TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 24. Vado de Strathbraan
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Capítulo 24. Vado de Strathbraan

Los muertos no piden flores: piden que alguien vuelva.

El vado estaba como lo recordaba. Eso fue lo peor.

Murdo lo pensó al bajar del carro, con el sol poniéndose entre dos montañas moradas y el río Braan extendido a sus pies, poco profundo, ruidoso, de aguas pardas por la turba.

Una hilera de piedras planas lo cruzaba de orilla a orilla.

Más arriba, en la ladera, un grupo de abedules desnudos, blancos como huesos, temblaba bajo el viento.

Y entre los abedules, casi oculto por los helechos secos, un montón de piedras.

No más grande que un perro dormido. Dos cairns, uno al lado del otro.

Catriona fue la primera en comprender. Se quedó junto a la mula, sin hablar, y con una mano le hizo seña a Cailean, que ya abría la boca, y a Griet, que iba a decir algo en flamenco. Los tres se quedaron atrás. Nadie preguntó nada.

Murdo subió la ladera con las manos metidas en las mangas. Cada paso le pesaba como si llevara plomo en las botas. Cuando llegó, se quedó de pie, muy quieto, mirando las piedras.

—Aquella —señaló— es mi madre. Murió aquí cuando yo tenía nueve años. Se cayó al cruzar el vado en una crecida. Mi padre la sacó del agua y la enterró con sus manos. Dijo que era el sitio donde más le gustaba mirar el río.

Sorcha estaba a su lado. No la había oído acercarse.

—Y esta es…

—Eachann.

Las piedras estaban cubiertas de líquen. Habían crecido las hierbas altas entre ellas. Alguien las había rodeado de guijarros blancos, en un círculo cuidadoso, y Murdo no recordaba haberlo hecho. Se agachó. Tocó uno.

—Beathag —murmuró—. Viene cada primavera. Nunca me lo ha dicho.

La voz se le rompió. Se calló. Estuvo un rato mirando el suelo. Había pasado seis años sin volver a ese sitio. Seis años tejiendo en su cabeza el peso de la culpa, y ahora que estaba allí, con las piedras delante, descubría que no pesaba más que la hierba.

Notó que Sorcha se arrodillaba a su lado. Con las rodillas en la tierra húmeda, sin importarle el barro, con las manos juntas sobre el regazo. Miró el montón de piedras con una gravedad absoluta.

—Hola, Eachann —dijo.

Murdo cerró los ojos.

—Soy Sorcha. Soy la que cose. —Hizo una pausa, y su voz sonó muy pequeña bajo los abedules—. Tu hermano me ha hablado de ti. De tu cuento del zorro y de la luna. No lo he oído entero. Me gustaría. Si algún día me lo cuentas, te prometo que no lo interrumpiré.

Una ráfaga movió las ramas. Hubo un roce de hojas secas.

—Cuida de él —añadió Sorcha—. Dice que no supo cuidarte. Es mentira. Pero no me hace caso. Y creo que a ti sí te escucharía.

Murdo se tapó la boca con la mano. Se le escapó un sonido, medio risa, medio sollozo, que lo avergonzó y lo alivió a la vez.

—Le habría caído bien —logró decir—. Tenía debilidad por las mujeres con aguja.

—Qué buen gusto.

—Era un niño.

—Los niños siempre tienen buen gusto.

Se quedaron un rato en silencio, arrodillados entre dos cairns, con el río sonando abajo. La luz se volvía cobre. Murdo extendió una mano hacia la tierra. Con los dedos, tanteó entre las piedras del montón de su madre, por la parte de atrás, junto a una raíz. Notó un bulto. Tiró.

Salió un saquito de cuero, mohoso, del tamaño de un puño, atado con una cuerda fina. Lo sostuvo en la palma. Dudó.

—Esto es lo último —murmuró—. Lo único que no te dije.

—¿Qué es?

—La quinta franja. La que tejí yo. —Se lo tendió—. Ábrelo.

Sorcha deshizo la cuerda. Del saquito cayó en su palma un aro pequeño de plata, desgastado, con una pequeña piedra roja engastada. Un granate. Y un rizo de pelo castaño, atado con un hilo azul, muy fino, que descansaba sobre el anillo como una sombra.

—El anillo era de mi madre —explicó Murdo, con la voz en un hilo—.

Mi padre se lo puso en el dedo el día de la boda.

Lo guardó cuando ella murió. Me lo dio antes de que Wouter me llevara.

Dijo que era para la mujer que yo eligiera.

—Tragó saliva—. El pelo es de Eachann. Lo corté el día antes de que…

cuando lo enterré. Lo guardé aquí porque no sabía dónde más.

Sorcha no dijo nada. Miró el anillo en su mano. Un aro de plata de mujer pobre, sin adornos, con un granate pequeño como una gota de sangre.

—Lo dejé en la cinta —prosiguió él—. La quinta franja. El vado. Un mapa a un sitio donde, si yo desaparecía, alguien con ojos podría encontrar lo único que me quedaba de valor. —Hizo una pausa—. Y quise que lo encontraras tú.

—Murdo.

—No es para ahora. No te lo doy. Solo… Quería que supieras que existía.

Ella cerró los dedos sobre el anillo. Lo acarició con el pulgar. Después, con una ternura medida, deshecha por dentro, lo envolvió de nuevo en el cuero y se lo devolvió.

—Guárdalo tú —pidió—. Te lo guardo, dijiste, en el aprisco. Con la tarja. Es tu turno. Guárdamelo tú.

—No entiendo.

—Quiero que me lo des cuando sea el momento. Que me lo des tú. —Lo miró directamente a los ojos—. No encontrándolo en un agujero. En la mano.

Murdo no supo qué contestar. Tomó el saquito. Lo apretó. Se lo guardó en el justillo, junto a la hebra de lana y la moneda de Wouter, y notó con una claridad extraña que llevaba el peso de tres cosas distintas: un agravio, un recuerdo y una promesa. Y que ya no le pesaba ninguna.

Sorcha se levantó. Le tendió la mano. Él la tomó. Cuando se incorporó, el sol había desaparecido tras las montañas y quedaba solo el resplandor rojo de las nubes, ese rojo que no se parecía a nada.

—Lo habría teñido así —murmuró él, mirando el cielo.

—Seguro.

—Con raíz y paciencia.

—Con las manos azules.

Abajo, en la ribera, Cailean había encendido una pequeña hoguera. El humo subía recto en el aire quieto. Murdo bajó la ladera con la mano de Sorcha entre las suyas, y no se volvió a mirar las piedras. No hacía falta. Ya sabía que alguien había vuelto.

• • •

Esa noche cenaron guiso de liebre, que Cailean había cazado con una honda, cocinado con una devoción casi sacerdotal y quemado con un entusiasmo digno de mejor causa.

—Está crujiente —se defendió.

—Está carbón —corrigió Griet, probando una cucharada con ojo experto—. Pero tiene buen fondo. Le falta sal. Y miedo.

—¿Miedo?

—Una comida sin miedo no tiene sabor. Se cocina con prisa, con la certeza de que alguien viene.

—Entonces es perfecta —murmuró Catriona.

Nadie mencionó las piedras de la ladera. Pero cuando Murdo se sentó junto al fuego, con Sorcha a su lado, Griet le puso en las manos un cuenco lleno hasta el borde, sin decir una palabra, y Cailean, por una vez, se calló. El gallo se acurrucó a los pies de Murdo, en un gesto de tolerancia absoluta.

Fue la comida más silenciosa del viaje. Y la mejor.