Capítulo 33. La tejedora callada
El poder se reparte en habitaciones pequeñas, entre gente que mastica.
El sábado de mercado en Perth, Sorcha puso un puesto.
No uno grande. Una mesa de caballetes junto a la fuente, entre un vendedor de anguilas y una mujer que despachaba cuchillos, con una lona rayada por techo y una sola pieza de paño sobre el tablero.
Griet la había convencido de que bastaba con una.
«Lo bueno no se amontona —había dicho—. Se enseña.
Como un santo». Así que Sorcha extendió el retal rojo de su segunda pieza, el que había teñido en junio, sobre una tela blanca, y se sentó detrás con las manos en el regazo.
Esperó.
Nadie se acercó en la primera hora. Pasaban mujeres con cestas, arrieros con sacos, niños persiguiendo a un perro.
La miraban de reojo y seguían. Pero hacia media mañana, algo en la plaza cambió.
Fue sutil: el murmullo se volvió más bajo, las cabezas se giraron una a una, y la gente, sin saber por qué, empezó a hacer un pasillo.
Primero llegó el rumor. Después, el color.
Una mujer se detuvo ante la mesa y se quedó mirando el rojo con la boca abierta.
Después, otra. Luego un pañero de barba gris, que alargó un dedo y rozó la lana con una reverencia casi sacrílega.
Murmuraron entre ellos. Sorcha no dijo nada.
Su silencio, descubrió, tenía una virtud inesperada: obligaba a los demás a llenar los huecos.
Hablaban solos. Se contestaban. Alguien murmuró «raíz».
Otro soltó «imposible». Una voz pronunció, en tono bajo y con una nota de miedo, «Gille-Brìghde».
—¿Cuánto? —preguntó el pañero.
—No se vende.
—¿Por qué?
—Es una muestra.
—¿De qué?
Sorcha lo miró con calma.
—De lo que se puede hacer —respondió.
Hubo un murmullo. El pañero retrocedió, con expresión de haber recibido un mensaje que no entendía del todo.
En la plaza, un perro ladró. Alguien se rio.
Y entonces, por entre la gente, apareció un hombre mayor, alto, encorvado, con la cara larga y cetrina de un caballo cansado y una mejilla ligeramente hinchada.
Llevaba un manto de buen paño y una cadena con un medallón al cuello.
Masticaba algo, con la mandíbula girando muy despacio hacia un lado.
La gente se apartó para dejarlo pasar. Sir Eustace de Fothriff, sheriff de Perth, se detuvo ante la mesa.
—Me han dicho —empezó, con una voz grave y cansada— que hay una mujer en la plaza que vende un rojo que no se puede comprar. —Escupió algo discretamente en un pañuelo—. Perdone. Es clavo. Para la muela. Mi médico dice que es inútil, pero mi mujer insiste.
Sorcha no pudo evitarlo. Una sonrisa le tiró de la comisura.
—Sir Eustace.
—¿Me conoce?
—Torquil me ha hablado de usted. Por cartas.
—Ah. —El sheriff se frotó la mejilla—. La cuñada del MacRannoch. La de la cédula. Ya me lo temía. —Miró el paño—. ¿Es este?
—Sí.
Eustace se inclinó. Observó el rojo largo rato, sin tocarlo. Tenía los ojos pequeños y legañosos, de quien lleva años viendo mentiras con la misma paciencia con que otros ven llover. Se enderezó con un crujido de rodillas.
—Es un rojo muy bonito —concedió—. No sé nada de rojos. Yo juzgo a ladrones, a deudores y a vecinos que se pelean por una vaca. No soy un tintorero. —Masticó—. ¿Qué quiere usted de mí, señora?
—Nada.
—Nadie quiere nada de un sheriff. Todos quieren algo.
—Quiero que me escuche —respondió Sorcha—. El día de San Andrés. En la curia. Cuando llegue el momento.
—Eso es lo que hago. Escuchar. —Suspiró—. Es lo único que hago. Escucho. Después decido, y todos se enfadan.
—Traeré pruebas.
