TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 21. El año en la trama
81%

Capítulo 21. El año en la trama

Quien teje esconde siempre algo en la urdimbre: es la única escritura que sobrevive a los incendios.

Sorcha volvió a la posada con las primeras luces, con el hábito de lego de Murdo arrastrando por el suelo y la cabeza llena de hilos.

No había dormido. No lo necesitaba. Había en su memoria, nítida como un grabado, la imagen exacta del orillo de la casulla: tres hilos rojos, uno azul, y entre ellos, cada seis pasadas, un salto distinto.

Un flotado largo. Un flotado corto. Dos largos.

Un corto, otro corto. Los había contado a la luz de la vela, mientras Murdo y fray Aodh doblaban el lino, y se había prometido no olvidarlos.

Se sentó a la mesa de su cuarto, delante de la ventana, con una caja de hilos de colores que había comprado en el mercado y un trozo de madera plano.

Fue colocando, una a una, las pasadas sobre el tablero.

Largo, corto. Largo, largo. Murdo, desde la cama, con una manta sobre los hombros y los ojos hundidos, la contemplaba sin hablar.

—Es una cuenta —murmuró ella—. Un largo vale tres. Un corto, uno. Pero no es una suma. Es… —Se mordió el labio—. Es una escritura.

—Mi padre no sabía escribir.

—Sabía tejer. —Levantó un trozo de hilo—. Los largos y los cortos se agrupan. Mira. Mil. Cien. Diez menos cincuenta. Cinco. Dos. —Alzó los ojos—. Es un número romano, Murdo. Mil ciento cuarenta y siete. Lo tejió en el orillo, repetido, cada pocas varas, como quien repite una oración.

Él se quedó inmóvil.

—Y después —prosiguió Sorcha, con la voz un poco ahogada— hay otra secuencia.

Más corta. Dos signos. Una G. Una B. Gille-Brìghde.

—Dejó el hilo—. No sabía escribir. Pero se aprendió las letras de su nombre como se aprende un tejido.

Y las puso en la tela para que nadie pudiera decir que era de otro.

—Es imposible de falsificar.

—Imposible. Wouter no tendría ni idea de que estaba allí. Nadie la ha visto en trece años.

Murdo se pasó la mano por la cara. Una risa sorda, desbordada, le sacudió los hombros.

—Veinte años mirándolo trabajar y nunca me di cuenta de que cantaba.

—Escribía.

—Escribía. —Levantó la vista—. Sorcha. Si alguien me hubiera dicho hace un mes que ibas a leer a mi padre en una trama…

—Habrías dicho que era imposible.

—Habría dicho que era un milagro.

—Es solo lana —respondió ella, con las mejillas encendidas.

Llamaron a la puerta.

Dos golpes. Corteses. Separados con una precisión de reloj.

Murdo se incorporó de un salto, con la mano en la cintura.

Sorcha lo detuvo con un gesto. Señaló, con los ojos, el desván que había sobre la cama, un hueco bajo el techo al que se llegaba por una escalerilla.

Él obedeció sin una palabra. Se encaramó con una agilidad silenciosa y desapareció, y Sorcha recogió los hilos del tablero de un solo manotazo, los metió en la caja, la cerró y fue a abrir.

—Señora —dijo el hombre del umbral.

Era enorme. Tenía que agachar la cabeza para pasar por el dintel.

El cráneo rapado brillaba bajo la luz grisácea del pasillo, y un manto de paño excelente le cubría los hombros hasta las rodillas.

De su cinto colgaban unas tijeras de tundir, con las hojas cerradas.

Olía a sebo. Y debajo de ese olor, más ligero, casi imperceptible, a lavanda.

—Me llamo Ansel —se presentó, muy bajo—. Soy un humilde servidor de Maistre Wouter de Gante. ¿Puedo pasar?

Sorcha no se movió. Lo miró, simplemente. Con la cara quieta. Con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la mirada que había aprendido de niña: la de quien deja que el otro se cuente solo.

