TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 34. La losa
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Capítulo 34. La losa

Las piedras son lo único que no miente, porque nunca han dicho nada.

Murdo preparó el mordiente durante cuatro días con una lentitud de monje.

Era una mentira de oficio, de las que no se notan.

Machacaba la raíz de cuajaleche en el mortero de piedra, lavaba la ceniza de haya tres veces, dejaba reposar la orina en la cuba hasta que el olor se volvía hondo, dulce, insoportable.

Todo lo hacía bien. Todo lo hacía despacio.

Rik lo vigilaba desde un taburete, con la soga floja entre las manos y una expresión de aburrimiento sañudo, y de vez en cuando se levantaba a mirarle por encima del hombro, como quien quiere pillar a un niño en un error.

No lo pilló. Murdo no cometía errores. Había aprendido a esconder la prisa dentro del oficio, como se esconde una moneda en un pan.

Lo que hacía, en realidad, era mirar.

La primera tina estaba a cuatro pasos de su mesa de trabajo.

Cada vez que se agachaba a por un cubo, que se levantaba a por un puñado de ceniza, que cruzaba el taller con las manos llenas, la veía.

La losa. Cuadrada, de dos palmos, gris. Con la grieta en la esquina.

Observó que alrededor del borde, entre la piedra y el suelo de tierra apisonada, había una línea de mortero. Nueva. Blanca todavía.

Eso no estaba así hacía dos años.

Se le encogió el estómago. Alguien había levantado aquella losa y la había vuelto a asentar.

Posiblemente Wouter. Posiblemente después de la fuga.

Un hombre que cuenta monedas con los dedos no deja un tesoro sin comprobar.

Y si lo había comprobado, había dos posibilidades: que el recibo siguiera allí, más protegido que nunca, o que ya no estuviera.

Sorcha decía que un hombre que esconde un recibo no lo quema.

Murdo se aferró a eso. Era lo único que tenía.

• • •

Había un aprendiz que tosía.

Se llamaba Colm. Tendría catorce años, flaco como una caña, con las manos moradas de tanto cardenillo y una tos seca que le sacudía el pecho dos o tres veces por hora.

Lo encargaban de avivar el fuego de la tercera tina, la que hervía el caldo de palo brasil con el verdín de cobre, y se pasaba el día inclinado sobre el vapor, con la cara pálida y la mirada fija.

Murdo lo vio al segundo día. Lo vio apoyarse en la pared, con la mano en la boca. Lo vio mirar a Rik de reojo y volver al trabajo sin quejarse.

Cuando Rik salió a la letrina, se acercó.

—Ponte un trapo mojado en la cara —murmuró, sin mirarlo—. Sobre la nariz. Y sal fuera cada media hora a respirar. Aunque te riñan.

—Si me riñen…

—Te riñen. Pero no te mueres.

El chico lo miró. Tenía ojos grandes y asustados, de color de miel.

—¿Tú eres el que se escapó?

—Sí.

—Dicen que sabías hacer un rojo que no se iba.

—Sí.

—¿Me lo enseñarías?

Murdo se quedó callado un momento. Le tendió un trapo limpio.

—Primero, respira —contestó—. Todo lo demás viene después.

Colm se rio un poco, con una tos entre medias, y se ató el trapo sobre la nariz con torpeza.

Al volver a su fuego, Murdo notó que le temblaban un poco las manos.

No por el chico. Porque en aquel muchacho de ojos de miel había visto, con una exactitud devastadora, un fantasma de dieciséis años que se reía por todo.

Y pensó que, por muchas losas que levantara y por muchos recibos que encontrara, aquella era la prueba que más le importaba, y la única que no cabía en un pergamino.

• • •

Descubrió el ritmo del taller al tercer día.

Por la mañana, trabajo. Rik, tres obreros, un par de aprendices flacos con las manos agrietadas.

Al mediodía, Wouter bajaba a inspeccionar, con su jubón verde, charlando con todos con una afabilidad paternal.

Por la tarde, la sala de cuentas. Por la noche, silencio.

Los obreros se iban. Rik se retiraba a su cuarto sobre el establo. Y quedaba solo Ansel.

Ansel no dormía. Eso era lo que más inquietaba a Murdo.

Se sentaba en un banco junto al portón, con las manos sobre las rodillas y las tijeras en el cinto, inmóvil, mirando la oscuridad, hasta el alba.

A veces cosía. Con una aguja finísima y un hilo de seda gris, zurcía los pequeños desgarrones de los paños del rey.

Lo hacía con una delicadeza que no encajaba con sus manos, con la lengua entre los dientes, como un niño, murmurando para sí una especie de nana en flamenco.

Murdo lo observaba desde la ventana del sótano, en la oscuridad, y pensaba que no había visto nunca a nadie tan terriblemente tranquilo.

La cuarta noche, oyó una conversación.

Estaban junto a la primera tina. Wouter, con una vela en la mano, en camisa de dormir y gorro; Ansel, de pie, con la cabeza inclinada. Hablaban en flamenco, muy bajo, pero Murdo había pasado diez años en aquel taller y entendía más de lo que decía.

—…el plazo es el trece de diciembre —murmuraba Wouter—. Si el siervo no cumple, tendremos que recurrir a la otra.

—¿La tejedora?

—Una mujer con ese talento… —La vela tembló—. Podría hacerse una oferta. Una invitación. Una estancia prolongada.

—Es una invitación que no ha aceptado, maistre.

—Hay invitaciones —suspiró Wouter— que no se aceptan. Se hacen cumplir.

Murdo se agarró a los barrotes. Le temblaban las manos. Notó que algo se le tensaba por dentro, algo frío, claro, mucho más antiguo que el miedo.

—No —susurró.

Wouter alzó la cabeza, con su cara rosada y amable bajo la vela. Por un instante, a Murdo le pareció que miraba directamente la ventana. Después se volvió y se alejó por el taller, arrastrando las zapatillas, y Ansel se sentó otra vez en su banco.

• • •

Fue esa misma noche, ya de madrugada, cuando la vio.

Había apoyado la frente contra los barrotes, sin esperar nada, mirando el patio vacío. Más allá de la tapia, en el callejón del canal, algo se movió. Una sombra pequeña, junto al muro de enfrente. Quieta. Con un manto oscuro y las manos escondidas en las mangas.

El corazón le dio un golpe en el pecho.

No podía verle la cara. Estaba a cincuenta pasos, en la noche cerrada. Pero conocía la forma en que se mantenía de pie, muy recta, con la cabeza ladeada una pulgada, como quien escucha una cosa que nadie más oye. La conocía como se conoce una trama.

Quiso gritar. No lo hizo. Buscó con las manos a su alrededor, en la oscuridad del sótano. Encontró la cuchara de estaño de las gachas. Y el cojín de terciopelo verde, con sus borlas y su olor a lavanda.

Envolvió la cuchara en el terciopelo. Golpeó tres veces el barrote. Un sonido sordo, amortiguado, como un latido bajo la tierra. Una pausa. Otras tres.

Al fondo del callejón, la sombra se quedó muy quieta.

Después, muy despacio, alzó una mano. La mantuvo en el aire un instante, abierta, pálida bajo la luna.

Y se fue.

Murdo se dejó caer en el camastro, con la cuchara en una mano y el cojín apretado contra el pecho, y por primera vez en su vida bendijo la lavanda.