Capítulo 37. Torquil y Ailsa
La familia llega siempre con la lluvia y con hambre, y se queda hasta que se acaba lo uno o lo otro.
La carreta de Beathag entró en Perth la tarde del veinticuatro por el puente de madera, tirada por Mala Hierba, con Cailean al pescante en actitud de triunfo derrotado y una oveja de oreja partida sentada, con total tranquilidad, entre los fardos.
—No ha querido quedarse en casa —explicó Cailean, apeándose con las piernas rígidas—. Dice la señora Beathag que tiene criterio y que quiere ver el juicio. Yo no discuto con ovejas. Es una política que me ha ido bien.
—¿Y la señora Beathag? —preguntó Sorcha, desde la puerta de la casa de Lijsbet.
—Está dormida. Lleva dos días dormida. Dice que a su edad un carro es lo más parecido a un ataúd, y que prefiere ensayar.
De entre los fardos salió, en efecto, un ronquido monumental.
Detrás, a caballo, llegaban Torquil y Ailsa.
Sorcha los miró acercarse, y se le hizo un nudo en la garganta.
Torquil, a lomos de su caballo negro, con el manto empapado y la cara de un hombre a quien le han explicado cuánto cuesta cada cosa.
Ailsa, a su lado, envuelta en un mantón de lana, con el pelo suelto y los ojos muy abiertos, buscando entre las caras de la calle.
Cuando la vio, se bajó del caballo antes de que este se detuviera.
—¡Sorcha!
—Ailsa.
Se abrazaron en medio del barro, delante de Cailean, de una oveja y de media calle de Perth. Ailsa olía a humo de Dùn Dorcha, a leche y a lavanda. A casa. Sorcha cerró los ojos y se quedó allí, y notó que su hermana mayor temblaba.
—Estás delgada —dijo Ailsa, apartándose para mirarla—. Estás ojerosa. Estás… —Se detuvo. La contempló con los ojos entornados—. Estás distinta.
—He hablado.
—Ya me han contado. Cailean no ha parado en todo el camino. Dos días. Dice que en el cobertizo le diste órdenes a toda la compañía.
—No fueron órdenes.
—Fueron órdenes. —Ailsa sonrió, con la barbilla temblando—. Mi hermana dando órdenes. Ya puedo morirme tranquila.
—No lo hagas todavía.
—Me lo pensaré.
• • •
Beathag despertó a la hora de cenar, en la cocina de la viuda Lijsbet, con la oveja a los pies y un cuenco de sopa humeante en las manos, y se encontró de frente con Griet.
Se miraron. Una, vieja, flaca, curtida por cuarenta inviernos de monte. La otra, vieja, rolliza, cubierta de lino almidonado y pendientes de plata. Entre las dos, sobre la mesa, un gallo de plumaje verde y negro que había decidido ocupar el centro del tablero con aire de árbitro.
—Tú eres la de la oveja —dijo Griet, en un gaélico inenarrable.
—Y tú la del gallo —replicó Beathag, en un flamenco todavía peor, aprendido a base de oír gritar a los arrieros.
—¿Qué has dicho?
—No lo sé. Creo que algo de pan.
—Ah. —Griet asintió, con respeto—. Es lo más importante.
Hendrik, desde la mesa, inspeccionó a la oveja. La oveja, sin levantar la oreja partida, inspeccionó a Hendrik. Hubo un silencio tenso, de una solemnidad casi diplomática.
—Tiene criterio —murmuró Beathag.
—El mío también.
—Entonces nos entenderemos.
—Eso espero. —Griet le tendió un trozo de queso—. Come. Mañana hay trabajo.
Cailean, desde la puerta, observó la escena con las manos en la cintura y una lágrima de emoción.
—Esto —murmuró— es lo más hermoso que he visto nunca.
• • •
Torquil la llamó aparte al anochecer.
La casa de Lijsbet tenía un patio interior con un manzano pelado y un banco de piedra, y allí fue donde la esperaba el laird de los MacRannoch, sentado, con los codos sobre las rodillas y las manos colgando, mirando el suelo. Parecía más viejo de lo que Sorcha recordaba. También más humano.
