Capítulo 26. La noche
Hay noches que no se cuentan: se guardan, como se guarda el último hilo de un tejido para el remate.
La cabaña del guarda de Glen Almond estaba vacía desde hacía años, y tenía un techo entero, una chimenea que tiraba bien y un jergón de brezo seco que olía a verano.
Fue Catriona quien la encontró, al caer la tarde del ocho, y quien decidió con una naturalidad perfecta que ella dormiría con Cailean y la mula en el cobertizo de al lado, que Griet prefería la carreta por el gallo, y que la cabaña «era para los que necesitaran un techo de verdad».
—Hay un techo de verdad en el cobertizo —observó Cailean.
—Tiene goteras.
—Está seco.
—Tiene una gotera filosófica. —Catriona lo agarró del codo—. Te va a gustar.
—No me gusta la filosofía.
—Es una gotera pequeña.
Se lo llevó con una dignidad implacable. Griet, desde el pescante, les dedicó una sonrisa de abuela satisfecha y un guiño que hizo enrojecer a Murdo hasta el cuello.
Se quedaron de pie en el umbral, mirándose, con la puerta abierta al frío y el humo de la chimenea escapando hacia el cielo. Sorcha cerró despacio. Echó el cerrojo de madera.
—Tenemos que encender el fuego —dijo ella.
—Sí.
—Y comer.
—Sí.
—No tengo hambre.
—Yo tampoco.
Encendió el fuego él, arrodillado ante el hogar, con las manos temblándole un poco sobre la yesca.
Murdo había prendido mil hogueras en su vida, a oscuras, bajo la lluvia, con los dedos entumecidos.
Aquella le costó tres intentos. Cuando las llamas por fin se alzaron, se quedó mirándolas sin moverse, con la sensación de que si giraba la cabeza algo se rompería.
Unas manos pequeñas se posaron sobre sus hombros.
—Estás temblando.
—Hace frío.
—No hace frío.
—No. —Soltó el aire—. Tengo miedo.
—¿De qué?
—De hacerlo mal. —Se rio, bajito, sin humor—. Doce años sin tocar a nadie. Dos sin tocarte a ti, que es peor. Y ahora tengo tanto que decir y tan pocas ganas de mover la lengua que creo que me voy a quedar mudo.
—Entonces no digas nada.
—Eso no es un plan.
—Es el mejor que tengo. —Sintió unos labios en la nuca. Una vez. Muy suaves—. Verdad o silencio.
Se giró. Ella estaba arrodillada a su espalda, con el fuego dibujándole la línea de la mejilla y los ojos oscuros muy abiertos, grave, sin una sombra de burla.
La miró como un hombre que despierta de un sueño y no está seguro de que no sea otro.
Levantó una mano azul. Se detuvo a un palmo de su cara.
—Dime que sí.
—Sí.
—Dímelo otra vez.
—Sí, Murdo.
Entonces la tocó. Con una lentitud casi reverente, como se toca una tela que no se quiere arrugar.
Le apartó un mechón de pelo de la sien. Le recorrió el pómulo con el pulgar, dejando en la piel, sin que ninguno de los dos lo notara, un rastro tenue de azul.
La besó en la frente. En el párpado. En la comisura de los labios. En la boca.
Ella lo atrajo hacia sí con las dos manos aferradas a su camisa.
Después hubo cosas que no se dijeron. Hubo un fuego que ardía bajo y dorado y proyectaba dos sombras largas sobre la pared de piedra.
Hubo un jergón de brezo que crujía. Hubo manos que aprendían: las suyas, anchas, ásperas, cuidadosas hasta el dolor; las de ella, pequeñas, seguras, que sabían contar los hilos y que encontraron en su cuerpo cada cicatriz, cada tensión, cada lugar donde no había que apretar.
Hubo un momento en que Murdo se detuvo, con la respiración rota, y le tomó la cara entre las manos.
—¿Segura?
—Segura.
—Si quieres parar…
—Si quiero parar, te lo digo. —Sonrió con la voz temblorosa—. Es el pacto.
—Es el pacto —repitió, y se rio contra su cuello, y pensó que aquella risa, la de ella, tan ligera, tan inesperada, era lo más hermoso que había oído en su vida.
Hubo, también, una manta que se cayó al suelo, y un pie helado que buscó calor, y una protesta ahogada, y una carcajada. Hubo un largo rato en el que no existió nada más que el fuego, la piel y una sensación tranquila y absoluta de estar, por fin, en el único lugar posible.
Y hubo algo que Murdo no había previsto.
Cuando ella pasó las yemas por su espalda, por las cicatrices, no se detuvo.
No buscó, no tanteó, no preguntó. Las recorrió como se recorre un camino conocido, hasta el final, con la misma ternura que había puesto en el resto, y él notó que algo muy viejo, muy doloroso, se aflojaba por completo en el centro del pecho.
Después, mucho después, cuando el fuego se había vuelto brasa y la cabaña olía a humo, a brezo y a algo suyo, que era de los dos, se quedó tendido con la cabeza de ella sobre su pecho y el brazo alrededor de sus hombros, y los dedos dibujando sin parar un hilo invisible sobre su piel.
—¿Qué haces? —murmuró Sorcha, medio dormida.
—Tejo.
—No sabes tejer.
—Tú me estás enseñando.
Rieron. Fuera, el viento se movía entre los pinos. En algún lugar lejano, un búho respondía a otro. A Murdo se le ocurrió que si alguien le hubiera preguntado, en aquel momento, qué era la felicidad, habría dicho que era eso: un peso, una brasa y una respiración que iba al compás de la suya.
Y que no tenía derecho a ella.
La idea le cayó encima como una losa. En el justillo, tirado junto al fuego, estaba la carta de Tam, o mejor: estaba la sombra de la carta que Tam llevaba.
Faltaban dos días para el diez de noviembre, y en algún camino de Perthshire un buhonero cojo guardaba entre un peine y un puñado de agujas un pergamino con su sello.
Un hombre que ha dado su palabra a un amigo y su cuerpo a una mujer, en la misma semana, no puede cumplir las dos con la misma mano.
—Murdo —susurró ella contra su piel.
—Dime.
—Hay una cosa que no me has contado. En la cruz me lo dijiste. Y en el vado hubo un momento en que no me lo dijiste todo.
Se le tensó la espalda. Muy poco. Un hilo antes de aflojarse.
—Sí —admitió—. La hay.
—¿Me la vas a decir?
Quiso decirla. Con toda su alma quiso decirla, ahí, en la oscuridad, mientras ella le acariciaba el pecho. Pero era la noche más dulce de su vida, y las palabras que tenía eran de las que lo rompen todo.
—Mañana —pidió—. Con luz. No esta noche.
—¿Por qué?
—Porque esta noche es nuestra. Y lo otro no.
Notó que ella pensaba en insistir. Lo notó en el aire, en la mano que se detenía. Después, Sorcha le besó el pecho, justo encima del corazón.
—Mañana —concedió.
—Mañana.
—Con luz.
—Con luz.
Murdo cerró los ojos. Estuvo despierto hasta que la respiración de ella se volvió honda y regular, y siguió despierto después, mirando el techo de vigas ennegrecidas, con una ternura inmensa y un miedo muy pequeño y muy preciso, de esos que tienen forma de fecha.