—Todos traen pruebas. Algunos traen anécdotas. —Alzó un dedo—. Si me trae usted una anécdota, se la devuelvo.
—No será una anécdota.
Eustace la miró con una expresión curiosa, algo más atenta. Después sacó un clavo del bolsillo, lo mordió con una mueca y asintió, despacio, como quien toma nota.
Fue entonces cuando el murmullo de la plaza volvió a cambiar.
Los hombres que formaban corro se apartaron de nuevo.
Esta vez con más prisa. Con ese gesto instintivo, casi animal, que se hace ante algo que huele a dinero y a peligro.
Y por el pasillo avanzó un hombre rechoncho, vestido de terciopelo verde, con las manos cruzadas a la espalda y una sonrisa de bondad perfecta.
Detrás, a dos pasos, una sombra enorme con unas tijeras en el cinto.
Sorcha sintió que se le quedaban frías las manos.
—Sir Eustace —saludó Maistre Wouter, con una reverencia perfecta—. Qué casualidad.
—Maistre.
—Y usted debe de ser la señora Sorcha MacKerron. —Se volvió hacia ella, con los ojos azules brillantes—. Por fin. He oído hablar tanto de usted. Dicen que teje maravillas.
Sorcha no se levantó. Tampoco apartó la vista.
—Es usted muy amable —prosiguió Wouter, con voz suave—.
Y muy joven. Qué lástima. —Sus ojos bajaron hasta el borde de la manga, donde el puño, al apoyar las manos sobre la mesa, había dejado a la vista la muñeca.
Un rastro azul, pálido, sobre el hueso, del tamaño exacto de cuatro yemas—.
Veo que mi siervo le ha dejado su firma.
Sorcha no ocultó la muñeca. No la movió. La dejó donde estaba, a plena luz, al alcance de cualquiera.
—Que manche —dijo.
Se hizo un silencio muy fino. Eustace, que había dejado de masticar, la miró con las cejas alzadas. Wouter parpadeó una vez, despacio. Sonrió de nuevo, pero algo en la sonrisa había cambiado de peso.
—Una mujer de carácter —murmuró—. Me gustan.
—A mí no —respondió Sorcha.
—Qué pena. —Hizo otra reverencia—. Sir Eustace. Señora.
Se marchó. Ansel lo siguió, sin ruido, y al pasar junto a la mesa inclinó levemente la cabeza hacia ella, como quien saluda a un viejo conocido.
El sheriff tardó un buen rato en hablar. Sacó otro clavo. Lo mordió. Suspiró.
—Vendrá a hablarme —anunció al fin— antes del día de San Andrés. A mi casa. Con ese paño.
—Iré.
—Y señora. —Se tocó la mejilla hinchada con una mueca—. La próxima vez que diga «que manche» delante de un flamenco, avíseme antes. Para poder hacerme el distraído.
Se alejó, encorvado, rumiando su clavo y sus pensamientos. Sorcha se quedó sentada, con las manos temblándole bajo la mesa, y una sensación ligera, casi absurda, de que acababa de ganar su primer combate.
• • •
Griet apareció diez minutos después, con una cesta de anguilas que no había comprado y una expresión de intensísima inocencia. Detrás, a media vara, caminaba Catriona con las manos en la espalda, mirando los tejados como quien cuenta cigüeñas.
—Bueno —dijo Griet, dejando la cesta sobre la mesa—. ¿Quién era ese caballo?
—El sheriff.
—Ah. ¿Y el otro? ¿El del terciopelo?
—Wouter.
—Ah. —La viuda se quedó muy quieta—. Ese huele peor de lo que me contaron. Hay que reconocerle el mérito: la lavanda no le tapa nada.
—Le has dicho «que manche» —murmuró Catriona, sin moverse—. Delante de todos. He tenido que hacer un esfuerzo para no aplaudir.
—No lo he pensado.
—Se nota. Salió mejor.
Sorcha se echó a reír, de pronto, sin ruido, con los hombros, y tuvo que apoyar la frente sobre la mesa. Una mujer con una cesta de nabos se detuvo a mirarla con aprensión.
—Es que me han contado un chiste —explicó Griet, con aplomo.