Capítulo 22. Por la tintorería de los monjes
El agua de una tintorería ha lavado más pecados que la de cualquier pila bautismal, y con menos preguntas.
La tintorería de los monjes de Dunkeld ocupaba un cobertizo largo junto al río, con el techo de tablillas ennegrecido por el vapor y un tendedero de vigas donde colgaban, como banderas de un ejército pacífico, docenas de paños.
Rojos de rubia, azules de glasto, amarillos de gualda, verdes de la mezcla de ambos, todos goteando sobre un suelo de losas hundidas.
Olía a orina, a ceniza y a humedad. A Murdo le pareció el aire más amable que había respirado en un mes.
Fray Aodh los había metido allí al amanecer, por la puerta del río, con una explicación breve y desesperada: Ansel vigilaba la posada, Rik rondaba la plaza, y en toda la abadía no había un rincón más seguro que aquel, donde nadie preguntaba por qué había manchas en las manos.
—Seguro —repitió Murdo.
—Más o menos.
—Eso no es seguro.
—Es lo mejor que hay —susurró el viejo, con el gato Rey sobre el hombro y una expresión de santa resignación—. Tenéis que mezclaros.
—¿Con quién?
Fray Aodh señaló con la barbilla.
Eran diez. Diez monjes y legos, con los hábitos remangados hasta los codos, inclinados sobre las cubas de madera, removiendo con palos largos, cargando bastidores, escurriendo paños.
Hombres de todas las edades, de cara pálida y concentrada, y todos, sin excepción, con las manos teñidas.
Unas de azul. Otras de rojo. Unas de verdoso.
Un lego muy viejo, junto al fogón, tenía las dos de un morado de berenjena.
Murdo los miró durante unos segundos. Después empezó a reírse. Una risa muda, de las que sacuden por dentro, de las que no se pueden parar.
—¿Qué pasa? —murmuró Sorcha.
—Donde hay diez manos azules —consiguió decir— no hay ninguna.
Sorcha lo comprendió. Se tapó la boca con la mano, y los dos se quedaron un momento temblando de risa contenida entre las sábanas rojas que goteaban sobre su cabeza.
• • •
Rik van Aelst llegó a media mañana, con dos hombres y el permiso escrito de un fraile hospedero que había sido tan amable como para no comprobarlo.
Murdo lo oyó antes de verlo. Una voz seca, de acento flamenco, que preguntaba con cortesía exagerada si «algún tintorero de manos azules» había pedido asilo en el monasterio. El hospedero balbuceaba. Fray Aodh, desde un rincón, procuraba no mirar a nadie.
Murdo estaba inclinado sobre una cuba de azul, con un palo en las manos, removiendo sin prisa un caldo turbio que olía a establo y a mañana de lluvia.
Llevaba el hábito de lego remangado, el gorro hasta las cejas.
A su lado, un hermano de cara ancha y paciente, de unos cincuenta años, le daba instrucciones con la solemnidad de quien enseña a un novicio.
—No tan fuerte —murmuraba—. El azul es como el pan, hijo. Se enfada si lo agitas.
—Sí, hermano.
—Habla bajo. Hay visita.
—Sí, hermano.
—Y no cojas el palo como una espada.
Los pasos de Rik se acercaban. Murdo contó cada uno. Se obligó a no levantar la cabeza.
Las botas se detuvieron a dos varas. Silencio. Un silencio largo, cargado de olor a lavanda barata, a lejía y a una paciencia enfermiza.
—Buenos días, hermanos —dijo Rik—. Estoy buscando a un hombre.
—Todos buscamos a alguien —contestó el fraile de cara ancha, sin dejar de remover.
—Un tintorero. Alto. Pelo castaño. Con las manos azules.
El monje levantó la vista, con una calma beatífica. Alzó las propias manos. Eran enormes, y de un azul tan profundo que parecían guantes de cuero.
—¿Así?
Rik miró las manos. Después, a la derecha, las de otro monje que cargaba un bastidor, rojas hasta el codo.
