Capítulo 30. Maistre Wouter huele a lavanda
Hay hombres que no levantan la voz porque nunca han tenido que levantarla.
Perth olía a pescado, a humo de leña y a río.
Murdo entró por la puerta del norte a media mañana del doce, mezclado con una recua de arrieros, el hatillo al hombro y las manos cubiertas con las vendas de lana gris que le había envuelto Sorcha.
Nadie lo miró. Era lo que tenía de bueno ser un hombre cualquiera: que en una ciudad de tres mil almas había mil como él.
Pasó junto al mercado, junto a los muelles donde los barcos flamencos descargaban fardos de lana, junto a la iglesia de San Juan, con sus campanas de bronce.
Cruzó el puente de madera. Siguió por la ribera del canal que traía agua desde el Tay para las tintorerías, un tajo oscuro y espumoso, lleno de colores: un chorro de añil aquí, un hilo de rubia allá, una nata amarillenta de gualda en la superficie, y debajo, siempre, el olor.
Aquel olor a orina caliente y a alumbre y a cardenillo que le había rondado en sueños durante dos años.
No le temblaban las piernas. Eso lo sorprendió.
La tintorería de Wouter de Gante ocupaba un cobertizo largo de piedra a orillas del canal, con una chimenea gruesa, un patio cerrado con una tapia alta y un portón de roble con herrajes.
Sobre el dintel, tallada en madera pintada, una enseña: una tina roja con una corona encima. El escarlata del rey.
Murdo se paró ante el portón. Respiró.
Llamó con tres golpes.
La rejilla se abrió. Detrás apareció un ojo medio cerrado por una quemadura, que lo miró un largo rato sin ninguna sorpresa.
—Rik —saludó Murdo.
—Tintorero.
—Vengo a ver al maistre.
—Ya lo sabe. —La rejilla se cerró. Los cerrojos giraron, uno, dos, tres—. Hace dos días que lo sabe.
• • •
Maistre Wouter de Gante estaba sentado a su mesa de trabajo, en la sala de cuentas, contando monedas con los dedos.
Murdo lo había visto hacerlo mil veces. Siempre igual.
Las monedas de plata en un montoncito a la izquierda, y con el pulgar y el índice de la mano derecha las iba pasando una a una a la derecha, con un clic suave, mientras sus labios se movían sin sonido.
Era un hombre rechoncho, de cincuenta y cinco años, con la cara redonda y rosada de un niño grande, el pelo fino y blanquecino peinado hacia atrás, y unos ojos pequeños, azules, de una bondad espantosa.
Vestía un jubón de terciopelo verde oscuro con botones de nácar.
Olía a lavanda. A lavanda y, debajo, a lejía.
—Murchadh —dijo, sin levantar la vista—. Siéntate, hijo.
Murdo no se sentó.
—Siéntate. Estás cansado. Se te nota en los hombros. —Colocó la última moneda en su sitio y levantó los ojos con una sonrisa cálida—. Ansel, trae vino caliente. Y pan.
—Sí, maistre.
El gigante estaba en la puerta. Murdo no lo había visto entrar. Con las tijeras en el cinto y las manos cruzadas sobre el vientre, parecía un enorme mueble de buena madera.
—Y tú también, Ansel. Come algo. Llevas dos días de pie.
—No como en público, maistre.
—Es un sótano.
—Es una casa.
Wouter suspiró con indulgencia, como un abuelo ante un niño caprichoso, y se volvió hacia Murdo.
—Qué hombre. Dos años a mi servicio y todavía no he conseguido que se siente a la mesa. Los viejos hábitos, ya sabes. —Se reclinó en el sillón—. Has tardado más de lo que esperaba. Mi sobrino apostó que vendrías en septiembre. Yo dije octubre. Cuando pasó octubre, empecé a preocuparme.
—He venido a entregarme.
—Lo sé. He recibido tu carta.
—No la envié.
—No. Esa la tiene tu amigo el buhonero. Pero mi fiel Ansel ha tenido la amabilidad de escribirme desde Dunkeld. —El flamenco juntó las yemas de los dedos—. Un hombre de mi oficio tiene muchos ojos, hijo.
