Capítulo 39. La que corta el hilo
Quien sabe de hilos sabe también dónde cortarlos.
Sorcha llevaba once noches de pie en el callejón del canal, y la duodécima fue la que importó.
Había ido todas las noches, a la misma hora, con el manto oscuro y las manos escondidas en las mangas, a mirar la luz de la ventana enrejada.
Catriona la acompañaba a veinte pasos, apoyada en una pared, fingiendo ser un borracho, un mendigo o un poste.
Aquella noche, a las dos y diez, la luz se apagó.
—Ahí —susurró Catriona.
La puerta trasera se abrió. Salieron dos figuras. Una enorme, con un farol cerrado. Otra más pequeña, ancha de hombros, que caminaba delante sin que nadie lo tocara.
Sorcha dejó de respirar.
—Es él.
—Sí.
—Lo llevan al canal.
—Lo veo. —Catriona ya se había soltado de la pared—. Despacio. Sin correr. Si corremos, se asusta.
—¿Quién?
—Ansel.
Los siguieron a treinta pasos, sombra tras sombra, pegadas a los muros.
Sorcha notaba el corazón en la garganta, en las sienes, en las yemas de los dedos.
Había aprendido que cuando el miedo era grande lo mejor era volverse muy pequeña, muy tranquila, como una araña.
Contar los pasos. Mirar el suelo. Olvidar que existía.
Llegaron a la esclusa del batán a tiempo de ver cómo el gigante bajaba la escalera con un bulto al hombro.
—No —susurró—. No, no, no.
—Espera —murmuró Catriona, con una mano sobre su brazo.
—¡No!
—Sorcha, espera…
La oyeron los dos, desde el borde, el chapoteo sordo. Un cuerpo cayendo al agua. Un silencio.
Sorcha no esperó.
Se quitó el manto en tres zancadas. Corrió hasta el borde de la escalera.
El agua era negra y quieta en la superficie, con una espuma pálida de hielo, y debajo, a un par de varas, vio la sombra: una mancha clara, un destello de camisa, la forma de un hombre que se hundía con los brazos pegados al cuerpo.
Un farol lejano daba un reflejo de oro sobre el agua.
No pensó. Saltó.
El frío le arrancó el aire de los pulmones como una mano.
Una puñalada helada que le recorrió el cuerpo y le cerró la garganta.
Sorcha se obligó a abrir los ojos. Negro.
Negro y verde. Una corriente rápida, fuerte, que la arrastraba hacia la compuerta.
Pataleó. Se agarró a algo. Era una pierna. Era una bota.
Murdo.
Bajó por el cuerpo con las manos. Estaba quieto. Con los ojos cerrados y los brazos atados a la espalda, tirando hacia el fondo con un peso muerto de agua y lana. Le tocó la cara. Estaba helada. Estaba allí.
Los pulmones le ardían. Tenía unos segundos. Tal vez treinta.
Palpó las ataduras. Eran lana. Gruesa, tensa, mojada, con un nudo apretado sobre las muñecas que reconoció en un instante: el nudo de tundidor, de los que se cierran más cuanto más se tira. Tiró. Se cerró. Tiró con las dos manos, con el pánico creciéndole detrás de los ojos.
«Un nudo no se deshace tirando de los dos cabos».
La voz era la suya. La que había hablado en una colina, bajo una cruz de piedra, con el viento tirándole del pelo.
«Se deshace aflojando uno».
No había tiempo. No había manera de aflojar nada bajo el agua, con los dedos dormidos, en la oscuridad. Sintió que el aire se le iba, que el pecho le quemaba, que se le nublaba la vista.
Entonces se acordó de que llevaba algo en el bolsillo del vestido.
Las tijeras de su madre. Pequeñas, de hilandera, con la forma de una cigüeña de hierro, las hojas largas y finas como un pico.
Las había llevado siempre, a todas partes, para cortar un cabo suelto, para igualar un flequillo, para rematar un dobladillo.
