Capítulo 20. La casulla bajo la luna
Un hombre reconoce una prenda de su padre entre mil, igual que reconoce su propia voz en un coro.
La noche de Todos los Santos, Dunkeld olía a cera y a hojas quemadas.
Las campanas de la abadía habían tocado a vigilia al caer la tarde, y desde entonces una melodía lenta, grave, de voces masculinas, se filtraba por las ventanas altas y bajaba hasta el pueblo como una niebla de música.
Cuando por fin enmudeció, pasada la medianoche, el silencio que dejó fue más profundo que el de cualquier madrugada.
Murdo esperaba en la puerta de la bodega, con un hábito de lego que le quedaba corto de mangas y un capuchón que le tapaba media cara.
—Estás ridículo —susurró Sorcha a su lado.
—Gracias.
—Parece que te han vestido con un saco.
—Me lo ha prestado fray Aodh.
—Entonces es un saco con bendición.
La puerta se abrió sin ruido. Un resplandor tembloroso de vela asomó en la rendija, y bajo él, una cara pequeña y arrugada, de ojos acuosos y mejillas coloradas como manzanas.
Fray Aodh tenía las manos cubiertas de manchas de tinta y un gato enorme, gris, sobre el hombro, que contemplaba a los intrusos con la serenidad de un prior.
—Pasad —susurró—. Despacio. No toquéis las paredes. Todas tienen oídos.
—¿Y el gato? —preguntó Murdo.
—El gato es de confianza. Se llama Rey. No dice nada. —Cerró la puerta tras ellos—. Venid.
Los guio por pasadizos estrechos, bajo arcos de piedra que goteaban, a la luz de una vela cuya llama protegía con la mano.
Subieron una escalera de caracol. Cruzaron un claustro desierto, bañado por la luna, donde las columnas proyectaban rayas negras sobre el suelo.
Murdo sentía el corazón en la garganta. Cada paso lo acercaba a un recuerdo.
La sacristía era una sala larga, de techo abovedado, con armarios de roble contra las paredes y un olor a incienso viejo y a cera de abeja. En el centro, sobre una mesa, un arca de hierro con tres cerraduras. Fray Aodh sacó una llave grande del cinto. La giró dos veces.
—No es robo —susurró, sin mirarlos—. Es una inspección piadosa.
—Claro —murmuró Sorcha.
—El abad estaría encantado.
—Seguro.
—Si se enterara.
La tapa del arca se alzó con un quejido. Un olor a lana vieja y a hierbas secas se desparramó por la sala. Fray Aodh retiró, una a una, tres capas de lino, y debajo apareció, doblado con una devoción casi doliente, un rojo.
Murdo dejó de respirar.
Lo reconoció antes de verlo del todo. No por el color: por la manera en que la luz de la vela se hundía en él, en lugar de resbalar.
Un rojo que no brillaba. Que absorbía. Un rojo de fondo de pozo, de sangre de cordero, de granada reventada, con una profundidad que había visto por primera vez a los siete años, en una tina de madera clara, entre las manos enormes de su padre.
—Ayúdame —pidió Aodh.
Entre los dos, con una ternura casi fúnebre, desplegaron la casulla sobre la mesa.
Era una vestidura larga, en forma de campana, con un orlado de hilo de oro bordado en la espalda: una cruz y, bajo ella, una vid. El paño caía en pliegues pesados. Murdo extendió una mano, sin pensarlo. Se detuvo a un palmo.
—Tócala —murmuró Sorcha.
—Está manchada.
—Está teñida. Toca.
Posó los dedos azules sobre el rojo. Era como poner la mano sobre una piel viva.
Tibia, tersa, sin una sola mota. Pasó la palma, despacio, por la tela.
Trece años. Habían pasado trece años desde que su padre había terminado aquella pieza, y desde aquel invierno, en una casa de cal y turba, había cortado el último hilo con unas tijeras de cobre y la había envuelto en lino para llevarla a la abadía.
