TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 36. El rojo del rey
91%

Capítulo 36. El rojo del rey

Un rojo perfecto tiene dos caras, y solo una se ve a la luz.

El veintidós de noviembre, Wouter de Gante dio la orden de encender las siete tinas.

—Un día antes de lo acordado —observó Murdo, de pie junto a su mesa, con las manos a la espalda.

—Lo sé. —El flamenco sonreía, vestido de terciopelo, con un pañuelo de lavanda en la manga—. Pero las veinte piezas son muchas, hijo. Y quien espera, pierde. Tu mordiente ya está reposado. Ocho días son ocho días.

—Nueve.

—Ocho y medio. Te lo regalo. —Se frotó las manos—. Hoy es un gran día. Vamos a hacer historia.

Murdo no replicó. Miró las tinas, ya llenas hasta la mitad, con el agua cobriza humeando, y los obreros que cargaban sacos de raíz. Colm, el aprendiz de los ojos de miel, se movía de una a otra con el trapo mojado sobre la nariz, que Murdo le había enseñado a llevar, y que Rik fingía no ver.

Se había preparado para aquel momento. Cuatro días de mordiente, sí. Pero también cuatro noches pensando.

El rojo de su padre no era un secreto de un solo paso.

Era un oficio de tres tiempos. Primero, el mordiente: una cocción larga de la lana en un baño de alumbre y ceniza, para que el paño se abriera como una flor por dentro y estuviera dispuesto a recibir el color.

Segundo, el teñido: la raíz de cuajaleche, la rubia, el calor justo.

Y tercero, el último baño, el del cierre, que casi nadie recordaba: una sola hora en agua con alumbre y vinagre, tibia, sin hervir, que sellaba el color en la fibra como se sella un frasco con cera.

Sin el tercero, el rojo salía igual de hermoso. Más, incluso. Un fuego profundo, sin una sombra. Y se iba al primer lavado.

Eso era lo que Murdo había decidido hacer.

—Empezamos —dijo.

• • •

Trabajó doce horas sin sentarse.

Las veinte piezas, de lana fina, del largo de un hombre, pasaron una a una por el baño del mordiente.

Las sumergió con las dos manos, vendadas de gris, con la paciencia de un oficiante.

Después, las tinas. El agua se volvió de un rojo hondo, de sangre de cordero, que fue subiendo por los paños como un incendio manso.

Murdo los sacó con las pértigas, los dejó gotear, los extendió sobre los bastidores.

El vapor le empañaba los ojos. El olor a raíz lo traspasaba, y con él, de golpe, otro olor: el de unas manos pequeñas, tibias, que olían a lana y a ceniza, aplicando una pasta gris sobre un retal robado.

Teñía por ella. De alguna manera, se dio cuenta, había teñido siempre por ella. Desde el primer rojo en Dùn Dorcha, bajo una ventana, con una mirada atenta sobre cada gesto.

Los veinte paños colgaron al caer la tarde, sobre las vigas del taller, goteando, ardiendo. Parecía una selva de fuego. Los obreros se quedaron mirando, callados, con las bocas abiertas. Colm, junto a la tercera tina, se quitó el trapo de la cara.

—Nunca he visto nada así —susurró.

—Ni lo verás —respondió Murdo, también en susurro—. Respira.

El chico dudó. Se acercó un paso, con los ojos fijos en el suelo.

—Maestro —murmuró—. Antes, para la muestra pequeña, preparaste una cuba de agua con vinagre. La vi. Para los paños grandes, no.

Murdo se quedó inmóvil. Nadie más lo había notado. Rik estaba en el patio, los obreros recogían los sacos. Hubo un silencio corto, lleno del goteo de los paños.

—Cállate —susurró.

—No he dicho nada.

—Bien.

—Solo he mirado. —Colm se ajustó el trapo sobre la nariz, y sus ojos de miel brillaron un instante entre la tela—. Me dijiste que lo primero era respirar. Yo respiro. Y después miro.

Murdo estuvo a punto de sonreír.

—Te lo explicaré todo —prometió—. Cuando acabe.

—¿Y si no acaba?

—Acabará.

El chico asintió, despacio. Y se alejó hacia su fuego con la espalda muy recta, con una dignidad que a Murdo le recordó, de pronto, a alguien.

Murdo se quedó un rato mirando los paños.

Nunca había hecho trampa con un color. Su padre le había enseñado que un tintorero que miente en el rojo miente en todo, y durante doce años había creído que aquello era la regla más sagrada que conocía.

Ahora, bajo las vigas ennegrecidas, descubrió con una especie de vértigo que había una mentira más honrada que la verdad: la que se hace para que la verdad, por fin, destiña a tiempo.

Wouter bajó al taller con la última luz.

Entró despacio, sin hablar, con las manos a la espalda y la cara levantada.

Recorrió el tendedero de punta a punta, bajo los paños rojos, mirando hacia arriba, como un hombre en una catedral.

Se detuvo junto a uno. Alargó una mano. Tocó la lana con la yema de los dedos, y a Murdo le pareció que le temblaban.

—Es —dijo al fin, con la voz muy baja— lo más bello que he visto en mi vida.

Murdo no contestó.

—Perdóname. —El flamenco se giró hacia él. Tenía los ojos húmedos—. Sé que no lo merezco. Pero es verdad. Mi padre decía que un hombre se mide por lo que deja detrás. Esto es… —Abrió las manos—. Esto es más de lo que yo soñé.

Había algo tan sincero en aquel rostro rosado que a Murdo se le revolvió el estómago.

—Falta la prueba —murmuró—. Si dudas, hazla.

—¿La prueba?

—La de la lejía. Con una muestra.

—Rik —llamó Wouter, sin apartar la mirada—. Trae el cántaro.

Murdo había preparado una muestra aparte, una cuarta de lana, que había pasado por los tres tiempos con el mismo esmero, incluido el último baño.

La había colgado entre los demás paños. Estaba a la vista.

Rik la descolgó. La sumergió en el cántaro de lejía, y Murdo contó con los labios, uno, dos, tres. Hasta cuarenta.

El agua permaneció clara.

Rik sacó el retal. Lo sostuvo en alto. El rojo seguía intacto, hondo, vivo.

—Dios mío —murmuró Wouter. Se le quebró la voz—. Dios mío.

Se acercó a Murdo. Antes de que este pudiera retroceder, le tomó las dos manos vendadas y se las estrechó entre las suyas, blandas, tibias, que olían a lavanda.

—Gracias, hijo —susurró—. Gracias.

Murdo sostuvo su mirada. No supo cómo. Detrás del flamenco, en la penumbra, Ansel observaba con las manos cruzadas sobre el vientre, y por una vez, durante un instante brevísimo, a Murdo le pareció que el gigante lo miraba con atención. Con demasiada.

—No me des las gracias —respondió—. Dámelas cuando firmes lo de Torquil.

—Mañana mismo.

—Mañana.

—Palabra de Wouter de Gante.

Murdo bajó la cabeza. Dejó que lo condujeran al sótano. Sobre su cabeza, los veinte paños rojos seguían ardiendo en la oscuridad como veinte antorchas, hermosos, espléndidos, perfectos. Y mentirosos.

Se tumbó en el camastro y cerró los ojos. Cuando los abrió, hacía rato que Ansel estaba en la puerta, con una bandeja en las manos.

—Gachas —anunció—. Y un recado del maistre. Que no se preocupe por el último baño.

Murdo se quedó helado.

—¿Qué último baño?

—No sé. —El gigante sonrió con una dulzura infantil—. Pero ha dicho que lo dijera.