Capítulo 23. Bajo la lana
La lana abriga a todos por igual, a los santos y a los fugitivos, y no pregunta a cuál de los dos le toca.
Había dos varas de lana entre Sorcha y el mundo, y un hombre a un palmo de su cara.
El carro de Griet traqueteaba por el camino del Tay con el ruido de una artesa de madera llena de piedras.
Debajo de la lona, entre fardos de vellón sin lavar que olían a lanolina, a sebo y a sol viejo, se había abierto un hueco que Griet llamaba, con una cierta solemnidad, «el confesionario»: un nicho de tres palmos de alto por seis de largo, donde cabían dos cuerpos si ninguno se movía demasiado.
Se movían, por supuesto. Con cada bache, la rodilla de Murdo le golpeaba el muslo. Con cada curva, el hombro de ella se incrustaba en su pecho. Al cuarto bache, Sorcha dejó de disculparse. Al quinto, dejó de pensar en nada que no fuera el calor.
Para distraerse, Sorcha se puso a juzgar la lana. Era un vicio de oficio. Palpó el vellón que tenía bajo la mejilla, lo olió, lo estiró entre dos dedos.
—Cara negra —murmuró—. Tercera esquila. Mal lavada. Con paja.
—¿Se puede saber todo eso con los ojos cerrados?
—Con los ojos cerrados se sabe mejor. —Frotó otro mechón—. Y esta es una ofensa. Griet la vendería como de primera.
—Es una mercader.
—Es una estafadora con corazón. Es la mejor clase.
Murdo se rio, bajito, contra su pelo, y a ella se le subió el calor a la cara.
—¿Estás bien? —murmuró él, con la boca casi pegada a su oreja.
—Sí.
—Si te molesta mi brazo…
—No me molesta.
—Es que te va a quedar la marca azul en la…
—Murdo. —Contuvo una risa—. Ya llevo una marca en la muñeca desde hace dos semanas. Me ha gustado tanto que no pienso lavarla.
Hubo un silencio. En la oscuridad, él tragó saliva. Ella lo oyó. El pecho de él subía y bajaba contra su espalda, con un ritmo que ya conocía de memoria, y que desde el molino le sonaba como una canción.
—Me dijiste una vez que no te importaba hablar poco —susurró Murdo—. Que era tu manera de ser.
—Y lo es.
—¿Siempre fuiste así?
Sorcha lo pensó. En la oscuridad de la lana, con el olor del hombre a su espalda, la verdad le resultó extrañamente fácil.
—Mi hermana Ailsa hablaba por las dos —contó—.
Desde pequeña. Era la que sabía qué decir.
Yo era la que veía lo que ocurría. Mi madre decía que éramos como la urdimbre y la trama: una sostiene y la otra cruza.
—Suspiró—. Un día entendí que nadie me preguntaba nada porque ya contaban con que no contestaría.
Y que yo ya no sabía cómo empezar a hacerlo.
Con los años, el silencio dejó de ser una elección. Era mi casa.
—Y ahora…
—Ahora tengo una puerta. Gracias a ti.
—No fue por mí.
—Fue por ti. —Giró un poco la cabeza, sintiendo la barba áspera contra su sien—. Me pareció que si no hablaba contigo, no iba a hablar con nadie. Y que sería una vida muy larga.
Murdo no contestó. Ella notó cómo se tensaba, y luego cómo se aflojaba, y cómo su mano, la que tenía libre, se deslizaba por entre los fardos hasta encontrar la suya y cerrarse alrededor.
—Es una vida muy corta —murmuró él—. Si la sabes llenar.
El carro se detuvo de golpe.
• • •
Fuera, un golpe de voces. Cascos de caballo. Un grito en flamenco.
—¡Alto! ¡En nombre del prepósito de Perth! —ordenó un hombre—. ¡Todos los carros se registran!
