Capítulo 19. Los vapores
Hay historias que solo se cuentan de noche, porque de día pesan demasiado.
El Tay pasaba por debajo del pueblo con un rumor ancho y tranquilo, como un animal grande que respira dormido.
Había luna, una luna nueva, delgada, que dibujaba sobre el agua una cicatriz de plata, y en la orilla un sauce viejo dejaba caer sus ramas hasta el suelo como cabellos de una mujer que llora sin ruido.
Sorcha se sentó al pie del sauce. Murdo, a su lado, con las rodillas dobladas y las manos descubiertas, sin las vendas, de un azul negro bajo la luz débil.
Habían salido a escondidas, después de cenar.
Catriona había alzado una ceja desde su rincón de la posada.
Cailean, con una sonrisa de ángel, había encontrado de pronto algo muy urgente que hacer con las riendas de la yegua.
Griet, que no era tonta, les había echado por la ventana una manta de lana.
—Dijiste que me lo contarías —murmuró Sorcha.
—Sí.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
Callaron. A lo lejos ladró un perro. En la ribera opuesta, un pez rompió la superficie con un chapoteo suave.
—Mi padre murió en el invierno del cincuenta —empezó Murdo al fin, mirando el río—.
De pena, como dijo Beathag. Yo llevaba dos años en la tintorería de Wouter.
No pude ir al entierro. Wouter dijo que había mucho trabajo.
—Cogió una piedra y la hizo girar entre los dedos—.
Eachann se quedó solo en Gleann Gorm. Tenía doce años.
Beathag lo cuidaba, pero era un niño, y quería estar con su hermano.
Me escribió una carta, con ayuda de un cura.
Una carta muy corta. «Quiero ir a Perth».
—¿Y fuiste a buscarlo?
—Fui a rogar. A Wouter. —Soltó una risa sin alegría—. Le pedí que lo dejara venir. Que yo respondería por él. Wouter sonrió con esa cara amable que tiene. Dijo que tenía un corazón blando para los huérfanos. Y que un muchacho sano es una pieza útil.
Sorcha sintió un frío que no venía del río.
—Eachann llegó en primavera. Con un hatillo, un gorro de lana y un cuento de un zorro que se había tragado la luna.
Lo contaba todo el día. Nadie le había dicho que en el taller no se hablaba.
—La voz le tembló—. Rik le pegó la primera semana.
Yo me interpuse. Esa fue la primera vez que me dieron azotes por él.
—Murdo…
—Déjame. Si paro, no acabo.
Ella calló. Esperó.
—Lo tenía lejos de las tinas. Siempre. Lo ponía a barrer, a cargar la leña, a lavar la lana en el río, a todo lo que fuera aire libre.
Yo me quedaba con los mordientes. Con el cardenillo.
El escarlata de Wouter es un truco. El palo brasil, que es barato, tiñe un rosa.
Para avivarlo, se cuece con verdín de cobre y orina vieja.
Se pone rojo, de un rojo bonito, que dura hasta la primera lejía.
Y el vapor… —Se detuvo, y dentro de él pareció que algo se quebraba—.
El vapor de ese caldo huele dulce. Como a manzanas.
Quien lo respira mucho, todos los días, pierde el color.
Primero las manos. Luego la boca. Después empieza a toser.
Sorcha se llevó una mano al pecho.
—Cuatro años. Eachann tenía dieciséis. Era más alto que yo.
Reía menos, pero reía. Una mañana de enero, Rik lo mandó a ayudarme con una tina porque faltaba un hombre.
Se lo pedí. Rik se negó a escuchar. Estuvo toda la mañana inclinado sobre el cobre, removiendo, sin quejarse.
Cuando acabó, se quitó el delantal y me dijo: «Murdo, estoy muy cansado».
Y se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared. Y ya no se levantó.
El río pasaba, indiferente. Una ráfaga movió las ramas del sauce y rozó el hombro de Sorcha.
—Lo llevé a cuestas hasta el patio. Lo tuve toda la noche en brazos, en la leñera, sin saber qué hacer. Por la mañana vino Wouter. Con su cara amable. Con su olor a lavanda. Me dio un pañuelo de lino y una moneda de plata. «Para el entierro», dijo. «Lo siento mucho. Es una pérdida para el taller».
—Una pérdida para el taller —repitió Sorcha, en un susurro.
—No me dejaron enterrarlo en tierra santa.
Era un siervo. —Murdo se frotó la cara con las dos manos, y dejó en las mejillas una huella azulada, pálida de luna—.
Lo saqué a escondidas aquella noche. En una carretilla.
Hasta un vado en Strathbraan, donde está enterrada mi madre.
Cavé yo solo. Con las manos. Me costó hasta el amanecer.
Sorcha ya no veía el río.
—Esa es la quinta franja —murmuró—. El negro. El vado.
—Sí.
—No es una pista. Es una tumba.
—Es la única cosa verdadera que hay en esa cinta. —Su voz era un hilo—. El resto era lo que mi padre dejó. Esa franja la tejí yo.
Ella tendió las manos, en la oscuridad, y no encontró palabras.
Tenía muchas. Las había ahorrado todas, y de golpe le parecieron monedas falsas, demasiado ligeras para pagar aquel peso.
Hizo lo único que sabía: lo atrajo hacia sí, le puso la cabeza sobre su hombro, y lo rodeó con los brazos como se envuelve una pieza delicada que no debe doblarse.
Murdo se deshizo.
No como se deshacen los hombres en las baladas, con un gran estruendo.
Se deshizo despacio, como se deshace una tina cuando se retira del fuego, con un temblor largo, silencioso, que le recorrió el cuerpo entero y que ella acompañó sin decir nada.
Notó la humedad en el cuello, y las manos de él agarrándose a su manto con una fuerza desesperada, y su respiración rota.
—No lo salvé —logró decir él.
—No.
—Yo estaba allí. Y no lo salvé.
—Eras un hombre solo con una carga demasiado grande. —Le acarició el pelo, la nuca, la espalda ancha bajo la manta—. Lo cuidaste cuatro años. Con los azotes. Con la lejía. Con todo. Lo cuidaste hasta donde se puede cuidar a alguien. Eso no es no salvarlo. Eso es todo lo que hay.
Siguieron así, quietos, mientras la luna se movía lentamente hacia las colinas y el río seguía su camino. Después, en la penumbra, cuando él se calmó, Sorcha le tomó la cara entre las manos.
—Tu padre te pidió que no dejaras de reír —murmuró—. Eachann sabía reír. Es una herencia. No se la debes a ninguno de los dos, pero la tienes.
—No sé cómo.
—Ya lo sabes. Te ríes de Cailean cada día.
Murdo sonrió. Una sonrisa mojada, absurda, a medias.
—Ese hombre es insoportable.
—Insoportable —convino ella.
Murdo metió dos dedos en el justillo y sacó algo pequeño que brilló un instante entre sus yemas azules: una moneda de plata, deslucida, con el borde mordido.
—La de Wouter —murmuró—. La del entierro. Nunca la he gastado. No sé por qué la guardo.
—Yo sí. —Cerró la mano de él sobre la moneda, sin pensarlo—. Para devolvérsela. Con intereses.
—Gracias.
—No me des las gracias. Dame la mano.
Se la dio, y ella la sostuvo bajo la manta, a la luz de una luna que no alumbraba nada más que a ellos dos, mientras en la lejanía del pueblo un gallo cantaba a la hora equivocada.