Después, a la izquierda, un lego viejo con las palmas del color de las moras.
Su rostro, de ojo medio cerrado por la quemadura, no cambió de expresión, pero Murdo notó que un músculo le palpitaba bajo la cicatriz.
—No exactamente así.
—Ah —murmuró el monje—. Entonces no lo hemos visto.
—Los tintoreros somos muchos —añadió, sin mirar a nadie en particular, un hermano que removía una cuba de rojo—. Y las manos, todas parecidas.
—Es un hábito del oficio —comentó otro.
—Dios nos ha dado manos de colores.
—Para recordarnos que el mundo es variado.
Rik se quedó mirándolos, uno por uno, con la boca fruncida. Murdo bajó el palo. Siguió removiendo. El azul se había puesto en la cuba de un verde enfermizo, de los que anuncian que está a punto de cambiar.
—Es curioso —murmuró Rik, sin mover el ojo bueno de la cuba—. Se me había dicho que aquí había un forastero.
—Todos somos forasteros, hijo —respondió el monje de cara ancha—. Mientras estemos en la tierra.
Una pausa. Rik dio media vuelta. Murdo oyó cómo se alejaba con sus hombres, arrastrando las botas sobre las losas húmedas. Cuando la puerta se cerró de golpe, nadie dijo nada durante un minuto entero.
Después, el hermano de cara ancha soltó el palo y dejó escapar un suspiro.
—Dios me perdone —musitó—. He mentido por omisión tres veces.
—Hermano Fionnlagh —murmuró fray Aodh, que había aparecido a su lado con aire de angelito—. Lo has hecho de manera ejemplar.
—Me ha temblado la mano.
—No se ha notado.
—Es el azul. Todo lo disimula.
• • •
El abad llegó a mediodía, adelantándose a su comitiva, con una escolta de dos jinetes y un barro tan denso en las botas que parecía haber atravesado media Escocia a pie.
Era un hombre de sesenta años, delgado, de rostro enjuto y ojos grises, que entró en la tintorería sin pedir permiso y se quedó parado frente a Murdo.
Lo miró un buen rato. Las manos. La cara. De nuevo las manos.
—Gille-Brìghde —dijo.
Murdo asintió, con un nudo en la garganta.
—Tienes su mirada. —El abad se giró hacia fray Aodh, que se había quedado petrificado—. Me han contado una historia curiosa. Que hay unos forasteros con una casulla. Una investigación piadosa de la sacristía, de noche.
—Reverendísimo padre —empezó Aodh.
—No hace falta. —El abad levantó una mano—.
Esa casulla se hizo para el altar mayor.
Pero también para recordar a los hombres que los colores no mienten, aunque algunos hombres mientan con ellos.
—Alzó los ojos, con una expresión de severidad cansada—.
Os la presto. Para el día de San Andrés.
Con dos hermanos de escolta y el libro de donaciones. Con una condición.
—Lo que sea —murmuró Murdo.
—Que sirva para la verdad, y no para la venganza. —Hizo una pausa—. Hay diferencia. A veces es muy fina.
Murdo bajó la cabeza.
—Lo prometo.
—Entonces Dios te guíe.
El abad se dio la vuelta y se alejó. Cuando la puerta se cerró detrás, Sorcha, que había permanecido oculta tras una cortina de rojo chorreante, asomó la cabeza.
—¿Hemos ganado?
—Hemos ganado una casulla —respondió fray Aodh, con lágrimas en los ojos y el gato en brazos—. Y una condición. En esta vida es mucho.
Por la puerta del río asomó entonces la cabeza de Catriona, con el pelo pegado a la frente y cara de quien lleva horas contando enemigos.
—El carro de Griet está listo en el muelle —informó—. Cailean se ha puesto un hábito para no desentonar.
—¿Y qué tal le sienta? —preguntó Sorcha.
—Le sienta como a una oveja con dos sombreros. —Catriona suspiró—. Pero el gallo lo adora.