—¿En nombre de quién? —chilló Griet, con una voz tan estridente que Sorcha dio un respingo—. ¿Del prepósito? ¿De ese ladrón de lavanda? ¡Yo vendía lana en Brujas cuando tu madre todavía te cambiaba los pañales, canalla!
—Señora, es una orden…
—¡Una orden! ¡Zeg! ¡Una orden! ¡Mira, mira lo que llevo aquí! —Hubo un ruido de lona—. ¡Lana! ¡Lana de Dunkeld, recién comprada! ¡Y sarnosa! ¡Toda ella con la morriña!
—¿La qué?
—La morriña. La peste de las ovejas. Que se pega. ¿No lo sabías? ¡Se pega a los que la tocan, y a los que miran, y a los que tienen cara de tonto!
Un silencio. Un caballo relinchó.
—Yo no… —balbuceó el hombre—. No he oído hablar…
—¡Pues claro que no! ¡Porque eres un burro con sombrero! ¡Hendrik! ¡Enséñale la peste!
Sorcha oyó un aleteo furioso. Un graznido. Un grito agudísimo del hombre, seguido de un golpe de botas, un improperio, y la voz de otro soldado riéndose a carcajadas.
—¡Se le ha cagado en la bota!
—¡Y qué bota! —gritó Griet, triunfante—. ¡Eso es la peste, hijo! ¡Eso es la peste!
Una punta de lanza atravesó los fardos.
Sorcha dejó de respirar. La hoja entró por la lana a un palmo de su cadera, rasgó el vellón con un sonido seco y se detuvo, temblando, en el aire.
Murdo se movió en un segundo. Se echó sobre ella con todo el cuerpo, le cubrió la cabeza con el brazo, y quedaron los dos apretados contra el fondo del carro, con la punta del acero oscilando sobre ellos como una aguja de brújula.
—No te muevas —susurró él, sin voz.
—No me muevo.
—Quieta.
—Estoy quieta.
—No respires.
—Si no respiro, me muero.
—Entonces respira poco.
Una risa histérica le subió a la garganta. Se la tragó. El hierro se retiró con la misma lentitud con que había entrado, dejando un agujero de luz gris en la lana.
—Está limpio —gruñó una voz—. Es lana. Nada más que lana.
—¡Lana de morriña! —insistió Griet.
—Que pase. Que pase. —Un carraspeo—. Que se la lleve el diablo.
El carro volvió a ponerse en marcha. Dentro, Sorcha y Murdo seguían clavados el uno al otro, sin atreverse a moverse. Ella notó el corazón de él, golpeándole la espalda como un puño.
—Se ha ido —murmuró.
—Sí.
—Puedes soltarme.
—Sí.
No se movió. Ella tampoco. Pasó un minuto largo, lleno de traqueteo y de olor a lana, y entonces Murdo dejó caer la frente sobre su hombro, y le susurró al oído, con la voz más extraña que le había oído nunca:
—Cuando todo esto acabe, voy a pedirte algo. Y quiero que me digas que sí antes de que me dé tiempo a decidir que no debo.
Sorcha cerró los ojos.
—Ya has pedido —respondió—. Lo que pasa es que no lo has dicho.
—¿Y qué contestas?
—Que ya lo sabías.
El carro tomó una curva. El hueco entre los fardos se cerró un poco más. Desde el pescante, en la lejanía, la voz de Griet subió hasta el cielo en un canto flamenco, desafinado y triunfal, acompañado por el cacareo de un gallo con la conciencia muy tranquila.
Cuando por fin, una legua más allá, Griet detuvo la mula y levantó la lona, la luz entró a chorros. Les tendió un odre y una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Seguís vivos? —preguntó—. Hendrik se ha portado.
—Ha estado magnífico —admitió Sorcha, parpadeando.
—Es de familia —dijo Griet, con orgullo, y le dio un beso en la cresta.
Hendrik, desde el pescante, se limpió con mucha dignidad una pata en la bota que había condenado, y miró a Sorcha con un ojo anaranjado, como quien acepta un homenaje que se le debía desde hacía tiempo.