TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 35. Clavo de olor
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Capítulo 35. Clavo de olor

Un juez es un hombre que ha aprendido a no creer nada, y convencerlo es una forma de música.

La casa del sheriff de Perth era una torre baja de piedra, junto a la iglesia, con un patio lleno de gallinas y una puerta que se abría con un cordel.

Sorcha llamó con los nudillos al mediodía del veinte.

Le abrió una criada, que la miró de arriba abajo y la hizo pasar con una desconfianza resignada, como quien deja entrar a una gotera.

—El señor está en la cocina —anunció—. Con la señora. No se asuste.

—¿Por qué iba a asustarme?

—Por nada. —La criada se santiguó—. Es que hoy le duele.

La cocina era una sala enorme, de techo ahumado, con un hogar capaz de asar un buey y una mesa de roble donde Sir Eustace de Fothriff se sostenía la mejilla con la mano izquierda y un clavo de olor con la derecha.

A su lado, de pie, con los brazos en jarras y un delantal de lino sobre un vestido de lana azul, una mujer de sesenta años le sostenía una cataplasma de cebolla caliente contra la cara.

—Estate quieto —ordenaba la señora, con voz de capitán—. Si te mueves, no hace efecto.

—Me hace efecto de dolor.

—Eso es que funciona.

—Euphemia…

—Estate quieto.

Sorcha se quedó en el umbral, sin saber si reír o retirarse. Eustace la vio. Se puso rojo hasta las orejas.

—Señora MacKerron. Disculpe el… —Hizo un gesto vago hacia la cebolla—. Mi mujer. Lady Euphemia. Esta es la señora de la cédula. La del rojo.

La mujer se volvió. Tenía la cara redonda, curtida, y unos ojos azules, muy vivos, que estudiaron a Sorcha con una intensidad casi hostil. Se secó las manos en el delantal.

—¿La del rojo? —repitió—. Siéntese, hija. Tiene cara de no haber comido.

—Estoy bien…

—Siéntese.

Sorcha se sentó. Un plato de caldo apareció ante ella como por arte de magia, con un trozo de pan. Eustace, resignado, cogió otro clavo.

—Ha venido por el asunto —dedujo—. ¿Trae el paño?

—Sí. Y algo más.

—¿Qué?

—Una demostración.

Sacó del hatillo un cuenco de barro, un frasco pequeño de lejía de haya filtrada que Griet le había preparado, y tres retales envueltos en lino.

Los desplegó sobre la mesa, uno junto al otro.

Un rojo desvaído, con un fondo de rosa. Un rojo hondo, oscuro, de granada.

Y otro, igual de hondo, pero más reciente.

—Este es el escarlata de Wouter. Este, el rojo de Gille-Brìghde, de mil ciento cuarenta y nueve. Este, el mío. —Vertió la lejía en el cuenco—. Si me permite, Sir Eustace, quiero que lo vea con sus ojos. Aquí. Ahora.

El sheriff alzó una ceja. Miró a su mujer. Ella se encogió de hombros.

—Adelante —concedió.

Sorcha introdujo el primer retal. Contó en voz alta hasta diez. Al llegar a cinco, el agua del cuenco ya se había teñido de un rosa lechoso. Cuando sacó la tela con unas pinzas, estaba pálida, casi blanca. No dijo nada. Metió después el segundo. El agua no cambió. El tercero. El agua, tampoco.

La cocina se quedó muy silenciosa. Solo se oyó el crepitar del fuego y el goteo de una cebolla.

Eustace se inclinó sobre el cuenco. Tardó un rato.

—Repita —pidió.

Sorcha repitió. Con otro trozo de cada. Con otra lejía, más fuerte, que Euphemia le trajo de la despensa sin que nadie se lo pidiera. Con agua fría. Con agua caliente. El resultado fue el mismo.

—Vaya —murmuró Eustace.

Y entonces Lady Euphemia soltó un grito.