No le salía la voz. Notó una mano pequeña que se deslizaba entre las suyas. Sorcha. Se la apretó.
—Aquí —dijo Fray Aodh, señalando un borde.
El orillo. Tres hilos rojos y uno azul.
—Lo vi hacer —murmuró el viejo monje, con la voz muy baja—.
Yo era joven. Tu padre vino a entregar la casulla con una carreta y un muchacho.
Un muchacho de diecinueve años, flaco, de ojos negros, que miraba el fuego del hogar como si fuera a cantarle.
Lo reconocería en cualquier parte. —Hizo una pausa—. Eres tú.
Murdo asintió, con un nudo en la garganta.
Sorcha, entretanto, se había inclinado sobre el forro de la casulla. Pasó el pulgar por la cara interior del orillo, una, dos veces, y frunció el ceño.
—Aquí hay algo —susurró—. En la trama. Cada tantas pasadas, un hilo distinto. Largo, corto, largo. No es adorno.
—¿Qué es? —preguntó Murdo.
—No lo sé todavía. Necesito luz de día.
—En una sacristía de noche —observó fray Aodh— la luz de día es un lujo.
—Entonces tendré que acordarme.
—¿De la trama entera?
—De la trama entera —confirmó ella, con tal naturalidad que el monje se santiguó.
—Hay más. —Fray Aodh se dirigió a un estante, de donde sacó un libro enorme de pergamino, con las tapas de madera y un cierre de cuero.
Lo abrió sobre la mesa. Pasó los dedos por una página amarillenta, llena de una letra pequeña, apretada, de monje.
Se detuvo—. «Año de la Encarnación del Señor mil ciento cuarenta y siete.
De Gille-Brìghde, tintorero, una casulla de color rojo, para el altar mayor.
Se pagan quince marcas. Con testigos: fray Aodh, cillerero; fray Domnall, sacristán».
—Alzó la vista—. El libro de donaciones. Lo escribí yo. Con mi mano.
—Eso es una prueba —murmuró Sorcha.
—Es la mejor que puede haber. Un registro de la abadía, con fecha, con nombre, con testigos. —Aodh cerró el libro con un golpe suave—. Pero no puedo llevarlo a un tribunal. Solo el abad puede autorizar eso. Y no volverá hasta pasado mañana.
—Lo esperaremos —dijo Murdo.
—No sé si hay tiempo.
—¿Por qué?
El monje titubeó. El gato se removió sobre su hombro.
—Hay un hombre en la hospedería —confesó al fin—. Llegó esta tarde. Pidió alojamiento a nombre de un mercader de paños. Muy alto. Rapado. Tiene unas tijeras en el cinto. Cuando le pregunté si necesitaba algo, me dijo que no. Con mucha educación. Muy bajito. Y no ha cenado.
A Murdo se le heló la sangre.
—Ansel.
—¿Lo conoces?
—Es la mano de Wouter.
—Entonces tengo que pediros que os vayáis. Ahora. —El viejo cerró el arca con una prisa repentina—. Si os ve…
Murdo recogió con cuidado la casulla, entre los dos la doblaron, la volvieron a envolver en lino. Y mientras lo hacía, algo le pasó por la nuca, una sensación fría de ser observado, como cuando se sale de una tina y se nota la corriente.
Se volvió hacia la puerta de la sacristía.
En el arco que daba al claustro, recortada contra la luz de la luna, había una silueta enorme, inmóvil, con la cabeza rapada y el reflejo de unas hojas de acero abiertas junto a la cadera.
No dijo nada. No se movió. Después, muy despacio, inclinó la cabeza, como quien saluda a un viejo conocido, y desapareció en la sombra.
Sobre el hombro de fray Aodh, el gato Rey bufó una sola vez, con un desprecio muy hondo, y volvió a cerrar los ojos como quien ha visto cosas peores en su larga vida eclesiástica.
Nadie se rio. Pero a Murdo le pareció que el aire de la sacristía se volvía, por un instante, casi respirable.