TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 18. Prueba de lejía
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Capítulo 18. Prueba de lejía

La lejía no miente, y por eso la odian los que viven de que el color mienta.

Griet de Brujas abrazó a Murdo en cuanto lo vio, en el patio trasero de la posada, delante de un gallo, una mula y un montón de leña, y lo abrazó con tanta fuerza que le crujió el costado.

—Tienes su cara —sollozó, con la mejilla pegada a su pecho—.

Tienes su cara y el pelo de un vagabundo.

Estás flaco. ¿Quién te cuida? ¿Nadie? Dios mío.

¿Y esas manos? ¿Qué te han hecho en esas manos?

—Se apartó, le tomó las palmas vendadas, las giró con ojo experto—.

Ah. Es glasto. Bien. Es un oficio honrado. Hendrik, saluda.

El gallo, desde lo alto del carro, lo miró con un ojo naranja y desdeñoso.

—No saluda —observó Murdo.

—Es tímido.

—Me está mirando como si pensara en sacármelo.

—Eso es el primer síntoma de afecto.

Hendrik saltó al suelo, caminó con paso de general hasta Murdo y le clavó un picotazo seco en el tobillo.

—¡Auch!

—¿Lo ves? —Griet se secó los ojos—. Le caes bien.

Cailean, que contemplaba la escena desde la leña con una jarra en la mano y una expresión de felicidad absoluta, murmuró:

—Hay que ver lo que se aprende, con la edad.

—Cállate —murmuró Catriona, a su lado.

—Es la primera vez que veo a un gallo con tanto criterio.

—He dicho que te calles.

—Yo solo digo que…

—Cailean.

—Ya me callo.

• • •

Sorcha lo observaba desde la puerta de la posada, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada.

Había dormido poco. Se le notaba en las ojeras.

Pero también había algo en su postura, una soltura nueva, de quien ha dejado de pedir permiso para estar en un sitio.

Murdo la miró, y por primera vez en dos días no tuvo ganas de apartar la vista.

Anoche había dormido en el suelo. Ella, en la cama.

Y a medianoche, cuando la fortaleza del silencio se había agrietado bajo el crujido de las tablas, una mano había salido por el borde del colchón, con la palma abierta, colgando en el aire.

Una invitación sin palabras. Él la había tomado.

Y así habían pasado el resto de la noche, con los dedos entrelazados, en la oscuridad, sin decir nada.

Era la forma más honesta de hablar que Murdo había conocido.

—Venid —ordenó Griet—. Hay trabajo.

Se instalaron sobre una mesa de caballetes, bajo un cobertizo de madera, entre el establo y la leñera. Griet sacó de la carreta tres cubos de madera pequeños y un cántaro de barro tapado con corcho. Lo destapó. Un olor acre, punzante, de ceniza y cal viva, les llenó la nariz.

—Lejía —explicó—. De haya, filtrada tres veces. La uso para lavar la lana antes de hilarla. Es fuerte. Más que la de campo. Más que la que se hace con saliva. —Dedicó una sonrisa torcida a Sorcha—. Me han contado que has hecho una prueba con saliva.

—Funcionó.

—Funcionó para quien ya sabía lo que buscaba. Esto es para los que no. —Llenó los cubos hasta la mitad—. Tres muestras. Tres cubos. Tres veredictos. —Colocó sobre la mesa un retal—. Este, el forro del flamenco. El escarlata de Wouter.

Lo dejó caer en el primer cubo.

No ocurrió nada durante diez latidos. Murdo los contó.

Después, desde los bordes, una nube de color rosado se desprendió de la lana y se fue extendiendo por el agua, delgada, lenta, hasta teñir todo el cubo de un rosa de fiebre.

La tela, al sacarla Griet con unas pinzas de madera, era casi blanca.

Un tejido apagado, con una sombra de rubor, como la mejilla de un enfermo.

—Eso —dijo Griet— es lo que hace el rey de las Highlands vestido de rojo. Se lava y se queda desnudo.

Murdo apretó los puños.

—Segunda muestra —anunció la mujer—. Mi rojo. Las tres piezas del once.

Hundió en el segundo cubo un retal de la tela que había guardado durante once años. El agua lo recibió, lo cubrió, lo envolvió. Murdo observó la superficie. Esperó el color que se escapaba, la nube, el hilillo.

Nada.

Griet movió la tela dentro del cubo, la frotó con la mano, la retorció. El agua siguió limpia, transparente, con un ligero tinte pajizo de la ceniza. El rojo salió del cubo exactamente igual de intenso que había entrado: hondo, vivo, con el fondo de tierra de la raíz y el fuego de la rubia.

No había hecho falta comparar. Cualquiera que supiera mirar lo habría visto.

Murdo no se dio cuenta de que había dejado de respirar hasta que Sorcha le puso una mano en la espalda.

—Y esta —dijo Griet, con la voz extrañamente suave— es la tercera. La tuya, tejedora. El retal que me diste ayer.

Sorcha había guardado un retazo de su propio rojo, de la segunda pieza que había teñido en junio. Lo había traído en el bolsillo. Griet lo sumergió en el último cubo sin ceremonia.

Pasaron diez latidos. Veinte. Cuarenta.

El agua permaneció tan clara como el cristal.

Murdo se quedó mirando el cubo. Después la cara de ella. Y entonces la habitación, el cobertizo, el olor a leña y la luz gris de la mañana, todo se le deshizo un momento delante de los ojos.

No pudo evitarlo. Lo vio, de pronto, tan nítido que dolió: el taller de Perth, la tina de cobre ennegrecido, el vapor dulzón del cardenillo con el que Wouter avivaba su escarlata, y un muchacho de dieciséis años, flaco, con la risa fácil, tosiendo contra su manga.

«Es el aire, Murdo. Es solo el aire». Los labios cada vez más pálidos.

Las manos, rojas, de aquel rojo falso que no se iba y no se iba, hasta que un día dejó de importar.

—Lo mataron con esto —murmuró.

Nadie respondió.

—Mi hermano. Se llamaba Eachann. Tenía dieciséis años. —Tragó saliva—. Respiraba los vapores de esa tina todos los días, y Wouter lo sabía. Y ahora le sale un rojo que ni siquiera aguanta un cubo de agua.

Griet le puso una mano en el hombro. Era una mano pequeña, cálida y fuerte, de las que han cerrado muchos ojos.

—Escúchame, chico —murmuró—. Esa prueba, hecha delante de un sheriff, es una soga. Y yo me ofrezco a atarle el nudo.

—No tienes por qué…

—Tengo todos los porqués. —Se enjugó los ojos—. Voy con vosotros a Perth. Con la mula, el gallo y el arcón. Conozco a media docena de mercaderes flamencos que le deben dinero a Wouter, o miedo, que es peor. Me creerán a mí antes que a ti.

—Es peligroso.

—A mi edad, lo peligroso es no tener nada que hacer. —Miró a Hendrik, que se había encaramado a los hombros de Cailean con una expresión de propietario—. Y el gallo quiere ir.

—¡Me ha elegido! —exclamó Cailean, entre horrorizado y radiante.

—Te ha olido —corrigió Catriona.

Sorcha se había quedado muy quieta junto a la mesa.

Cuando Murdo levantó la vista, la encontró mirándolo, con los ojos muy brillantes y los labios apretados.

No dijo nada. Pero bajo la mesa, donde nadie la veía, encontró su mano vendada con la suya y la apretó con tanta fuerza que le dolieron los dedos.

Esta noche, pensó Murdo, le contaré lo de Eachann entero.

Era el único silencio que aún no había roto.