Nunca las había usado para nada importante.
Las sacó con dedos torpes. Las abrió. Buscó el cordón de las muñecas, tanteó la lana tensa, y cortó.
Una vez. Dos. La lana mojada era dura, tenaz, se resistía como un animal vivo.
A la tercera, cedió. Sintió que algo se aflojaba.
Las muñecas de Murdo se abrieron. Bajó, a ciegas, por la pierna.
Los tobillos. Otro cordón. Otra batalla.
El filo resbaló. Se hizo un corte en el pulgar, que no sintió, y siguió.
El cordón cedió.
Agarró a Murdo por la camisa. Pataleó con todas sus fuerzas hacia arriba, hacia la luz amarilla del farol. Cada brazada le costaba un siglo. Tenía el cuerpo de él colgado contra el suyo, pesado como un fardo de plomo, y con una terquedad de la que no se sabía capaz, empujó.
Emergieron entre una explosión de espuma.
Sorcha tragó aire. Un aire que le cortó la garganta como un cuchillo. Tosió. Se agarró al último escalón con una mano, con la otra sujetando a Murdo por el cuello de la camisa, con la cabeza de él apoyada sobre su hombro. No respiraba.
—Murdo —jadeó—. Murdo. Murdo.
Unas manos fuertes la agarraron por las axilas. Catriona, de rodillas en el escalón, tiró de los dos hacia arriba con una fuerza desesperada. Los sacó del agua. Los dejó sobre la piedra, empapados, helados, temblando. Sorcha se arrastró hasta el pecho de Murdo.
—Respira —ordenó—. ¡Respira!
Nada.
Catriona le dio la vuelta, de lado. Le golpeó la espalda dos veces, con el canto de la mano.
Un chorro de agua turbia le salió por la boca.
Un silencio largo. Y entonces un estertor, un jadeo desgarrado, y Murdo abrió los ojos negros, y tosió, y tosió, y se agarró a su manga con una mano temblorosa.
—Sorcha —logró decir, entre toses.
—Estoy aquí.
—Estás… empapada.
—Y tú.
—Me has… —Se atragantó—. ¿Me has sacado del…?
—Estás vivo —lo interrumpió ella, con la voz rota—. No hables.
—Eso es… un sí.
—Murdo, cállate.
Una sombra se movió en lo alto de la escalera.
Ansel estaba allí. De pie, con las manos cruzadas sobre el vientre, mirándolos desde arriba con un gesto de profunda perplejidad. Las tijeras no estaban a la vista. Sorcha se puso de pie, temblando, con el agua chorreándole del pelo, y se colocó delante de Murdo con los brazos abiertos.
—Aparta —susurró.
El gigante contempló aquella figura pequeña y empapada que se interponía entre él y su trabajo.
Después, muy despacio, miró a Catriona, que se había incorporado con la mano en la empuñadura de un cuchillo, y más allá, en la calle, el rumor creciente de pasos y de voces: los hombres de Torquil, que Cailean traía desde la posada con la urgencia de quien sospecha algo.
—Comprendo —murmuró Ansel, con una pequeña reverencia—. Esto no ha ocurrido.
—Ha ocurrido —dijo Sorcha.
—No, señora. —Sonrió con una cortesía angélica—. Un accidente que no sucede es mucho más cómodo que uno que sí. Buenas noches. Que Dios la guarde.
Se dio la vuelta. Se alejó por la ribera, sin prisa, con el farol balanceándose a su lado, hasta que la oscuridad lo absorbió del todo.
Sorcha se dejó caer de rodillas junto a Murdo. Le tomó la cara entre las manos. Le temblaban tanto que no consiguió acariciarle.
—No vuelvas a decidir nada por mí —susurró—. Nunca.
—Nunca —prometió él, con los labios azules, y esta vez, por fin, ella lo creyó.
Catriona se quitó la capa, la echó sobre los hombros de los dos sin decir una palabra, y se sentó en el escalón a esperar que dejaran de temblar.