Capítulo 27. La carta de Tam
Hay silencios que protegen y silencios que roban, y la diferencia solo se ve cuando ya es tarde.
Sorcha despertó con luz.
Una luz gris, lechosa, que entraba por la rendija de la puerta y le dibujaba una raya en la manta.
Tardó un momento en recordar dónde estaba.
Después notó el peso de un brazo sobre su cintura, el calor de un cuerpo a su espalda, el olor a humo y a brezo, y sonrió con los ojos cerrados, a ciegas, con una felicidad tan simple que casi le dolió.
Mañana, había dicho él. Con luz.
Se dio la vuelta. Murdo dormía boca arriba, con una mano sobre el pecho y el pelo revuelto, y en el sueño había perdido la tensión de la mandíbula que le daba aspecto de hombre acorralado.
Parecía más joven. Parecía alguien a quien nadie ha mentido nunca.
Sorcha se quedó mirándolo un buen rato, con una ternura que no sabía dónde guardar.
Fuera, alguien carraspeó.
Una tos seca, educada, de quien lleva tiempo esperando y no quiere ser desconsiderado. Después, el golpe de unos nudillos en la madera.
—¿Señora? —susurró una voz masculina, desde el otro lado de la puerta—. Señora Sorcha. Perdone la hora. Es un asunto… de cierta delicadeza.
Sorcha se levantó. Se echó el manto sobre los hombros y abrió una rendija.
Tam el Buhonero estaba en el umbral, con el sombrero en las manos y los otros dos colgando de la correa, y la cara de un hombre que lleva dos días sin dormir y tres semanas sin saber qué hacer con una cosa que pesa más que su fardo.
—Perdone —repitió—. Es que me he encontrado en el camino a la mujer del gallo, y me ha dicho que estaban aquí. —Se frotó la nariz—. No puedo más.
—¿Con qué?
—Con esto.
Metió la mano en la bolsa interior, entre un peine de cuerno y un manojo de agujas. Sacó un pergamino plegado en cuatro, con un sello de cera negra y un hilo azul.
Sorcha no lo cogió enseguida. Miró aquel hilo. Azul. Un cabo de glasto.
—¿Qué es?
—Una carta. De Murchadh. Para el sheriff de Perth. —Tam tragó saliva—. Me pidió que la entregara el diez de noviembre si él no había vuelto a Dùn Dorcha. Yo juré. Pero es que… —Se le quebró la voz—. Es que no me parece justo. Prefiero que me mate él a que lo mate esto.
Se la puso en la mano. Sorcha sintió el peso exacto de una cosa pequeña y definitiva.
Rompió el sello.
• • •
Murdo se despertó con el ruido de la cera al quebrarse.
Sorcha lo vio abrir los ojos, y lo vio comprender, en un solo parpadeo, lo que ocurría. Su rostro se vació. Se incorporó sobre un codo, con la manta resbalándole del pecho. Miró el pergamino. Miró a Tam, que se había quedado en la puerta, encogido. Miró a Sorcha.
—Sorcha.
—No sé leer en voz alta —dijo ella, con una calma que no se parecía a ninguna que hubiera sentido nunca—. Pero lo voy a hacer. Por ti. Para que no tengas que.
—No…
—«A Sir Eustace de Fothriff, sheriff de Perth —leyó—.
Yo, Murchadh mac Gille-Brìghde, tintorero, reconociendo que soy el siervo fugado de Maistre Wouter de Gante, me entrego voluntariamente a su autoridad.
Ruego que cese toda reclamación contra el laird Torquil MacRannoch y contra su clan, que me dio asilo sin conocer mi condición.
Pido que se le restituya el pax del paño y se anulen las doscientas marcas.
Que se me castigue a mí, y solo a mí». —Hizo una pausa—.
«Adjunto mi sello. Escrito el veintidós de octubre, junto al molino de Allt Odhar».
El silencio llenó la cabaña.
—Del veintidós —repitió Sorcha—. La noche del beso.
—Déjame explicarte.
—Estabas dispuesto a entregarte. Desde el principio. Mientras me tomabas la mano en el carro. Mientras me contabas lo de Eachann.
—Sorcha…
—Mientras me decías que cuando esto acabara me ibas a pedir algo.
Él se levantó. Se puso los calzones con prisa torpe, sin dejar de mirarla.
—Iba a decírtelo hoy. Lo juro. Anoche te lo dije: mañana, con luz. No te mentí. Respeté el pacto.
—El pacto era que no me mintieras. —Ella dobló el pergamino con unos dedos que apenas obedecían—. Y que no decidieras por mí. Las dos cosas. Dijimos las dos cosas.
—Lo sé.
—Decidiste por mí.
—Decidí por ti y por todos. —Tenía la voz rota—. Torquil no puede pagar doscientas marcas. Wouter no se va a detener. Si me entrego, se acaba. Nadie más sufre. Tú…
—Yo, ¿qué?
—Tú vuelves a tu telar.
—A mi telar. —Soltó una risa corta, amarga—. ¿Con qué manos, Murdo? ¿Con las que me has enseñado a usar? ¿Con la lengua que me has soltado? ¿Con el rojo que me dejaste?
—Con una vida.
—No es una vida. Es una celda con ventana.
Sorcha notó que le ardían las mejillas. No de vergüenza.
De una furia fría y limpia que le subía por las costillas como la savia, y que no se parecía a nada que hubiera sentido hasta entonces.
Había pasado la vida callando para evitar aquello: el temblor en la voz, el brillo en los ojos, el riesgo de decir la frase que no se puede recoger. Y descubría que era un alivio.
Detrás de ella, Tam hizo un ruido leve, como de ratón arrinconado, y salió de espaldas por la puerta con el sombrero contra el pecho. Nadie lo detuvo.
Murdo se pasó las manos por la cara. Tenía los ojos rojos.
—Sorcha, escúchame. Por favor. Hay algo que…
—No. Ahora escúchame tú. —Se acercó un paso.
Era mucho más pequeña, y por una vez no lo pareció—.
Tenemos la casulla. Tenemos el libro de la abadía.
Tenemos la tarja, el retal de tu padre, el cuaderno de Griet, la prueba de la lejía.
Tenemos una mujer que declarará y una vieja que declarará.
Nos falta un recibo bajo una losa, y lo vamos a conseguir.
Pero lo vamos a conseguir entre todos. Lo vamos a hacer juntos.
—Respiró hondo—. Y tú me lo has quitado.
Antes de empezar. Me has hecho una despedida en un pergamino.
—Era para protegerte.
—No me protegías. Te escondías. Otra vez.
Aquello lo golpeó como una bofetada. Murdo se quedó inmóvil, con la boca entreabierta, y por un instante Sorcha creyó que se iba a derrumbar. Luego algo cambió en su rostro. Una serenidad dura, fría, que ella no le había visto.
—Dame hasta mañana —pidió, con una voz que no era suya—. Hasta mañana. Lo hablamos con Catriona. Con todos. Decidimos juntos.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Sorcha lo miró. Un largo rato. Buscó en aquellos ojos negros algo que le dijera si era verdad. Encontró algo, sí, pero demasiado hondo para leerlo. Un hilo muy tenso. Un nudo apretado.
Quiso creerle. Con toda su alma. Por eso, mucho tiempo después, se acordaría de aquel instante como el único de todo el viaje en que se equivocó leyendo.
—Hasta mañana —concedió.
Le dio la espalda. Salió al frío de la mañana, con el pergamino arrugado entre los dedos y los ojos escociéndole, y por primera vez desde que había aprendido a hablar deseó, con todas sus fuerzas, que no existieran las palabras.