TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 38. Ansel
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Capítulo 38. Ansel

El miedo verdadero no grita: te trae gachas y te pregunta si has dormido bien.

Wouter cumplió su palabra aquella tarde.

Murdo lo vio con sus propios ojos, en la sala de cuentas, donde lo llevaron entre dos obreros.

El flamenco, sentado a su mesa, pluma en mano, leyó en voz alta un pergamino breve: la retirada de toda reclamación contra el laird Torquil MacRannoch, la anulación de las doscientas marcas, la restitución del pax del paño.

Después lo firmó con una rúbrica ancha, lo selló con cera verde y se lo entregó a un mensajero.

—Ya está —dijo, secándose las manos en el pañuelo—. ¿Lo ves? Palabra de Wouter de Gante.

—Y yo.

—Tú te quedas. Eso no estaba en el trato.

—Era lo que pedí.

—Pediste lo de Torquil. Cumplido. —Sonrió con tristeza—. No digas que no soy un hombre de honor.

Murdo no contestó. Notó, al salir, que la mirada de Ansel lo seguía desde la puerta, quieta y paciente, como la de un perro que ha oído algo en el viento.

Esa noche, en el sótano, envolvió la cuchara en el cojín de lavanda y golpeó el barrote tres veces. Esperó. Tres más. Ninguna sombra pequeña respondió desde el callejón. Se quedó mirando la reja hasta que se le cansaron los ojos, y se dijo que era mejor así: que si ella no estaba, estaría a salvo.

Pero no lo creyó. Y a las dos de la madrugada, cuando oyó girar el cerrojo, comprendió que tenía razón en no creerlo.

• • •

Ansel abrió la puerta del sótano, y Murdo supo, antes de verle la cara, que algo había cambiado.

No fue el ruido. Ansel nunca hacía ruido.

Fue la ausencia de la bandeja. Aquel hombre enorme, con sus tijeras en el cinto, llevaba semanas apareciendo con gachas, con vino, con un cojín de terciopelo, con noticias dulces.

Aquella noche traía las manos vacías, cruzadas sobre el vientre, y un farol cerrado que colgaba de un dedo como un fruto.

—Buenas noches —saludó, en voz baja.

Murdo se incorporó en el camastro. Tenía la espalda contra el muro.

—Es tarde.

—Lo es. —Ansel inclinó la cabeza—. Venga conmigo, por favor.

—¿Adónde?

—A dar un paseo.

—No me apetece.

—Lo entiendo. —Sonrió con una dulzura infinita—. Pero es necesario.

No levantó la voz. No hizo ningún gesto. Solo abrió un poco más la puerta, y detrás de él, en la penumbra del pasillo, Murdo vio brillar las dos hojas de acero de las tijeras. Abiertas. Por primera vez en semanas, abiertas, a la altura de la cadera, como las patas de un insecto a punto de saltar.

Se levantó. Mientras buscaba las botas a tientas, oyó las campanas de San Juan dando las dos, y pensó, con una lucidez casi cómica, que hasta para morir en Perth había horario, y que él, como siempre, había llegado puntual.

• • •

Salieron por la puerta trasera.

La misma. La del callejón, la del cuarto de las tinas, la que él había abierto con una llave robada una noche de lluvia hacía dos años.

Ansel la abrió con otra llave, nueva, de latón, con un chasquido limpio, y la cerró detrás de ellos con la delicadeza de un sacristán.

El aire de la noche les golpeó la cara. Hacía un frío seco, quieto, con olor a hielo y a canal.

Murdo caminaba delante. Ansel, detrás, a dos pasos. No lo había atado. Eso fue lo peor.

—Anoche probé una pieza —comentó el gigante, en un tono casi confidencial—. Del tendedero. Un trozo del borde. Con lejía fuerte, de la de la despensa. No dije nada al maistre.

Murdo siguió andando.

—Es curioso. Se lava. En cuarenta latidos queda rosa.

—Una muestra puede fallar…

—No la muestra, señor Murchadh. Los paños. —Ansel suspiró—. Yo cuido los paños del rey desde hace ocho años. Los conozco como a mis manos. Cuando ayer me dijo usted que no se preocupara por el último baño…

—No lo dije yo.

—No. Lo dije yo. Pero usted se quedó helado. —Sonrió—. Me lo confirmó.

Murdo se detuvo.

Estaban en la orilla del canal, junto a la esclusa del batán, un tramo ancho y profundo donde el agua bajaba con fuerza hacia las ruedas del molino.

El hielo se había formado en los bordes, fino como un cristal.

En el centro corría negra, rápida, con un rumor grave que llenaba la noche.

Unas escaleras de piedra bajaban hasta el nivel del agua.

Más allá, bajo la luna, la compuerta alzada dejaba escapar un chorro espumoso.

—No lo va a saber el maistre —prosiguió Ansel, con voz tierna—. Esa es la parte importante. Es un hombre bueno. Tiene el corazón blando. Le dolería descubrir que usted lo ha traicionado. —Hizo una pausa—. Y no hay tiempo para reteñir veinte paños. Tendré que arreglarlo de otra manera.

—¿Cómo?

—El aprendiz. —Ansel se encogió de hombros, con tristeza—. El pobre Colm. Se le caerá la mano. Se equivocará con el baño. Es muy joven. Y usted, señor Murchadh, habrá intentado huir. Esta noche. Por el canal. Con tan mala suerte que resbaló en el hielo.

A Murdo se le heló la sangre.

—Es un chico.

—Es lo que se necesita.

—Es un niño con una tos.

—Lo sé. Lo siento mucho. —Ansel parecía sincero—. Pero no se me ocurre otra cosa. Los siervos huyen. Los aprendices se equivocan. Son cosas que pasan.

Murdo retrocedió un paso. Tropezó con el borde de la escalera.

Antes de que pudiera darse la vuelta, una mano enorme, tibia y muy suave, le agarró la muñeca y se la retorció a la espalda con una facilidad de niño.

La otra mano apareció con un cordón de lana gris, grueso, empapado, que le rodeó las muñecas con tres vueltas rápidas.

—Es lana mojada —explicó Ansel, con tono didáctico, mientras ataba—. No deja marca. Se encoge al secarse. Si alguien lo encuentra, creerá que se enredó en las algas.

Le ató los tobillos. Después, con la misma amabilidad, lo cargó al hombro como un saco de harina y bajó la escalera de piedra.

Murdo gritó.

Una vez. Un grito corto, ronco, que se perdió contra el rumor del agua. Ansel lo dejó sentado en el último escalón, con los pies colgando sobre la corriente, y le puso la mano en la cabeza, con una ternura casi paternal.

—No se asuste —susurró—. Es rápido. Lo he visto. El agua está muy fría. Se duerme uno antes de darse cuenta.

—Ansel…

—Dios lo guarde, señor Murchadh.

El empujón fue suave.

El agua lo golpeó como un puño de hielo.

Cerró los ojos. Se hundió, o la corriente lo arrastró; no supo cuál.

El frío le entró por la nariz, por los oídos, por cada poro.

Sintió cómo las ataduras se apretaban con el peso del agua.

Sintió que bajaba. El rumor de la esclusa se volvió un trueno apagado, lejano.

Abrió los ojos. Arriba, muy arriba, una luz borrosa temblaba sobre la superficie, un farol, una mancha amarilla. Y junto a ella, de pronto, una forma pequeña que se movía, que saltaba desde la orilla con el manto abierto como un pájaro.

Murdo pensó que era un sueño. Pensó que, si era un sueño, no quería despertar.