TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 31. Perth
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Capítulo 31. Perth

Una ciudad es un telar enorme, y casi nadie ve los hilos.

Sorcha entró en Perth por el puente de madera a media tarde del trece, sentada en el pescante de la carreta de Griet, con un manto de lana oscura, una cofia de viuda prestada y la llave colgada del cuello, quemándole el pecho.

Nunca había visto una ciudad tan grande.

Casas de madera y de piedra apretadas unas contra otras, con los aleros casi tocándose sobre calles estrechas, embarradas, llenas de gente que gritaba, de carros, de cerdos, de niños que corrían descalzos.

Olía a pescado, a humo, a cuero curtido, a pan recién hecho.

Sobre todo a gente. El ruido le entraba por los oídos como un enjambre.

Y sin embargo, a medida que avanzaban, fue sintiendo algo que no esperaba: una especie de calma.

Era un telar. Un tejido enorme, caótico, hecho de millares de hilos que se cruzaban sin saberlo. Y ella sabía mirar.

—No hables con nadie —le recomendó Griet por tercera vez, mientras guiaba la mula entre dos carretas—. Eso se te da de maravilla. Y si hablas, miente.

—No sé mentir.

—Aprende rápido. —Griet resopló—. En Perth todo el mundo miente. Incluso el gallo.

Hendrik, a su lado, desplegó las alas con una pasmosa naturalidad, en un gesto que podía interpretarse como una confirmación.

El barrio flamenco ocupaba una manzana junto al embarcadero, a espaldas del mercado de la lana: una docena de casas altas, de entramado oscuro, con ventanas enrejadas, almacenes en la planta baja y un olor intenso a lanolina y a especias.

Griet detuvo la carreta frente a una de ellas, la más estrecha, con una cigüeña de madera sobre el dintel.

—La casa de la viuda Lijsbet —anunció—. Mi prima segunda. Es viuda, rica y curiosa. Tiene un cuarto para cada una, un establo para la mula, y la lengua más larga de Perth. Si necesitas saber algo, pregúntale. Si no quieres que se sepa, no se lo digas.

Catriona, que había llegado un rato antes, a pie, por otro camino, esperaba apoyada en la puerta.

—Está a doscientos pasos de la tintorería —informó, sin saludar—. Rik hace la ronda cada dos horas. Hay dos hombres en el portón de día y tres de noche. Una puerta trasera, que da a un callejón junto al canal. Por la que Murdo sacó la llave.

—¿La has visto?

—La he mirado. Tiene un candado nuevo, pero la cerradura es la vieja. —Catriona la miró con una sombra de sonrisa—. Pensará que nadie recuerda aquella entrada.

—¿Y él?

—En el sótano. Con una ventana al patio. —Bajó la voz—. Lo he visto asomarse esta mañana. Está entero.

Sorcha cerró los ojos. Respiró hondo. Pasó un momento antes de poder hablar.

—Gracias.

—No me las des. Hazme caso, que es más útil. Esa llave no se usa hasta que sea el momento exacto.

—Lo sé.

—Dímelo otra vez.

—No se usa hasta que sea el momento exacto.

—Bien. Eres buena alumna.

—He tenido buena maestra —respondió Sorcha, con una media sonrisa temblorosa.

• • •

La cena en casa de la viuda Lijsbet fue la primera reunión pública de Sorcha MacKerron.

No lo era, en realidad. Había sido organizada con aire doméstico, de tertulia casual: cuatro mercaderes flamencos, un par de comadres, un cuenco de sopa y una jarra de vino rebajado.

Griet los había reunido con la técnica del pescador: una nota, una palabra, un guiño.

Pero eran las personas que Sorcha necesitaba.

Los que le debían dinero a Wouter. Los que le temían.

Los que, en el fondo, esperaban una ocasión.

Estaban todos en la sala baja, alrededor de una mesa larga, con las caras serias y las manos entrelazadas sobre el mantel.

Un hombre de barba negra, Pieter Vandenbroek, que vendía telas de Ypres.

Una mujer de mandíbula cuadrada, Marguerite, que comerciaba con tintes.

Dos hermanos pelirrojos, hijos de un pañero de Gante, que no abrían la boca.

Hendrik ocupaba una silla a la cabecera, con la cresta alzada, como presidente.

—Esta es la señora Sorcha —presentó Griet—. Es de las Highlands. Hace un rojo que no destiñe. Os lo ha demostrado Dios, y ahora os lo va a demostrar ella.

Sorcha se levantó. Se alisó la falda, por hacer algo con las manos. Notó el peso de ocho miradas. Y notó también, con asombro, que el pánico no llegaba.

No habló. Dejó que el silencio hiciera su trabajo. Contó cinco latidos. Seis. Siete. Los mercaderes se removieron en las sillas. El de barba negra carraspeó.

—Señora —dijo Pieter, al fin—. Le diré la verdad. Todos sabemos lo del escarlata de Wouter. Todos lo hemos visto lavarse. Pero cada uno tiene una familia. Una casa. Wouter nos presta el dinero para las lanas. Nos vende el alumbre. Si hablamos contra él, mañana cierran los muelles.

—Lo sé —respondió Sorcha.

—Entonces…

—Hay una pieza de escarlata del rey. Veinte paños para Navidad. —Los miró uno por uno—. Si en el palacio alguien lava uno, el rey preguntará quién lo vendió. Quién lo compró. Quién lo transportó. Quién lo calló. —Hizo una pausa—. No pagará Wouter solo.

El silencio cambió de textura. Marguerite dejó de golpear la mesa con los dedos.

—Un hombre que sabe que el escarlata destiñe, y lo vende, es un estafador —continuó Sorcha, con las manos juntas—.

Uno que lo sabe y lo calla es cómplice. Hay una forma de dejar de serlo.

Dicen que a los mercaderes de Brujas se les da bien: una declaración jurada, ante el sheriff, el día de San Andrés. Con el cuaderno de cuentas en la mano.

—Es peligroso —murmuró uno de los hermanos.

—Es más peligroso callar —respondió ella—. Yo lo he hecho toda mi vida. Cuesta mucho más.

Nadie habló. Hendrik, desde su silla, lanzó un cacareo breve, enfático, que pareció dar el asunto por zanjado.

Pieter Vandenbroek se pasó la mano por la barba. Miró a Marguerite. Marguerite miró a Griet. Griet, con los brazos cruzados y una expresión de santa paciencia, se limitó a esperar.

—Yo declaro —dijo al fin el de barba negra.

—Yo también —murmuró Marguerite.

Los hermanos se miraron. Uno asintió. Después el otro.

Sorcha sintió que le flaqueaban las rodillas. Se sentó con mucho cuidado, y bajo la mesa, donde nadie veía, apretó la llave con tanta fuerza que se le hundió en la palma.

• • •

A medianoche, cuando la casa entera dormía, Sorcha se echó el manto sobre los hombros y salió por la puerta del establo.

No fue lejos. Siguió el canal hasta el callejón, a la sombra de los aleros, con el corazón golpeándole el pecho, y se detuvo a veinte pasos de la tapia.

El cobertizo de Wouter era una masa negra contra el cielo estrellado.

Por la ventana enrejada de la planta baja, a ras de suelo, se filtraba un resplandor amarillo, muy pequeño, de vela casi consumida.

No vio a nadie. No esperaba verlo. Se quedó allí, quieta, en el frío, con las manos metidas en las mangas y la mirada fija en aquella luz.

—Aguanta —susurró, sin saber si hablaba con él o consigo misma—. Un poco más.

La luz parpadeó. Una sola vez. Quizá fue el viento.

Sorcha decidió que no.