Capítulo 28. Despedida sin palabras
Algunas despedidas no se dicen: se dejan sobre la mesa, como un plato caliente que alguien encontrará más tarde.
Murdo pasó el diez de noviembre fingiendo que no iba a irse.
Lo hizo bien. Era su único talento verdadero, después del rojo: pasar horas de pie con una cara tranquila mientras por dentro se desmoronaba algo.
Desayunó con Griet, que le dio un golpecito en la mejilla con la mano llena de harina.
Ayudó a Cailean a reparar un eje de la carreta, entre bromas sobre carpinteros y bardos.
Escuchó a Catriona exponer un plan de tres fases, con dibujos en la tablilla, para infiltrar a alguien en la tintorería de Wouter y sacar el recibo de debajo de la losa sin que nadie se enterara.
—Es lento —admitió ella—. Seis semanas. Quizá cinco.
—No tenemos cinco —murmuró Murdo.
—Lo sé. Pero es mejor que lo otro.
—¿Qué es lo otro?
Catriona lo miró a los ojos.
—Lo que estás pensando.
Murdo apartó la vista.
Sorcha no le habló en todo el día. No por rencor.
Había una cortesía helada en sus gestos, una precisión en el modo de pasarle el pan o de moverse a su alrededor que dolía más que una discusión.
Dos veces la sorprendió mirándolo, a lo lejos, con una expresión que no sabía leer, y las dos veces ella apartó los ojos primero.
Una vez, al anochecer, junto al pozo, la vio quedarse quieta con un cubo en la mano, mirando la cima de una montaña.
Él quiso acercarse. Se dijo que sería peor.
A media tarde, mientras nadie miraba, se acercó al gallo. Hendrik estaba encaramado en el borde de la carreta, con la cresta altiva y un ojo naranja puesto en el horizonte. Murdo le tendió un trozo de pan.
—Cuídala —murmuró.
El gallo lo miró. Picó el pan. Luego, con una calma casi diplomática, le picó también el dedo.
—Eso es un sí —interpretó Murdo—. Gracias.
Se alejó con una sonrisa torcida, y no se dio cuenta de que Griet, desde el pescante, lo había visto todo, y se había quedado muy callada, con la mano apretada sobre el corazón.
Esa noche, en la cabaña, cuando se tumbaron los dos en el jergón sin hablar, con un palmo de aire entre los cuerpos, ella se dio la vuelta hacia la pared y dijo en voz baja:
—Dijimos mañana.
—Sí.
—Mañana es hoy.
—Lo sé.
—Entonces buenas noches.
—Buenas noches.
Murdo se quedó mirando la oscuridad.
Pasó una hora. Dos. El fuego, que Murdo no se atrevió a atizar, se fue reduciendo a un ojo rojo que parpadeaba en el hogar.
El fuego bajó. Fuera ululó un búho, y otro le respondió, y después hubo ese silencio denso, aterciopelado, que precede a la madrugada.
Oyó cómo la respiración de Sorcha cambiaba.
Se alargaba. Se aflojaba. Esperó todavía un rato más, contando, como contaba las tinas.
Después, muy despacio, con un cuidado que le dolía en los dedos, se incorporó.
Ella dormía de costado, con una mano bajo la mejilla y el pelo desparramado sobre la manta. Un mechón le cubría la boca, y se movía con cada soplo. A Murdo le pareció, de pronto, la cosa más frágil que había visto en su vida, y la más fuerte.
Buscó la cinta de siete franjas. La tenía Sorcha bajo la almohada de lana, enrollada, como cada noche.
Se arrodilló. La sacó con dos dedos, sin hacer ruido.
Desató con las uñas el cabo de la última franja, la del granate, y rebuscó en el dobladillo del extremo, donde él mismo había cosido, quince meses atrás, un pequeño canuto de lana prensada.
Dentro había una llave.
Pequeña, de hierro negro, con el ojo en forma de trébol y un diente roto.
La había robado de la cintura de Wouter, en una noche de lluvia de mil ciento cincuenta y ocho, con el corazón en la boca, y la había llevado cosida a la ropa mientras huía.
La de la puerta trasera de la tintorería.
La del cuarto de las tinas. La llave que abría la única entrada que Wouter no guardaba con hombres.
La sostuvo un momento sobre la palma. Pesaba muy poco.
Volvió a enrollar la cinta. La dejó donde estaba. Y con mucho cuidado, con los dedos temblando, abrió la mano de Sorcha, que dormía con la palma hacia arriba, y le puso la llave dentro. Le cerró los dedos uno a uno.
—Perdóname —murmuró, sin voz.
Ella no se movió. Murdo se inclinó. Le besó la frente. Una sola vez, con los labios apenas posados sobre la piel, como se toca una llama para ver si quema.
Se vistió a oscuras. El hatillo. La manta gris.
En el justillo, el saquito de cuero con el anillo, el mechón de Eachann, la hebra blanca, la moneda de plata mordida.
Se las apretó contra el pecho, y por un instante, un solo instante, estuvo a punto de volver a tumbarse a su lado y quedarse allí hasta que el mundo se acabara.
Abrió la puerta.
El frío le golpeó la cara. La luna estaba baja, a punto de ponerse, y el patio se veía azul, helado, cubierto de escarcha. A su derecha, junto al cobertizo, una figura estaba sentada en un tronco, con una manta sobre los hombros y una tablilla sobre las rodillas.
—Llegas tarde —dijo Catriona, sin levantar la vista—. Te esperaba a las tres.
Murdo se quedó petrificado.
—Catriona…
—No te voy a detener. —Alzó por fin los ojos. Estaban muy serenos—. Si te detengo, te vas mañana. O pasado. Es lo que hacen los que ya han decidido. Los detienes un día y se van al siguiente, con más rencor.
—Entonces ¿por qué…?
—Para decirte una cosa. —Se levantó. La manta le resbaló de los hombros—. Eres un idiota. Un idiota con un buen corazón, que es la peor clase.
—Lo sé.
—Ha dormido con la llave en la mano, ¿verdad? Se la has puesto tú.
—Sí.
—Cuando despierte, la va a mirar. Y entonces va a entender que le has dejado la única herramienta que sirve para entrar en el sitio al que vas. —Catriona sonrió, con una amargura enorme—. Te vas a entregar para que ella tenga una puerta. No sé si eso es lo más generoso o lo más cruel que he visto.
—Las dos cosas.
—Las dos cosas.
—¿Llevas pan? —preguntó Catriona, de pronto práctica.
—Para dos días.
—¿Y después?
—Después seré huésped de un flamenco. Dicen que alimenta bien a sus siervos. Al menos los quiere vivos.
—Qué consuelo.
—Es el que hay.
Se quedaron un momento en silencio. El viento movió las ramas de un pino.
—No me sigas —pidió él.
—Esto no es una pregunta. Es un rastro. —Catriona se echó la capucha—. Os seguiré a los dos. A ti por delante y a ella por detrás. Lo que decida cada uno es cosa vuestra. Lo que haga yo, también.
Murdo asintió. No pudo hablar. Se ajustó el hatillo al hombro y echó a andar por el camino de la escarcha, con las botas crujiendo en el silencio, sin volverse a mirar la cabaña.
No se volvió. Sabía que si lo hacía no llegaría a la primera esquina, y todavía le quedaba un camino entero por andar.