El hombre aguardó unos segundos. Después sonrió, con una dulzura incómoda.

—Entiendo. Me lo habían advertido. Que usted es de las que callan. —Entró sin esperar respuesta, con pasos cortos, tan ligeros que no sonaron en las tablas—. Mi madre era igual. No hablaba. Pasó cuarenta años sin decir una palabra a mi padre, y se llevaron muy bien.

Se sentó en el único taburete, con las rodillas separadas y las manos sobre los muslos. Sorcha permaneció de pie junto a la mesa.

—¿Le ofrezco pan? —preguntó ella, por fin.

—Se lo agradezco. No como en público.

—Estamos en una habitación.

—Es una posada. —Alzó un dedo grueso—. Es público.

Sorcha no pudo evitar que una comisura se le torciera. Ansel lo vio y pareció complacido, igual que un maestro al que su alumna da una respuesta correcta.

—Voy a ser breve, señora. Maistre Wouter ha visto el paño que vendió usted en la feria de San Miguel. Dos piezas. Un rojo extraordinario. Dice que hacía años que no veía nada igual. —Se interrumpió—. Está muy impresionado.

—Me alegra.

—Dice también que el rojo no es suyo. Que se lo enseñó un hombre. Un siervo fugado, con las manos azules, que pasó una temporada en la fortaleza de los MacRannoch. —Ladeó la cabeza—. Maistre Wouter es un hombre razonable. No quiere que nadie sufra. Le propone un acuerdo.

—Dígame.

—Usted deja de buscar a ese hombre. Vuelve a Dùn Dorcha.

Maistre Wouter le ofrece, a su elección, una tintorería propia en Perth.

La mejor de la ciudad. Aprendices. Un salario de maestra.

Libertad para teñir su rojo cuando quiera.

—Hizo una pausa—. Pagará las doscientas marcas de su cuñado.

Y el siervo, naturalmente, le será devuelto a su legítimo amo.

El silencio se espesó. Fuera, en la calle, alguien arrastraba un barril.

Sorcha pensó en muchas cosas. En el recibo bajo la losa. En un muchacho de dieciséis años sentado contra una pared. En una moneda de plata con el borde mordido. En un pergamino que decía «no os escondáis dentro de un color».

Y, por primera vez en su vida, no buscó la frase justa. La frase le salió sola, entera, pesada como un yunque.

—El rojo no se vende —dijo—. Se hace.

Ansel parpadeó. Algo que no era una sonrisa le cruzó la cara.

—Es curioso —murmuró—. Eso mismo dijo el padre.

Se levantó. Fue hasta ella, despacio, y Sorcha no retrocedió. Se inclinó, con las tijeras tintineando contra su cadera, hasta que su cara quedó a un palmo de la suya, y con dos dedos tomó un hilo suelto del puño de su manga, un cabo de lana gris de un palmo.

—Un hilo suelto —susurró— es una invitación.

Sacó las tijeras del cinto, abrió las hojas, cortó. El chasquido sonó como un hueso al partirse. Dejó caer el hilo sobre la mesa, guardó las tijeras, hizo una ligera reverencia.

—Buenos días, señora. Que Dios la guarde.

Se fue como había venido, sin ruido, cerrando con cuidado.

Sorcha esperó diez latidos. Después se desplomó sobre el taburete, con las dos manos temblando, y miró el hilo cortado sobre el tablero, tan limpio, tan pequeño, tan seguro de sí mismo.

Arriba, en el desván, crujió una tabla. La voz de Murdo, rota, llegó hasta ella desde la oscuridad.

—¿Cuántas palabras has dicho?

—Siete.

—Eran las siete mejores que he oído en mi vida.

—Estoy temblando —confesó ella.

—Se nota en el taburete.

—Se me pasará.

—No te lo pido.

Y así se quedaron un rato, ella abajo, él arriba, con un techo de madera entre los dos y una sola certeza compartida: que Ansel sabía dónde estaban, y que aun así se había ido.