Capítulo 29. La llave
Un hilo cortado no es el fin del tejido: es el principio de otro nudo.
Despertó con la mano cerrada.
Lo primero que notó fue el frío. No el del aire, que el fuego había mantenido a raya hasta casi el amanecer, sino el de un hueco en la manta, a su espalda, donde había habido un cuerpo. Un hueco con forma de hombre. Todavía conservaba un poco de calor, como el nido de un pájaro que acaba de irse.
Lo segundo fue el peso.
Algo pequeño y duro le apretaba la palma. Abrió los dedos uno a uno, sin prisa, con la certeza anticipada de quien ya sabe lo que va a ver y se resiste a saberlo. Una llave. De hierro negro, con el ojo en forma de trébol y un diente roto. Sorcha la miró durante un tiempo que no supo medir.
No lloró. Eso la sorprendió. Había supuesto que lo haría, que se le llenarían los ojos como una artesa, que gritaría, que arrojaría la llave contra la pared.
En lugar de eso se sentó en el jergón, con la manta sobre los hombros, y se quedó mirando aquel pedazo de metal con una claridad fría, casi sobrenatural, como se mira un tejido cuyo error, por fin, se ha encontrado.
Había una puerta. Y él le había dejado la llave. Sorcha dio la vuelta al hierro entre los dedos y notó, en la caña, unas muescas finas, de limar a mano, que alguien había repetido muchas veces con paciencia infinita, como quien aprende de memoria una oración.
Lo entendió todo a la vez. Como cuando, tras un mes de tejer a ciegas, se levanta la pieza del telar y de golpe se ve el dibujo.
La llave abría la entrada trasera de la tintorería de Wouter.
La única que no tenía guardia. Murdo no se había ido a entregarse porque no tuviera esperanza.
Se había ido porque creía que, entregándose, ella tendría una oportunidad.
—Idiota —susurró.
Le tembló la voz. Se tapó la boca con la mano. Respiró hondo.
—Idiota. Idiota. Idiota.
La puerta de la cabaña se abrió sin llamar. Catriona entró con una taza humeante en cada mano, la capucha cubierta de rocío y la cara de quien no ha dormido y lo ha hecho a propósito.
—Estás despierta.
—Se ha ido.
—Hace seis horas.
—¿Lo dejaste?
—Lo vi. —Le tendió una taza—. Es distinto.
Sorcha aceptó el cuenco con las dos manos. Era caldo de avena, tibio y espeso, con un chorro de leche. Lo bebió despacio. La carta de Tam seguía arrugada junto al jergón, y la cogió con la otra mano, y la miró, y la apretó hasta que el pergamino crujió.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Catriona.
—No lo sé.
—Mentira.
Sorcha levantó la vista.
—Lo sabes. —Catriona se sentó en el suelo, con la espalda contra el muro—. Llevas un mes sabiéndolo, aunque no lo supieras. Esto es lo que haces tú. Callas, miras, te enteras de todo. Y luego, de golpe, lo sueltas entero, como una pieza que se baja del telar.
—Me ha dejado.
—Te ha dejado una llave.
—Es lo mismo.
—No. —Catriona sonrió apenas—. Si te hubiera dejado un adiós, te habría dejado un adiós. Te ha dejado una puerta. —Señaló el pedazo de hierro con la barbilla—. Un hombre que se despide no deja herramientas.
Sorcha apretó la llave en el puño. Estaba caliente. Tardó un momento en darse cuenta de que era el calor de su propia mano.
—Esto no se lo perdono —dijo.
—Claro que no.
—No lo voy a perdonar en mucho tiempo.
—Probablemente.
—Pero voy a ir a buscarlo.
—Ya lo suponía.
—No para rescatarlo. —Se puso en pie, con la manta cayéndole de los hombros, y sintió una cosa extraña, un calor sereno, creciendo desde el centro del pecho—. Eso es lo que él espera. Que alguien lo rescate. Que lo salven. Voy a ir a ganar.
Catriona la miró, desde abajo, con unos ojos muy serios y una comisura temblando.
—Esta vez, tú delante.
—Esta vez, yo delante.
Cuando Catriona salió, Sorcha se quedó sola en la cabaña.
Dobló la manta. Barrió con el pie las cenizas del hogar.
Cogió un cordón de cuero de su hatillo, pasó la llave por el ojo en forma de trébol y se la colgó al cuello, bajo el vestido, junto a la cinta.
El hierro le quedó frío un instante sobre la piel. Después se fue calentando.
Se dio cuenta de que estaba sonriendo, y de que no tenía ninguna gana de hacerlo, y de que no podía evitarlo. Era la sonrisa de quien por fin sabe qué hilo tiene que tirar.
• • •
Los reunió en el cobertizo, a media mañana.
Griet, con el gallo bajo el brazo, mirando a todos lados con ojos desorbitados y la cofia torcida.
Cailean, con los restos de un desayuno de queso y avena en las manos, y una expresión de curiosidad inquieta.
Catriona, apoyada en el marco de la puerta.
Y Sorcha, de pie, al fondo, con las dos manos a la espalda.
Nunca había hablado delante de tanta gente. Pensó que le temblaría la voz. No tembló.
—Murdo se ha ido a Perth. Se entrega hoy o mañana. Wouter lo encerrará en la tintorería, como el siervo que cree que es. —Respiró—. No voy a dejar que se quede allí. Ni voy a entrar a rescatarlo. Quiero que acabe esto de la única manera que sirve: delante de un juez, con pruebas y con testigos.
—Eso es lo que hemos hecho todo el viaje —murmuró Cailean.
—Sí. Y falta una pieza. El recibo bajo la losa. —Levantó la llave—. Y esta es la puerta.
Hubo un silencio. Griet soltó un silbido bajo, de admiración.
—Necesito cuatro cosas —prosiguió Sorcha—. Primera: Cailean, vas a Dùn Dorcha. Cabalgas sin parar. Le dices a Torquil lo que ha ocurrido. Que traiga a Ailsa y a quienes pueda reunir. Y que pase por Gleann Gorm.
—¿A qué?
—A buscar a una mujer de ochenta años y llevarla a Perth en una carreta.
Cailean se quedó mirándola. Luego asintió, muy despacio.
—Voy a buscar a una vieja, a un laird gruñón y a una carreta —enumeró—. Me siento valorado.
—Lo estás.
—Gracias.
—Segunda: Griet.
—¡Aquí!
—Tu cuaderno, tu lejía y tus mercaderes flamencos. Los quiero a todos en Perth antes del día de San Andrés. Dispuestos a declarar.
—Los tendrás —juró la viuda, golpeándose el pecho con el puño, y Hendrik, ofendido, cacareó una protesta.
—¿Y si el flamenco no quiere venir a declarar? —preguntó Cailean—. Los mercaderes son delicados.
—Griet sabe qué hacer con los delicados.
—Los llevo por las orejas —confirmó Griet—. Es lo que se hace con los gallos.
—Tercera: Catriona.
—Dime.
—Necesito saber cómo es esa tintorería por dentro. Quién entra, quién sale, a qué hora. Y dónde está esa losa.
—Eso es fácil. —Catriona sonrió—. Es lo que mejor se me da.
—Y cuarta. —Sorcha se tocó el pecho, donde llevaba la cinta enrollada, la carta, el retal rojo—. Yo.
—¿Tú? —preguntó Griet.
—Yo voy a hablar.
Nadie dijo nada. Solo se oyó el viento, y a lo lejos, el graznido de un cuervo.
—Es lo único que no he hecho nunca —añadió Sorcha, con una media sonrisa—. Voy a hacerlo bien.