TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 32. La oferta de las siete tinas
88%

Capítulo 32. La oferta de las siete tinas

Quien gana tiempo está pagando con otra moneda, y casi siempre más cara.

A la mañana siguiente, Ansel abrió la puerta del sótano con una bandeja en las manos.

—El maistre desea que desayune usted —anunció, en voz muy baja—. Hay gachas. Y un cojín.

—¿Un cojín?

—Para el camastro. Ha pensado que no dormiría bien.

Murdo miró el cojín. Era de terciopelo verde, con borlas doradas, y olía a lavanda a tres varas de distancia. Lo cogió con dos dedos, como se coge un animal muerto, y lo dejó caer sobre el jergón.

—Dígale al maistre que le agradezco el detalle.

—Se lo diré. —Ansel inclinó su enorme cabeza rapada—. Se pondrá muy contento.

Murdo comió las gachas de pie, sin sentarse, mirando a ratos la reja de la ventana. Eran buenas. Eso le molestó más que todo lo demás. Un hombre que te encierra y te alimenta bien es un hombre que ha pensado en el largo plazo.

A media mañana vino Rik.

Lo sacó del sótano por la escalera de servicio, con una soga floja alrededor de las muñecas que Murdo no tuvo que fingir que le molestaba, y lo llevó por el patio, entre bastidores de paños colgados y cubos que olían a mil cosas.

Rik caminaba delante, con un hombro más alto que el otro, tarareando entre dientes.

Era la misma tonadilla que cantaba hacía diez años cuando alguien se equivocaba con un mordiente.

—Cuánto tiempo, tintorero —comentó, sin volverse—. Dicen que has estado en un castillo. Con comida caliente y una dama que te cosía las camisas.

—Dicen muchas cosas.

—Yo no digo nada. —El ojo medio cerrado le brilló—. Pero he pensado en ti. Todos los días. A veces, cuando lavo, me acuerdo de tu espalda.

Murdo no contestó. Contó los pasos hasta el taller. Veintidós. Después, la puerta, y el calor.

• • •

El taller de Wouter tenía siete tinas.

Era lo que la gente llamaba, con una mezcla de envidia y reverencia, «las siete tinas del escarlata»: siete calderos de cobre del tamaño de un bote, dispuestos en hilera sobre otros tantos hogares de ladrillo, cada uno con su chimenea y su chorro de vapor.

A lo largo de las paredes se extendían tendederos de vigas, y de las vigas colgaban, ya tejidos, ya cardados, veinte paños de lana fina del largo de un hombre, todavía de un blanco sucio, esperando.

Los paños del rey.

Murdo se detuvo. A pesar de todo, algo en su pecho respondió: el oficio. Era hermoso. Un taller de aquella escala, con los hogares encendidos y el vapor subiendo en columnas, era algo para lo que se nacía.

Wouter lo esperaba junto a la primera tina, con las manos a la espalda, vestido de terciopelo, sonriendo.

—¿No es magnífico? —murmuró—. He tardado quince años en montarlo. Veinte paños. Siete tinas. Un mes. —Hizo un gesto amplio—. Y en el centro de todo, tú.

—No hay nada en el centro.

—Sí que lo hay. Ahí. —Señaló, con un gesto cortés, la primera tina—. El cobre más antiguo. Lo trajimos de Gante. Cada vez que lo enciendo pienso en mi padre.

Murdo bajó los ojos. Lo hizo sin querer.

Las patas de la tina eran cuatro bloques de piedra, y bajo ellas, en el suelo ennegrecido, estaba la losa.

Una losa cuadrada, de dos palmos de lado, con una grieta en la esquina.

Parecía una piedra cualquiera. Parecía lo que era: un trozo de suelo en el que nadie se detenía.

Alzó la vista rápidamente. Wouter lo observaba, con la cabeza ladeada, y una sonrisa un poco más fina.

—Es muy antigua —comentó, con suavidad.

—Es una piedra.