No fue un grito grande. Fue una especie de chillido ahogado, de mujer a quien le han dicho de pronto el nombre del asesino de su gato. Se había quedado mirando el primer retal, el rosa lechoso, con la mano sobre la boca.

—Eustace —susurró—. El manto de la boda.

—¿Qué?

—El manto. El de mi boda. El escarlata. Me lo regalaste tú, el año cincuenta y cinco.

Te lo vendió ese flamenco. Dijiste que era el mejor de Perth.

—Se volvió hacia él, con los ojos llenos de lágrimas y un temblor en la barbilla—.

Se me fue en dos lavados. ¡Dos! Yo creí que era culpa mía.

Creí que lo había lavado mal. Lo escondí en un arcón. ¡Me dio vergüenza!

—Euphemia…

—¡Mi manto de la boda, Eustace! —Le golpeó el brazo con la cebolla—. ¡Cinco libras! ¡Cinco libras te costó!

—Lo recuerdo…

—¡Y me lo hizo ese hombre!

El sheriff se quedó pasmado, con la cebolla goteándole en la manga. Sorcha bajó la vista, con la boca muy apretada, para no sonreír. En la puerta, la criada hacía un esfuerzo visible por no existir.

Eustace se pasó la mano por la cara. Mordió el clavo. Tardó un buen rato en hablar.

—Tengo una pregunta —dijo al fin—. La hago como sheriff. —Se enderezó—. ¿Está usted dispuesta a hacer eso mismo, con esos mismos retales, en la curia? Delante de todos. Con una lejía que yo elija. Y con una pieza del escarlata del rey, de las que Wouter tiene en el taller.

—Sí.

—¿Y si él se niega a entregar la pieza?

—Un hombre que se niega a mostrar su mercancía —respondió Sorcha— ya ha dicho lo que tiene que decir.

Eustace la miró con atención. Después, a su mujer, que seguía resoplando, y a la cebolla.

—Hay otra cosa —dijo, con voz más baja—. Esto prueba el color. No prueba la deuda. Ni que el chico es libre. Para eso necesito papeles. El que lo reclama tiene un contrato con una marca. Y usted me trae un… —Hizo un gesto—. ¿Una vara?

—Una tarja. Con sesenta y cuatro muescas. Y la otra mitad la guarda Wouter, con un recibo, bajo una losa de su taller.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque lo vio quien la escondió.

Eustace tardó un momento en responder.

—Si dice usted dónde —murmuró—, en la curia, y delante de testigos y de él, haré levantar esa losa. Pero no antes. No puedo allanar la casa de un prepósito del burgo por la palabra de una tejedora. Se me caería el cargo.

—Lo entiendo.

—Lo cual significa que Wouter sabrá que lo sabemos. Y que tendrá diez días para esconder lo que haga falta.

—No —dijo Sorcha, con una calma que le sorprendió—. Lo sabrá solo cuando usted lo diga. Delante de todos. —Alzó la vista—. Y para entonces ya será tarde.

Euphemia, a su espalda, soltó una carcajada seca.

—Me cae bien esta chica —declaró—. Eustace. Hazle caso.

—Siempre le hago caso, mujer.

—Es mentira.

—Es mentira —admitió el sheriff, y escupió el clavo en el pañuelo, con una expresión de infinita derrota doméstica.

Al marcharse, Sorcha encontró a Lady Euphemia esperándola en el patio, entre las gallinas, con un puchero tapado en las manos.

—Para su tintorero —explicó—. Dicen que lo tienen en una celda. Cualquiera que sea el crimen, nadie debe pasar hambre en noviembre.

—No puedo llevarlo a la celda.

—Pues se lo come usted y piensa en él. —La mujer le puso el puchero en las manos, con las mejillas todavía encendidas—. Hija. Si gana ese juicio, me hará usted un manto. Rojo. Que no se vaya.

—Se lo prometo.

—Y que sea grande. Tengo mucho que cubrir.