Capítulo 25. Lo que vendí
Las confesiones se parecen a los nudos: cuanto más se aprietan, más cuesta explicar cómo se hicieron.
Sorcha había pospuesto aquello veintitrés días, y se le había hecho más grande cada uno.
Lo sabía a las claras. Lo llevaba dentro como una piedra en el zapato: pequeña al principio, un grano de arena que se podía ignorar con un poco de disciplina, y luego, a fuerza de caminar sobre ella, un cuchillo.
Desde el momento en que Murdo había entrado en el patio de Dùn Dorcha con la manta gris al hombro y le había dicho «no debías venderlo», había sabido que había una parte de la verdad que no le había contado. La parte que dolía más.
Había hecho un pacto. Verdad o silencio. Nunca la mentira.
Y llevaba una semana en silencio, que era lo mismo que mentir.
A media mañana del siete, la caravana se detuvo junto a un pequeño lago de aguas oscuras, rodeado de juncos, donde Griet quiso abrevar la mula y comprobar, con muchos gestos, que Hendrik no hubiera perdido ninguna pluma de la cola.
Catriona se alejó a estudiar el terreno.
Cailean, con el hábito de lego ya reducido a un calzón y una camisa, intentaba pescar con las manos, entre maldiciones y salpicaduras.
Murdo se sentó en una roca para cambiarse las vendas. Sorcha lo observó trabajar, con sus dedos largos y ágiles, desenrollando la lana gris sucia de azul, y sintió que ya no podía esperar más.
—Murdo.
—¿Mm?
—Tengo que confesarte una cosa.
Él alzó los ojos.
—Es la verdad —añadió ella—. La que no te conté. Y como hay un pacto…
—Dime.
Sorcha se sentó en la hierba, delante de él, con las rodillas dobladas. No se atrevía a mirarlo. Se arrancó una brizna y la retorció entre los dedos.
—No vendí el rojo por dinero.
—Lo sé. Torquil no necesita…
—No es eso. —Tragó saliva—. Lo vendí por orgullo.
Quería saber si era bueno. Si estaba tan bien hecho como lo que hacías tú.
Llevaba un año repitiendo cada gesto, cada medida, cada mordiente, hasta que una mañana de junio la tina me salió del color justo.
—Las palabras le salían atropelladas—. Y quise que lo viera alguien.
Alguien que supiera. Pedí a Tam que lo llevara a Perth.
Que lo vendiera al mejor postor, y que me contara cómo lo tasaban.
—Eso no es…
—Espera. Hay más. —Cerró los ojos—. Puse tu marca.
Silencio. El viento movió los juncos.
—¿Qué marca?
—La de tu padre. En el orillo. —Abrió los ojos y lo miró por fin—.
Tres hilos rojos y uno azul. La tejí en las dos piezas.
Quise que el rojo llevara su nombre. Que el mundo viera de quién era.
—Se llevó las manos a la cara—. Y fue esa marca la que vio el flamenco.
La que le dijo a Wouter de dónde venía. Ese hilo es lo que nos ha traído hasta aquí. No fue una casualidad. Fue mi culpa.
Se calló. Esperó el golpe, la mirada, el rechazo. Había ensayado esa escena tantas veces que podía recitar cada pausa. Murdo se quedaría rígido. Diría su nombre con una voz diferente. Se apartaría.
No ocurrió nada de eso.
Murdo se echó a reír.
No una risa cruel. Una risa sorda, entrecortada, que lo dobló hacia delante hasta apoyar la frente sobre las rodillas. Se rio durante un buen rato, con los hombros temblando, mientras Sorcha lo miraba con la cara roja y una desolación creciente.
—No tiene gracia —murmuró.
—No. —Se pasó el dorso de la mano por los ojos. Reía y lloraba a la vez—. No tiene ninguna.
—Entonces…
—Sorcha. —Alzó la cara. Tenía las mejillas mojadas y una expresión que ella no había visto jamás, de un asombro tierno, devastado—. Tú has hecho lo que yo no hice en doce años. Has puesto el nombre de mi padre en una tela. A la vista de todos. Con orgullo.
—Pero Wouter…
—Wouter lo habría visto de todos modos. Lo ha estado buscando desde que me fui.
Mi padre lo escribió en cada pieza durante veinte años.
El flamenco que compró las tuyas tenía instrucciones de comprar cualquier rojo que oliera a raíz.
—Negó con la cabeza—. No fue tu marca. Fue tu rojo.
Lo habrían encontrado por el color. Lo que has hecho con el orillo es…
Se detuvo.
—¿Qué?
—Es lo más valiente que he visto hacer a nadie. —Su voz se quebró—. Yo he pasado catorce meses escondiendo mi nombre. Tú lo has tejido.
Sorcha se quedó sin palabras. Con el corazón desbocado, miró a aquel hombre que reía llorando y comprendió que había esperado un reproche y recibido un regalo, y que no sabía qué hacer con ninguna de las dos cosas.
Se sintió, de pronto, ligera. Como un telar al que le retiran una pieza terminada.
Durante veintitrés días había tirado de un hilo sin saber que el otro extremo no estaba atado a nada, y ahora lo soltaba, y la tela caía recta y entera sobre sus rodillas, más pesada de lo que había calculado y mucho más hermosa.
—Entonces… ¿no estás enfadado?
—Estoy furioso.
—¿Conmigo?
—Conmigo. —Se secó la cara—. Contigo, no.
Tú no tienes culpa de nada. Yo me fui sin decirte nada.
Te dejé una cinta como quien deja una piedra en un camino, y esperé que adivinaras.
Te dejé sola con un secreto que pesaba más que tú.
—Apretó los puños—. Y lo único que se te ocurrió fue hacerlo bien. Teñirlo bien. Firmarlo bien.
Sorcha sintió que se le humedecían los ojos.
—Me enseñaste —murmuró—. Es lo único que sé hacer.
—No. —Murdo le tomó las manos—. Es lo único que te dejé aprender.
—Eso es una tontería.
—Es una verdad. Hay un pacto.
Ella se rio, con un sollozo escondido en la risa. Él acercó su frente a la de ella y se quedaron así, con los juncos susurrando y el sol picando en el agua, tan cerca que podía contar las pestañas negras.
—Hay otra cosa —murmuró Sorcha.
—¿Más?
—Que cuando todo esto acabe, quiero hacer un rojo contigo. De los dos. Con tus manos y las mías. Y que el orillo lleve las dos marcas.
—Tres hilos rojos y uno azul —murmuró él.
—Y uno de lana blanca. De la que llevas en el bolsillo.
Murdo se quedó muy quieto.
—¿Sabes lo de…?
—Soy tejedora. —Sonrió con el rostro mojado—. Se me da bien contar los hilos que faltan.
Una sombra cruzó la hierba. Catriona había vuelto del otero, con la tablilla bajo el brazo y los ojos fijos en el horizonte, y se detuvo a tres pasos con una expresión de profunda neutralidad.
—¿Interrumpo?
—Estamos terminando —murmuró Murdo.
—Lo veo. —Catriona inclinó la cabeza—. Dos jinetes al norte, a legua y media. Gris, con paño de Perth. No vienen hacia aquí. Todavía. —Alzó una ceja—. Cuando acabéis, me lo decís. Yo me quedo mirando el lago.
Y se quedó mirando el lago, con una gravedad ejemplar, hasta que Cailean gritó desde el agua, triunfante, con algo que se retorcía agarrado por la cola:
—¡Lo conseguí! ¡Lo hice! ¡Un pez! ¡Un pez de verdad!
—¡Es una rana! —respondió Griet, desde la carreta.
—¡Es un pez con ambiciones!