—Todas lo son. —El flamenco dio un paso—. Bien. Vayamos a lo nuestro. Quiero que me hagas una demostración. Una pieza pequeña. Una cuarta, nada más. Con tus ingredientes, con tu raíz, con tu mordiente. Ahora, delante de mí.

—No tengo la raíz.

—Tengo una carreta de ella. —Wouter sacudió la mano—. Rubia de Zelanda. Y la otra, la cuajaleche, la que usa tu familia. Ansel la compró en Dunkeld la semana pasada.

Murdo apretó la mandíbula. Cada detalle le decía lo mismo: aquel hombre no improvisaba. Había dado la vuelta al reino para tenerlo todo preparado.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque el mordiente tiene que reposar. —Alzó la cara, con una frialdad que no sentía—. Nueve días. Lo hacía mi padre en una cuba de madera, con orina y ceniza, y no se podía forzar. Un mordiente apresurado da un rojo que dura una semana. Eso ya lo tienes tú.

Wouter lo miró. Un largo instante. En sus ojos pequeños y azules, tan amables, algo pasó que Murdo no supo leer. Era lo más parecido a un cálculo que había visto en toda su vida.

—Nueve días —repitió.

—Nueve.

—Estamos a catorce de noviembre. Nueve días son el veintitrés. Quedaría una semana para teñir las veinte piezas. Es poco.

—Es lo que hay.

—Es muy poco.

—Entonces teñid con el vuestro, y lavadlo vosotros.

Rik, detrás, soltó un gruñido. Ansel, junto a la puerta, no se movió. Wouter se echó a reír, de pronto, con una risa suave, afectuosa.

—Ah, Murchadh. Qué carácter. —Se limpió los ojos—. Nueve días. Pero con una condición. Mientras prepares el mordiente, firmarás esto.

Sacó de su jubón un pergamino plegado. Lo desplegó con dos dedos.

Era un documento corto, escrito en tinta oscura, con una cruz en la parte inferior y un sello de cera.

Murdo lo reconoció antes de leerlo. No sabía leer.

Pero conocía esa cruz. La había hecho él mismo, con veinte años y una daga a un palmo de la garganta, sobre una mesa de roble.

—Es el contrato —dijo Wouter, con ternura—. De tu deuda. De tu servicio. Con la fecha y tu marca. Lo hicimos hace doce años. —Lo agitó levemente—. Quiero que lo ratifiques. Una formalidad. Ante testigos.

—No lo firmaré.

—Lo firmarás.

—No sé leer lo que dice.

—Te lo leeré yo.

—Entonces no me fío.

Wouter sonrió. Murdo notó que Ansel daba un paso, y otro, y que las tijeras tintineaban muy suavemente.

—Tienes razón —suspiró el flamenco—. No debería insistir. Eres un hombre libre en esta casa. Un huésped. —Dobló el pergamino y lo guardó—. Pero recuerda: si firmas, Torquil MacRannoch recibe hoy mismo su pax. Y si no firmas… bueno. Tengo mucho tiempo. Nueve días, hijo. Nueve días.

—No firmo.

—Es una pena. —Wouter hizo un gesto a Rik—. Llevadlo abajo.

Murdo se dejó conducir. Pero mientras cruzaba el taller, entre el vapor, miró de reojo, una última vez, la primera tina. La losa. La grieta.

Y se dio cuenta de que, durante todo el rato, el flamenco no había dejado de mirar el mismo punto.

• • •

Esa noche no durmió. Se sentó en el camastro, con la espalda contra el muro frío, y pensó en nueve días.

Eran pocos. Eran los que había podido comprar con una mentira de oficio, que era la única clase de mentira que sabía hacer. En nueve días podían pasar muchas cosas. Podía llegar un laird. Podía llegar una vieja pastora en una carreta. Podía llegar, de alguna manera, alguien con una llave.

Se obligó a no pensar en eso.

A medianoche, desde muy lejos, al otro lado de las tapias, un gallo cantó.

Un canto largo, ronco, ofensivo, a la hora más equivocada que podía elegirse. Murdo levantó la cabeza. Después, por primera vez en tres días, se echó a reír, bajito, en la oscuridad, con la cara entre las manos.