada y sellada. Es lo más sensato que ha hecho desde que lo conozco.
—No ha retirado lo mío.
—No. Pero lo harán. —Torquil dudó—. Me han contado lo de anoche. Mi cuñada te sacó del agua. Con unas tijeras de coser.
—Lo sé. Estaba allí.
—Pues quiero que sepas una cosa. —Torquil se acercó.
Habló muy bajo, con la voz dura y cansada de siempre—.
No me gusta que nadie me dé las gracias, y no me gusta darlas.
Pero hace un año y medio una mujer pequeña y muy callada entró en mi casa y no hablaba con nadie.
Y hoy ha hecho lo que ha hecho. Y buena parte de la culpa la tienes tú.
—No es culpa mía.
—Es mérito tuyo. Yo no sé decirlo de otra manera.
Murdo lo miró con la garganta apretada. Después, con una torpeza enorme, el laird alargó una mano, se la estrechó con fuerza, la soltó, y se marchó sin volverse. En la escalera se oyó un resoplido y una voz de mujer: «Ha sido muy emotivo, Torquil». «Calla, Ailsa».
Vinieron Cailean, que se sentó a los pies de la cama a contar la historia del rescate con tal lujo de detalles que Murdo habría jurado que él mismo había participado.
Vino Griet, que le palpó la frente, el pecho, las rodillas y las orejas, y lo regañó en tres idiomas.
Vino Hendrik, que subió la escalera por su cuenta, caminó por el borde de la cama como un inspector y le picó dos veces el pie, con un cariño evidente.
Vino Lijsbet, que aseguró que había oído de todo, que esa casa nunca había tenido tantos huéspedes ilustres, y que alguien tenía que pagar la leña.
Y vino Catriona, la última, con la tablilla bajo el brazo.
—Se han llevado la noticia a la tintorería —informó, sentándose en el borde del colchón—. Rik ha dado la voz esta mañana. Que el siervo se fugó anoche por el canal. Hay batidas. Wouter está «desconsolado». —Torció el gesto—. Ansel no ha dicho nada. Sigue en el taller, cosiendo.
—¿Cree que estoy muerto?
—Cree que estás huido. Que es peor para él: un siervo huido, delante de un sheriff, es una acusación. Un siervo muerto, no. —Se encogió de hombros—. El treinta tendrá que presentarte. Y no podrá.
—Entonces entraré yo.
—Por la puerta grande —confirmó Catriona—. Con un laird a cada lado.
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Sorcha vino de noche.
Llamó con dos golpecitos, muy bajos. Cuando él contestó «pasa», entró y cerró la puerta, y se quedó un momento de espaldas, con la mano en la madera, sin volverse.
Se había cambiado de ropa. Llevaba un vestido de lana gris que le quedaba grande, prestado de Ailsa, y el pelo recogido en una trenza floja. En el pulgar izquierdo, una venda blanca. Murdo la miró. No pudo hacer otra cosa.
—Me dijeron que dormías.
—Me dijeron que tú también.
—Mentiras.
—Sí.
Se acercó, despacio, hasta la cama. Se sentó en el borde. No lo tocó. Se miraron un largo rato, con el fuego del hogar proyectando sombras temblorosas sobre las vigas. Murdo alargó una mano, tomó la suya, la del pulgar vendado, y la llevó a sus labios.
—Qué tonta —murmuró ella—. Fue un corte pequeño.
—Te hiciste el corte por mí.
—Fue con las tijeras de mi madre.
—Se las tengo que agradecer a las dos.
Sorcha rio, y la risa se le rompió a media, y de repente tenía los ojos llenos de agua. Se inclinó sobre él, apoyó la frente en su pecho, y se quedó así, con los hombros temblando, mientras él le acariciaba el pelo con la mano libre.
—Pensé que te perdía —susurró.
—Lo sé.
—Lo vi hundirse. Lo vi y pensé… —No terminó.
—No volveré a decidir por ti —prometió Murdo—. Ni por tu bien, ni por el de nadie. Lo juro por mi padre. Por Eachann. Por todos los rojos que he teñido.
—Gracias.
—No me las des.
—Te las doy.
Se tendió a su lado, sobre la colcha, con cuidado de no tocar el costado dolorido.
La cama era estrecha y se apretaron sin hablar.
Hubo besos, largos, lentos, de los que no tienen prisa porque saben que ya no hay una puerta cerrada al otro lado.
Hubo caricias que preguntaban y respuestas que no necesitaban palabras.
Hubo una noche entera en la que nadie contó ningún día ni ninguna hora, y en la que, a fuerza de abrazarse, los dos acabaron por olvidar que un día antes uno de ellos había estado a un palmo de la muerte.
Hacia el amanecer, ella se durmió con la cabeza sobre su hombro. Murdo se quedó mirando el techo, con una sola idea clara, que le subía por el pecho como un calor: que dentro de tres días, en un salón de justicia, entre jueces, flamencos y testigos, no tendría ya ningún miedo.