—Siéntate —pidió.
Se sentó. El banco estaba frío. A lo lejos se oían las campanas de San Juan, tocando a vísperas.
—He traído cuarenta hombres —informó Torquil—. Disfrazados de mercaderes. Están repartidos en tres posadas. No harán nada, salvo estar. Es lo único que se me ocurrió. —Hizo una mueca—. No soy bueno para esto.
—Lo estás haciendo bien.
—Estoy haciendo lo que hace un hombre que ha dejado marchar a su cuñada con una carreta de lana y un tintorero fugitivo. —Se frotó la nuca—. He tardado un mes en darme cuenta de que no te lo pregunté.
—¿El qué?
—Si querías hacerlo.
Sorcha lo miró, sorprendida.
—Torquil.
—Déjame. —Alzó una mano—. Hace año y medio que vives en mi casa.
Te he visto cada día. Tejiendo, callada, siempre en una esquina.
Y pensé: es tímida. Pensé: es su manera.
Y nunca se me ocurrió preguntarte si había algo más.
—Soltó el aire—. Ailsa me lo dice desde hace meses.
Que eres la persona más lista de la fortaleza.
Que sabías lo de Hamo. Que sabías lo de la cédula antes que yo.
Que llevabas tres noches en un caldero. Y yo, mirándote, vi una niña callada.
—Me gustaba que lo vieras.
—Lo sé. Y por eso es culpa mía. —Se giró hacia ella, con unos ojos cansados y claros—. Quiero que sepas que lo que hagas, aquí, el treinta, tiene mi apoyo. Que si ganas, bien. Y si pierdes, pago las doscientas marcas y te traigo a casa. Y que el tintorero, si vuelve vivo, tiene un sitio en mi mesa.
Sorcha no pudo hablar. Se le habían llenado los ojos, y era una sensación nueva, caliente, desbordante, que no sabía cómo detener. Alargó una mano. Torquil la miró, titubeó, y se la estrechó con una torpeza solemne.
—Gracias.
—No me las des. —Carraspeó—. Y no se lo digas a Ailsa. Se pondría insoportable.
—Se lo diré.
—Lo suponía.
Se rieron los dos. Una risa corta, ronca, de cuñados que se han tardado en conocer.
• • •
Ailsa la encontró más tarde, en el cuarto de arriba, sentada junto a la ventana con la cinta de siete franjas sobre las rodillas. Se sentó a su lado, en el alféizar, y no dijo nada durante un rato largo.
—Lo quieres —dijo al fin.
—Sí.
—¿Se lo has dicho?
—No hace falta.
—Siempre hace falta. —Ailsa sonrió—. Pero tú eres tú. —Tomó la muñeca de Sorcha entre los dedos. El rastro azul seguía allí, pálido, firme, del tamaño de cuatro yemas—. ¿Esto es de él?
—Es de él.
—Qué cosa más tonta.
—Sí.
—Qué cosa más bonita.
Sorcha apoyó la cabeza en el hombro de su hermana. Por la ventana, a lo lejos, entre los tejados, se veía la chimenea de la tintorería de Wouter, echando un hilo gris al cielo oscuro.
—Ailsa. —Sorcha levantó la cabeza—. Gracias por pagar los sesenta chelines del hijo de Hamo.
—Fue lo mínimo.
—Le salvaste la vida a un chico.
—Se la salvaste tú. Yo solo tenía la bolsa. —Ailsa le acarició el pelo—. Es lo que hacemos las que no sabemos teñir.
—Vamos a sacarlo —murmuró Ailsa.
—Vamos a sacarlo —convino Sorcha.
Y esa vez, por primera vez, no le dio miedo decirlo en voz alta.
Abajo, en la cocina, un ronquido monumental hizo temblar los cacharros, seguido de un cacareo ofendido y de la voz de Cailean, suplicando por favor un poco de silencio.