Murdo sintió el frío de la ira bajarle desde la nuca.
—Quiero que cese la reclamación contra Torquil MacRannoch. Que le devuelvas el pax del paño.
—Naturalmente.
—Y las doscientas marcas.
—Por supuesto. Es lo justo. —Wouter sonrió—. Yo nunca quise perjudicar a nadie. Ese pobre laird se ha metido en esto sin saber. Un hombre de bien. —Chasqueó la lengua—. Pero hay una cosa, Murchadh. Un pequeño detalle.
Ansel entró con una bandeja. Dos copas de estaño. Una hogaza. Una jarra de vino humeante. La dejó sobre la mesa con los movimientos de un bailarín.
—El rey —prosiguió Wouter, sirviendo— me ha encargado veinte piezas de escarlata para el día de Navidad.
Para su corte. Las más grandes que se han tejido en este reino.
Por esa pieza me pagarán doscientas libras.
Y una pieza que destiñe… —Alzó las cejas con una pena infinita—.
Una pieza que destiñe delante de un rey, hijo mío, es la ruina de un hombre. Y de su casa. Y de su nombre.
—Tu escarlata no es rojo.
—Mi escarlata es lo que tengo. Para eso estás tú. —Le tendió una copa—. Para que lo sea.
Murdo miró el vino. No lo cogió.
—Tienes hasta Santa Lucía. Trece de diciembre.
Tres semanas y media. Con ese tiempo, haces el rojo de tu padre.
El de verdad. Cuando esté, firmo lo que quieras.
Libero a Torquil. Pago lo que haga falta.
—Sonrió con ternura—. Y tú te quedas aquí.
Con una buena cama. Con comida. Con tu oficio. Nadie te va a hacer daño.
—Eachann…
—Eachann fue un accidente.
—Lo mataste tú.
—No. —Wouter negó con la cabeza, y su voz no cambió, ni una nota—. Lo mató el aire. El aire, Murchadh. Un hombre sano y sensato no habría respirado ese vapor tantos años. Es una lástima. Yo lloré por él. —Se apretó el pecho—. Sinceramente.
Murdo apretó los puños. Notó que Ansel se movía un paso, no más.
—Sé lo que piensas —suspiró Wouter—. Que soy un monstruo.
No lo soy. Soy un hombre que trabaja. Que cuida a su gente.
Que quiere que el rojo del rey sea rojo.
—Dio un sorbo—. Y que sabe, también, que hay una joven callada en Dùn Dorcha que teje un escarlata mucho mejor que el mío.
Una mujer talentosa. Una pena que alguien tan valioso se pierda en un glen.
—Ella no sabe nada.
—Mi pobre muchacho. —El flamenco le dedicó una mirada de compasión sincera—. Todos saben algo.
Hizo una seña con la mano.
—Ansel. El sótano de las tinas viejas.
• • •
El sótano estaba bajo el cobertizo, en el nivel del canal. Un cuarto de piedra de tres pasos por cuatro, con un camastro, un cubo, una manta y una ventana alta, enrejada, que daba a ras del patio.
Cuando Ansel cerró la puerta, el sonido del cerrojo retumbó hasta los huesos.
Murdo se quedó un largo rato de pie, escuchando. Fuera, a través de la reja, llegaban los ruidos conocidos: el chapoteo de los cubos, el crujido de las poleas, la voz de Rik repartiendo órdenes. Se subió al camastro. Se agarró a los barrotes. Asomó la cara a la luz grisácea.
Treinta pasos más allá, en el centro del taller, junto al hogar, bajo el vapor, había una tina enorme de cobre ennegrecido.
La primera tina. Y bajo sus patas, apenas visible entre el hollín, una losa cuadrada de piedra gris, con una grieta en la esquina que Murdo conocía mejor que la palma de su mano.
Se quedó mirándola. No supo cuánto tiempo.
En el pecho, junto a la hebra de lana y la moneda de plata, el anillo de su madre pesaba como una promesa.